La otra Rusia: la que no muestra el Mundial ni conocen los turistas

Marcelo Montes

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Cuando vemos que el presidente Vladimir Putin se sube a un camión Kamaz, la misma marca que no se cansa de ganar cada una de las ediciones del Rally Dakar para inaugurar el puente más largo de Europa (19 km) sobre el mar Negro, uniendo, en el sur del país, Krasnodar con la Península de Crimea (que volvió a territorio ruso hace cuatro años), lo hace tras 27 meses de construcción comprometida por un oligarca amigo, campeón de yudo como él y entregada un semestre antes de lo previsto. Unos diez mil trabajadores procedentes de toda Rusia trabajaron en esa gigantesca obra, que fue soñada por los zares y los jerarcas soviéticos, pero también concretado por el arquitecto predilecto de Hitler, Albert Speer, aunque el puente se le desplomó por la acumulación de hielo.

En aquel evento previo a la inauguración del Mundial de Fútbol pudo percibirse el entusiasmo de la gente involucrada. El mismo que se comprobó en ocasión de la inauguración de los estadios mundialistas —y los triunfos de su escuadra nacional— y el autódromo de Sochi, donde se corre ya hace años la F1, luego de haber sido sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 2014. Esta es una Federación Rusa versión 2018 que luce muy diferente a la naciente Rusia postsoviética 1992 o la del agosto de 2000, cuando se hundió el submarino Kursk. Si aquella estaba denigrada, desesperanzada y culpable de todos los males que acarreó la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), esta Rusia se muestra una vez más, altiva y orgullosa de sí misma.

Objetivamente, Rusia cuenta con una enorme superficie y extensas fronteras; un ecosistema con variedad mineral y forestal; una significativa riqueza energética; una cantidad importante de población; un cuantioso poder militar y nuclear (con casi cuatro mil ojivas); una banca, con derecho a veto, en el Consejo de Seguridad de la ONU y un papel desempeñado históricamente en la política europea e internacional, por ejemplo en el BRICS y el G20, que nos visitará este año.

En efecto, Rusia ostenta una superficie enorme, la mayor —una octava parte— del total terrestre, con más de 17 millones de kilómetros cuadrados —equivalen a más que toda Europa. Esas vastas tierras cubren un 50% de bosques, un 13% de áreas cultivables y otro 13% de agua. Incluyendo nueve husos horarios —llegó a tener once—, Rusia tiene fronteras de 57 mil km con 16 países diferentes —4300 km pertenecen a la frontera con China, la segunda del mundo, detrás de la línea fronteriza Estados Unidos-Canadá. Además, posee una reserva ecológica mundial, con una gran variedad climática —de 40/50° centígrados en el sur a 50/60° bajo cero en Siberia— y un cuarto de todos los bosques del mundo, más que cualquier otro país. Por ejemplo, la reserva de agua natural rusa es tremendamente significativa: decenas de miles de ríos, dos millones de lagos y costas bañadas por 12 mares.

Según datos del Indec ruso, el Rosstat, Rusia también posee una población de cierta magnitud, la novena en el mundo, con 146,3 millones de habitantes, lo cual significa una densidad de 9 personas por kilómetro cuadrado; 13 ciudades con más de un millón de habitantes, incluyendo la capital, Moscú, una de las ciudades más grandes del mundo y la más poblada de Europa, con 12,1 millones de habitantes. Le siguen la "europea" San Petersburgo, con 5,1 millones de habitantes; Novosibirsk (1,5 millones); Ekaterimburgo (1,4 millones); Nizhni Nóvgorod (1,26 millones); Kazán (1,19 millones); Samara (1,17 millones) y, luego, Chelyabinsk, Omsk, Rostov del Don, Ufá, Krasnoyarsk, Perm, Volgogrado, Voronezh y el enclave báltico de Kaliningrado (ex Königsberg, Prusia oriental), en ese orden.

Algunas de ellas son sedes del Mundial, siendo muy competitivas y contando con una buena calidad de vida. Según Ruski Reportior, Rostov del Don se destaca en logística y management empresarial; Kazán exhibe un enorme potencial turístico; Nizhni Nóvgorod es núcleo urbano de tecnologías de la información, con empresas radicadas como Intel, Huawei, SAP y Yandex. Más lejos, Ufá, donde no se juega el Mundial, a 1300 km de la capital, es el centro de una región agrícola y petrolífero; Perm, también excluida, a 1400 km de Moscú, es una urbe cultural del país y Ekaterimburgo, la sede mundialista que se halla a 1800 km. de la capital de la Federación, sobresale en comercio minorista. Kaliningrado, en pleno corazón de la Rusia europea, pero separada físicamente del territorio ruso, donde juegan Croacia, Nigeria, España, Marruecos, Inglaterra y Bélgica, se destaca por la extracción del ámbar en sus playas del mar Báltico y el turismo alemán, polaco y moscovita.

Si por su territorio Rusia lidera el mundo, no lo hace ni por su población (noveno) ni por su riqueza producida en un año (quinto a nivel mundial), aunque se halla entre los líderes productores de petróleo y gas (primer y segundo lugar mundial); electricidad (tercero); hierro en bruto (cuarto); acero (quinto); carbón (sexto); número de automovilistas (noveno); industria papelera (14º). Asimismo, Rusia cuenta con 123 millones de hectáreas de tierra arable —la tercera superficie del mundo, detrás de la India y Estados Unidos—, por lo que sí podría convertirse en poco tiempo en "el supermercado del mundo" si lo deseara: hoy cuenta con 36.400 empresas agropecuarias y 174.600 productores, una cantidad ínfima que podría multiplicarse exponencialmente.

Detrás de estos números contundentes, la popularidad del 80% de Putin se explica por la evolución positiva que ha tenido la Rusia interior en los últimos 18 años. Por ejemplo, mientras la Rusia de los noventa estaba al borde de la disgregación estatal, producto de conflictos étnicos y desbordada por el terrorismo islamista, mucho antes que el 11S, en el inestable Cáucaso (Chechenia, Osetia del Norte e Ingusetia), el de hoy es un país sólido, integrado, pacificado y unido, a pesar de que posee un 80% de rusos (55% de cristianos ortodoxos), un 15% de musulmanes y muchas otras minorías étnicas, lingüísticas y religiosas. Todo ello no se logró sobre la base del multiculturalismo posmoderno europeo, sino exhortando a las minorías a respetar y obedecer la estatalidad rusa. Agrego a ello, el mayor control que impuso Putin tanto sobre los oligarcas y los gobernadores de las 89 regiones, habituados a extorsionar al poder central, con "dinero sucio" que financiaba a terroristas o redes del narcotráfico u otros agentes disgregadores de la rusianidad.

Si en los noventa Rusia sufrió de un gran brain drain ('fuga de cerebros'), esto se ha frenado producto de la decepción generalizada que provocó la Unión Europea y, entonces, hoy los rusos permanecen en su país, buscando emprender nuevos negocios y trabajar en el servicio educativo y otros que han levantado en el país, producto de muy buenos precios del petróleo entre 2001 y 2008 y una baja inflación anual.

Mientras aquella Rusia de Yeltsin heredó y agudizó un grave problema demográfico, por el aumento de la mortalidad adulta masculina, causada en gran medida por el alcoholismo (consumo de vodka), la Rusia de Putin estimuló los matrimonios y el aumento de la natalidad, además de fomentar la migración de Asia central: kazajos, kirguizos, uzbekos, turkmenos, pero también azeríes, armenios, moldavos y hasta ucranianos (600 mil desde la crisis del sudeste del "ex hermano", en 2014) que contribuyeron a la industria de la construcción y a reequilibrar los sistemas de pensiones. Las estadísticas demográficas también mejoraron notoriamente: la esperanza de vida media subió de manera inédita hasta los 75 años; la mortalidad infantil alcanzó un mínimo histórico de 11,7% y el consumo de alcohol se redujo de 18 litros anuales per cápita en 2008 a 10,12 en 2017 —los rusos ocupan el séptimo lugar en el ranking mundial, detrás de belgas, franceses y alemanes, entre otros.

Finalmente, a partir de un manejo macroeconómico, monetario y fiscal ortodoxo y muy prolijo, el gobierno ruso concentró esfuerzos en aquellos sectores estratégicos donde los rusos cuentan con ventajas competitivas: la industria armamentística, la naviera, la gasífera, la metalífera (oro y níquel), la forestal, la ferroviaria, la energía nuclear, etcétera. Volviendo al campo: cada vez más rusos jóvenes, en parte por decisión propia y en parte gracias a programas oficiales de estímulo a nuevas radicaciones, se dedican a cultivar y producir en las tierras vírgenes, aprovechando el campo climático, lo cual transformará para siempre, con ayuda de la tecnología y energías renovables, el paisaje de las viejas estepas congeladas. De esta manera, ya sin los ingentes subsidios de la era soviética destinados a poblar la Siberia, con temperaturas extremas de 35 grados centígrados y 60 grados bajo cero, Rusia trató, al menos, de alentar el repoblamiento de regiones lejanas y limítrofes con China, invirtiendo selectivamente en infraestructura. El Mundial de Fútbol le otorga una gran posibilidad a futuro en tal sentido: Rusia recibe más de medio millón de turistas (un 10% de argentinos) gracias al evento y contribuirá con más medio punto en el PBI solo en este año.

Rusia está orgullosa de su presente aunque quede pendiente su gran desafío del desarrollo económico a lo Alemania, sin pasar por las humillaciones y los padecimientos del pueblo alemán pos 1945. Es un pueblo sensible que, cuando realiza desfiles como el de cada 9 de mayo (Día de la Victoria, sobre el nazismo), no lo hace por vocación belicista, como creen algunos en Londres, París o Washington, sino para recordar a sus 27 millones de muertos. Una potencia energética que, lejos de ser un provocador serial a nivel global, solo actúa con prudencia defensiva y reactiva, tratando de que no acallen su voz en la arena internacional y respeten su esfera de influencia histórica. A contramano de la construcción mediática occidental, que le endilga a la Rusia de Putin desde hackeos y genocidios hasta asesinatos de espías, el presente está cada vez más lejos de reproducir la penurias del pasado en aquel gran país de talentosos artistas, científicos y poetas.

El autor es doctor en Relaciones Internacionales, profesor de Política Internacional, asesor en Rusia del CARI.

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