
Desde hace años, para referirme a la criminalización del aborto, evoco la historia del traje invisible del emperador. Según cuenta Andersen, cuando el niño grita que el rey está desnudo se vuelve imposible no ver eso que todos ven. Yo siempre pensé que una vez que se instalara el tema del aborto en la agenda pública, se volvería inmediatamente insostenible seguir defendiendo la cárcel y la clandestinidad.
Un primer rey está hoy desnudo en la Argentina: para la sociedad, se volvió imposible cegarse ante la injusticia que representa la cárcel o la amenaza de cárcel para quien aborta o cegarse ante la injusticia de obligar al aborto clandestino.
Sin embargo, senadoras y senadores lograron cerrar sus ojos.
En el Senado vimos la desnudez de un segundo rey: que gran parte de nuestra clase política es pobre en argumentación, formación y sensibilidad, que gran parte de nuestra clase política es rica en grandilocuencia, autocomplacencia y falta de solidaridad. Las amigas y parientas de la vicepresidenta y de las senadoras y senadores abortan en condiciones seguras, porque pueden pagarlas y podrán pagarlas. No es el caso de todos los abortos.
La insensibilidad cómplice se muestra en la ratificación activa de la violencia del Estado sobre las mujeres, las niñas y toda persona con capacidad de gestar. El rechazo de la reforma no perpetúa un equilibrio: perpetúa la violencia ejercida de manera sistemática por nuestro Estado al condenar la interrupción del embarazo a la clandestinidad del mercado negro.
Pero a pesar de estos senadores y estas senadoras, hay otro rey que está muy bien vestido. Está vestido con los mil distintos tonos de verde, bailando junto a muchas y muchos de nosotros. Es el reconocimiento práctico del derecho al aborto seguro. Las jóvenes y las viejas y los trans y las profesionales de salud y los científicos y las periodistas y las actrices y los amigos y las abuelas y las Abuelas reconocemos este derecho y lo vamos a hacer reconocer en cada lugar. El Estado todavía no lo reconoce, pero nosotros y nosotras sí.
Que nos metan en prisión. Si se animan. Aunque le pongan fajas negras a todos estos reyes que se pasean como las diosas los trajeron al mundo, igual se ve que están desnudos. Los hemos desnudado con nuestras luchas. Es cuestión de tiempo para que el Estado reconozca este derecho que ya hicimos propio.
Mientras tanto, hago mías las palabras del poeta:
Pero está cerca el tiempo victorioso.
Que sirva el odio para que no tiemblen
las manos del castigo,
que la hora
llegue a su horario en el instante puro,
y el pueblo llene las calles vacías
con sus frescas y firmes dimensiones.
Aquí está mi ternura para entonces.
La conocéis. No tengo otra bandera.
*Profesor UBA e investigador del CONICET
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