Aborto: la caja de Pandora y la esperanza

Marcelo Figueroa

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El presidente Mauricio Macri decidió abrir, contradiciendo sus propias declaraciones públicas y sin haber sincerado semejante propuesta en sus bases preelectorales, el debate de la despenalización del aborto en Argentina. Esto significó para muchos una profunda decepción, ya que encontraron una seria contradicción entre esta fuerte e inesperada iniciativa y uno de sus latiguillos preferidos de gobierno, el de hablar siempre con la verdad. Algunos funcionarios y legisladores con los que he podido dialogar en privado no ocultaron su sorpresa ante lo que entendieron como una carta "duranbarbista" para "correr por izquierda" al progresismo, el fácilmente detectable "efecto humo" ante la realidad nacional y hasta el reconocimiento resignado que todo esto obedece a una alineación de agendas con organismos financieros internacionales y sus socios. Agendas que observadores internacionales han interpretado como un osada "cabeza de playa" de renovados programas eugenésicos neoliberales para la empobrecida Latinoamérica, en nada menos que el país del papa Francisco.

Sea por lo que fuere, el Poder Ejecutivo, a sabiendas o no, abrió una verdadera caja de Pandora que ya no sabe, no puede o no quiere cerrar. Uno de esos males que muy pronto atravesó y encubrió este debate fue el fundamentalismo. Este flagelo está presente tanto en las ideologías extremas de género que no honran los ideales feministas como en el más rancio dogmatismo religiosos que no se condicen con la mirada mansa y misericordiosa del Maestro de Galilea. Los fundamentalismos son funcionales a la grieta, la división y la polarización. Detestan el debate amplio, sin apuros y generoso de las diferencias. No se consideran contenidas por la verdad sino poseedoras de ellas, debiendo echar manos a reduccionismos temáticos y manipulaciones de estadísticas incomprobables. Para que existan y sean funcionales, estos fundamentalismos deben cumplir un requisito más: ser una minoría ruidosa ante una inmensa mayoría silenciosa.

Resultado: se ha planteado como postulado central una errada confrontación: "Un progresismo libertario creciente en quienes están a favor versus un retrógrado y reaccionario pensamiento en retirada de los que no lo están". Un absurdo en sí mismo cuando hablamos del valor de la vida y un River-Boca imperdonable cuando se utiliza para ello a los sectores y los grupos más vulnerables. El padre Pepe Di Paola, al igual que los "curas villeros" como los grupos evangélicos y de otras confesiones que trabajan mano a mano con las mujeres pobres, se han cansado de demostrar que estas no buscan el aborto, que valoran la vida como viene y fueron ellas mismas las que expresaron que no desean ser usadas una vez más para intereses políticos diseñados en escritorios de barrios porteños acomodados.

Como cristiano protestante, y honrando las banderas históricas de las iglesias reformadas en Argentina, reafirmo los principios de un Estado laico y una educación laica y libre. Sin embargo, el sentido más pleno de ese laicado no me permite asumir postulados laicistas. Este es otro costado fundamentalista e ideológico que empobrece hasta la contradicción el espíritu de aquel. Lo laico deja espacio a la pluralidad de voces, valora la otredad como un principio enriquecedor de sus verdades parciales y principalmente reconoce las bases textuales republicanas y las virtudes de una sociedad pluralista. Nuestro libro normativo supremo es la Constitución, no la Biblia y nuestro estilo de gobierno es democrático, no teocrático. El laicismo, sin embargo, milita en la exclusión de toda mirada o participación religiosa y busca acallar y estigmatizar toda voz o pensamiento desde una confesión de fe. Este fundamentalismo va detrás de un imposible, como si se pudiera realizar una alquimia personal, comunitaria o popular quitando toda influencia religiosa en su propia cosmovisión. Tan imposible como el absurdo de pretender que el pueblo y sus representantes al tiempo de gobernar o legislar dejen de lado sus culturas locales, las historias de sus ancestros, las miradas enriquecidas por sus propias convicciones trascendentes. Es noble y honesto, por lo tanto, que quien ocupe lugares de poder democrático no renuncie a esos valores culturales dentro de los cuales la espiritualidad atraviesa su ser como una savia que le da sentido y profundidad trascendente.

La Cámara de Senadores está a tiempo de salir de esos falsos postulados exclusivistas y al mismo tiempo a no tener temor de reconocer que su mirada y su opinión deben integrar todo su ser personal y principalmente popular de los ciudadanos que representa, inclusive el espiritual. Se trata de un punto de inflexión en nuestra vida democrática. Dijo muy bien monseñor Ojea en su homilía del 9 de julio, cuando expresó: "Sería la primera vez que se dictaría en la Argentina y en tiempos de democracia una ley que legitime la eliminación de un ser humano por otro ser humano". Es que la ley comunica no solo la legalidad de un acto, sino, y principalmente, su legitimidad. El aborto pasará a ser, de sancionarse esta ley, algo lícito y por lo tanto natural. Este sería el mensaje final, no otro. El efecto será que la vida intrauterina es descartable y la mujer en su estado de vulnerabilidad que decida someterse a esta práctica deberá también arriesgar su cuerpo y su conciencia. En mi opinión, ninguno de los dos debería ser penalizado, muchísimo menos con la pena de muerte al primero. Ambos son vulnerables y deben vivir e integrarse a la sociedad, y ser acompañados en ese camino conjunto y maravilloso que es la maternidad, elegida o no, traumática o no, esperada o no.

Pero en el fondo de la tinaja de Pandora, luego de haber salido todos los males, aparece inesperadamente una imagen mitológica femenina llamada Elpis, 'esperanza'. Muchos anhelamos que el progresismo de la vida en todas sus dimensiones sea valorado por quienes tienen autoridades legislativas y de gobierno, y le den un giro y un horizonte esperanzador al tratamiento de esta ley. ¿Saldará a tiempo esta dama mitológica Esperanza hasta los escritorios del poder republicano? "La esperanza es lo único que se pierde" es la moraleja de esos textos de la mitología griega. Tanto la caja como el final de este proceso legal están abiertos. Como también latente la posibilidad de que otras vasijas hagan batir su sonido histórico en manos de los ciudadanos mayoritarios de todas las clases sociales. Vasijas, cajas o tinajas en forma de cacerolas, vacías de promesas incumplidas pero despertando de su silencio expectante e ignorado, levantando su voz clara de frente a una esperanza de vida, marca de un pueblo noble y paciente. El sentido común y Dios dirán, en el orden y el lugar que cada uno le quiera dar a ellos. ¡Que la esperanza sea ley!

El autor es biblista protestante. Periodista en "L' Osservatore Romano". Conductor de radio y televisión en ciclos de ecumenismo y diálogo interreligioso.