Pensar que los periodistas —o "comunicadores", como se los califica desde el Gobierno— creamos la realidad a nuestro antojo es desvirtuar el oficio, descalificarlo. Cuanto mucho, denigrarlo. El periodismo, si es periodismo y no entra en ciertas manipulaciones, refleja la realidad, es testigo de su tiempo, trata de mantener un compromiso con su país y su gente.

Que hay comunicadores interesados, los hay, que hay cierto salvajismo en el tratamiento de determinadas noticias en ciertos medios, es cierto. Es el lector, el radioescucha o el televidente quien debe juzgar, considerar o marginar. De lo contrario, acotar las críticas desde el Gobierno o tratar de perseguir a los " testigos de estos tiempos" es limitar seriamente la libertad de expresión. Sería caer en una acción antidemocrática. El periodista puede sugerir estrategias al poder o proponer renovadas políticas y también lo pueden hacer, y deben hacerlo, los profesionales e investigadores de la economía y la sociedad.

En una de sus últimas apariciones, el Presidente de la Nación pide, en este momento crítico, que todos los argentinos "pongan el hombro". Agregó: "Por eso les pido a los dirigentes políticos, sindicales, empresarios y comunicadores que digan qué va a hacer cada uno y desde su lugar para ayudarnos a recorrer ese camino".

Que sean bienvenidos los acuerdos. Pero eso depende de la habilidad del jefe de Estado y sus equipos de trabajo para alcanzarlos. Una parte de la oposición se negará, otro segmento es oportunista y esperará el momento para moverse para bien o para mal, y finalmente quedan los racionales de la vereda de enfrente para sugerir o llevar soluciones a la Casa Rosada.

Todo, como se ve, se resume en la manera de hacer política. Este Gobierno ingresó a la Casa de Gobierno con las ganas de "manejar" el poder, disfrutarlo, pero no creó las condiciones para entenderse concretamente con sus críticos. Parecían iluminados, una juventud arrolladora que pensaba que darían vuelta la tremenda carga con ganas y promesas, pero con débiles estrategias. Por suavidad mal interpretada o por temor a romper todos los puentes con la fragmentada oposición peronista, no mostraron las cuentas en quiebra que recibieron y eso fue un tremendo error, cuyas consecuencias hay que pagarlas. Las sociedades se olvidan con facilidad del pasado reciente y solo viven en el presente y valoran o no las acciones de un gobierno que prometió mucho pero aun así con ello no alcanzó los éxitos esperados.

Mauricio Macri lanzó muchas promesas y cumplió lo que pudo o lo que le permitieron las fuerzas. Al mercado, a los grandes intereses financieros no los doblegó. No será fácil ganarles la pulseada A esos sectores no les interesa si el Fondo Monetario avaló en tiempo récord un crédito de 50 mil millones de dólares o los encuentros del Presidente en sus viajes con sus principales colegas en el mundo. Tampoco importó si la Argentina pasó de "país fronterizo" a "país emergente", indispensable para dejar tranquilos a muchos operadores.

Ahora, cuando la recesión se nos ha venido encima, cuando hay que medir el tipo de cambio con un sismógrafo, cuando las movilizaciones de protestas sociales se extienden, el pasado no muy lejano no importa, queda envuelto en un paquete en el rincón. Ya no sirve. Y los ministros interpelados en el Parlamento no logran devolver como corresponde las responsabilidades a los que los acusan, los mismos que fueron los responsables del desastre al que llegamos en diciembre de 2015.

A ningún gobierno le gusta que lo critiquen. Al de Mauricio Macri tampoco. Pero tienen que tomar conciencia en el centro del poder político que los periodistas o los "comunicadores" no manejamos la realidad, no disponemos de ella a nuestro antojo, no la fabricamos. Estamos allí para mostrarla.