Resulta tentador, a 35 años de su victoria histórica en las urnas, imaginarnos a Raúl Alfonsín transitando nuestra realidad, viviendo con nosotros esta etapa fundacional que está experimentando la Argentina. Qué nos diría, cómo reaccionaría, qué opinaría de tal o cual cosa, son los interrogantes lógicos que surgen cuando entramos en esta dinámica lúdica.
Estoy convencida de que no hace falta caer en anacronismos evitables haciendo hablar a quien ya no puede hacerlo. Una persona como él, inteligente, curiosa, visionaria, que nos ha dejado tantos gestos y discursos memorables, siempre es una referencia ineludible para quienes nos develamos pensando cómo hacer cada día un poco más fuerte y justa a nuestra democracia.
Él fue el primer político del siglo XX que trascendió las banderas partidarias. Sin dudas. Su figura seducía e impactaba más allá de las fronteras radicales. Jamás un hombre de Estado, hasta ese momento, había logrado los consensos y apoyos que él consiguió a través de una militancia tenaz y un amor por el país inconmensurable.
Como nadie supo interpretar a la sociedad argentina de su tiempo. Asimiló y procesó una realidad tremenda. De una forma brillante, casi paternal, nos enseñó que no habíamos recuperado totalmente la democracia ni el 30 de octubre ni el 10 de diciembre de ese 1983 histórico. Supo explicarnos que esa palabra significaba mucho más que la vuelta de las urnas: "Democracia es vigencia de la libertad y los derechos, pero también existencia de igualdad de oportunidades y distribución equitativa de la riqueza".
Podría recordar aquí muchas otras frases memorables de Alfonsín, pero hoy elijo quedarme con esa. Porque creo que bien podría estar interpelándonos a todos nosotros. A quienes ocupamos cargos públicos, a trabajadores, empresarios, docentes, estudiantes, emprendedores, en fin, a la sociedad toda.
Creo que esta batalla estamos librando en la Argentina de hoy. Una mayoría importante de la ciudadanía nos puso donde estamos para sacar al país del populismo, del facilismo económico, de los discursos grandilocuentes con promesas vacías.
Una coalición republicana, diversa en cuanto a orígenes, pero con una visión de país en común como nunca hubo en nuestra historia, está sembrando el cambio. Algunos resultados positivos, pese a los desatinos macroeconómicos, ya los estamos viendo. Otros llegarán durante los próximos años. De eso se trata: de fortalecer la democracia en todas sus dimensiones, generando oportunidades de progreso en cada rincón del país.
¿Cuánto falta? Muchísimo. ¿Estamos en el camino correcto? No tengo dudas.
En estos meses finales del año, en los que parece que hemos encontrado un remanso luego de las turbulencias de las semanas anteriores, es una práctica saludable tomar a Raúl Alfonsín no como un recuerdo de otra época, sino como un auténtico guía de la Argentina que soñamos, y por sobre todas las cosas, nos merecemos.
La autora es diputada nacional (Unión Cívica Radical-Cambiemos).
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