(Foto: REUTERS/Michael Dalder)
(Foto: REUTERS/Michael Dalder)

Los pueblos construyen mitos, leyendas heroicas, relatos históricos. Incluso estos suelen ser imprescindibles en los procesos de afirmación de una identidad nacional, sea en su momento de construcción como en aquellos de crisis en que se debe renovar la fe.

El relato histórico uruguayo, tan discutido hoy por historiadores interesados en instalar otro en clave de contestación a los partidos tradicionales, fue fundamental para que el Uruguay sea lo que es. Si los uruguayos no hubiéramos superado la leyenda negra sobre los excesos del caudillismo artiguista, para rescatar al institucionalista de las Instrucciones del Año XIII, difícilmente hubiéramos alcanzado la identificación republicana que nos caracteriza.

Persisten, sin embargo, leyendas sin sustento. Por ejemplo, la "negra" que acompaña en los últimos años a Fructuoso Rivera, el caudillo oriental de más larga trayectoria en el proceso de afirmación nacional, el que enfrentó con Artigas a los españoles y a la hegemonía porteña, venciendo en Guayabos a Dorrego; el que peleó junto a Artigas contra portugueses y brasileños, único jefe que lo acompañó hasta el final; el que junto a Lavalleja, en Rincón y Sarandí, reconquistara el territorio de la provincia; el que en una aventura solitaria conquista las Misiones, lleva la guerra al Imperio y genera así las condiciones que hicieron posible, en los hechos, nuestra independencia.

Esa leyenda contra el caudillo más popular de su tiempo (eso no se lo discute nadie) se basa en el enfrentamiento que tuvo en Salsipuedes con los remanentes de la tribu charrúa, donde murieron 15 o 20 indígenas y varios oficiales, con el mandato unánime del Parlamento, que pretende sustentar el disparate de un genocidio. Se esconde la larga lucha de la sociedad hispanocriolla y guaraní contra la tribu charrúa, a la que enfrentaron Artigas, su padre, Lavalleja, Rondeau y todos los patriotas orientales.

Otra leyenda —o trampa histórica— es la del Uruguay invento "británico", que ignora los 17 años de lucha de los orientales por su independencia. Intelectuales "patriagrandistas", que han sentido como menor el destino de este país del que por tantos motivos debemos estar orgullosos, construyeron esa teoría que todavía resuena en muchas aulas.

En el terreno de la mitología, el mayor es el de "la garra charrúa", según el cual el uruguayo posee una condición innata de bravura, que le hace superar cualquier adversidad a fuerza de coraje. La referencia a lo de "charrúa" es para empezar una fantasía, porque de ese pueblo nada ha quedado en la historia y la geografía del Uruguay. Nada. Ni una palabra. Y si en nuestra demografía hay un fuerte ingrediente indígena, este proviene de la mayoritaria raíz guaraní.

Lo de "la garra" como expresión de coraje obstinado para defender valores propios, bienvenido sea. Cuando, en cambio, es usado para explicar de modo simplista y dogmático los grandes triunfos deportivos, termina siendo un disvalor, porque ignora la acción inteligente y resta mérito al aporte del trabajo paciente y sacrificado. No hay duda de que todos los grandes deportistas, como los mejores médicos, estadistas o maestros que tuvo el país, han llevado a cabo sus aportes por su voluntad de sobrellevar adversidades. Pero esto no ha bastado: se ha requerido paciencia, esfuerzo consistente, acción inteligente, búsqueda de la mayor calidad. Edinson Cavani es admirable cómo lucha en la cancha, pero puede hacerlo no solo por su "garra", que la tiene, sino por su implacable disciplina de entrenamiento y el orden en su vida personal, sin los cuales no habría "garra" posible.

Pariente de este mito está la "viveza criolla", que festeja las ocurrencia de nuestros deportistas y de allí extrapola esa condición como sustituto del esfuerzo y el trabajo inteligente. Es verdad que Obdulio tomó la pelota bajo su brazo cuando el gol a Brasil en Maracaná, y que escenificó una protesta, a la espera de que se acallara la ovación. Fue un gesto, pero más que "viveza" lo fue de liderazgo sereno e inteligente y su aporte a la victoria se cimentó en un largo esfuerzo, que incluyó el milagroso empate ante España, el 19 de julio de 1950, que nos permitió llegar a la final con posibilidades. Algo más: ¿alguien imagina aquel momento sin el aporte de talento de Schiaffino, el científico, a quien muchos veían como "frío" pero que hizo los goles y asumió las responsabilidades más difíciles en los momentos más duros de su equipo?

Bien está exaltar el carácter de nuestros deportistas, el mismo que se necesita para llegar a algo en cualquier disciplina. Pero no ignoremos que, justamente, el valor actual del trabajo de nuestra selección es el de la continuidad, el de la planificación en el tiempo, el de privilegiar el rendimiento y relegar —con rigor— la ausencia de contracción al trabajo. Esa continuidad ha sido fundamental, como lo ha sido —en un plano nacional— la de la política forestal que se inició en 1986 y siguió y siguió, venciendo obstáculos y escepticismos, hasta que allí estuvieron los árboles y estos trajeron trabajo e inversiones. Hubo inteligencia en el planteo, persistencia en los objetivos y continuidad. No fue "garra", ni "viveza", ni atajos para usar caminos más cortos.

En medio de la algarabía de estos tiempos futboleros, no está de más reflexionar sobre lo que significan los valores que ponen de relieve y ayudan a entender aquello que ocurre más allá de las emociones de los estadios o los encandilamientos en las pantallas