El papelón grosero y chabacano del embajador en México al recibir a la Fragata Libertad es una ofensa no solo a las instituciones o a la vocación de servicio de esos marinos, conceptos que evidentemente desconoce. Es también una afrenta y un desprecio a quienes estudian, se forman en cualquier actividad, se sacrifican muchas veces, luchan para progresar en todos los órdenes y creen en su propia capacidad y mérito para realizarse.

Es también una falta de respeto a México y a la Argentina, a la que muestra representada en un acto formal por un desubicado sin maneras ni protocolo, en un puesto que requiere fundamentalmente el apego a las maneras y al protocolo.

En otro enfoque, incumple la tarea que la ha encomendado la sociedad que le paga su sueldo, sus jugosos viáticos y demás perquisites para que la represente con dignidad y altura. Un símbolo de la indiferencia con que la política y el sistema en general miran a la meritocracia, la educación, la formación y el esfuerzo por crecer y colaborar con el desarrollo colectivo. Tal vez porque a los políticos les interesan más los individuos dependientes que los que son capaces de subsistir con su propio trabajo y su capacidad.

El presidente Mauricio Macri ha cometido muchos errores que al menos esta columna ha puntualizado casi con crueldad. Pero ha sido exitoso en su política exterior, lo que probablemente termine resultando vital en estos momentos de zozobra que vive el país. Y ha rescatado al país de la vergüenza de ser representado por zafios en el mundo.

La actitud de Ezequiel Sabor va a contramano de esa política y también del respeto institucional que se debe recuperar, junto con el fomento al esfuerzo, la vocación y el compromiso de todos los argentinos.

Se piden grandes gestos del Gobierno en esta coyuntura, pero también son valiosos los pequeños gestos. Nuestro embajador en México ha dejado de representarnos. Debe entonces ser despedido sin más trámite.