
Históricamente el antijudaísmo era "antisemitismo", o sea, una condenación genérica al pueblo. Hoy ha cambiado: es "antisionismo", porque resulta mucho más fácil cuestionar al Estado de Israel, cuyos gobiernos —como en todas partes— toman resoluciones siempre discutibles. En la posición extrema de los países islámicos, el "antisionismo" es la negación de la existencia del Estado. Aquel repudiaba a las personas, denigraba a los miembros de la nación, aun en tiempos en que estaba desperdigada; el antisionismo va más allá y le niega a esa nación milenaria el derecho a existir como Estado.
Hasta hace pocos años, el antijudaísmo era "nacionalista", nacía de esas corrientes retrógradas que, abroqueladas en sus fronteras, odian al extranjero, esa condición que el pueblo judío debió arrastrar a lo largo de siglos. Ahora, como ha cambiado el mundo, el antijudaísmo es global, rebasa fronteras, no se limita a esos ámbitos nacionales e ideológicos. Algunos de sus movimientos terroristas (Hezbollah, Hamas, Al Qaeda, ISIS) no son nacionales, se mueven más allá de los Estados y, por cierto, también llevan el terrorismo a Occidente.
Esto se emparenta con el gran viraje: antes el antijudaísmo era de derecha, ahora es "de izquierda". Y esto no es baladí: ha arrastrado a la izquierda tradicional a la inmoralidad de alinearse con los regímenes más reaccionarios del mundo, los que subordinan a la mujer a una condición de inferioridad, los gobernados por dinastías absolutistas, los que concentran inmensas riquezas en una aristocracia abusiva que exhibe en Occidente, groseramente, su poderío comprando clubes de fútbol u hoteles de lujo.
¿Qué ha pasado? Ante todo, que Israel ya no es el pequeño David, acosado por fuerzas superiores. Ha mostrado la fuerza suficiente para sobrevivir, prosperar y construir una ejemplar democracia. Ya no es la víctima, pese a que haya países y movimientos que le nieguen su existencia y esté constantemente agredido. La "víctima" ahora son los palestinos, a quienes Israel les devolvió la franja de Gaza (que antes había sido egipcia) y que si no tienen Estado, es porque, en 1948, cuando se crearon los dos, los árabes se negaron a aceptar el suyo, simplemente por odio a la creación de Israel.
A esto se añaden los intereses, los del petróleo, los de las inversiones y los de las compras de armamento, que condicionan constantemente a los países occidentales, cuyo principismo suena a hueco, movido además por el temor a la reacción de sus crecientes poblaciones musulmanas.
Esos palestinos han sido víctimas de matanzas de "amigos", como la que sufrieron en Jordania, cuando el Setiembre Negro; viven hambreados por sus jefes y son cruelmente usados en Gaza por Hamas. Es más, en Cisjordania, el gobierno, que es mayoría de Al Fatah, no se oculta el malestar ante esa locura de la Marcha del Retorno, que costó el último enfrentamiento. Hay muchas expresiones periodísticas en ese sentido.
El hecho es que ese movimiento se pensó para hostigar a Israel, anunciando que sería invadido por el pueblo palestino, en el "retorno" a su morada. Israel anunció una y otra vez que no permitiría, como es su derecho soberano, rebasar la valla demarcatoria de la frontera. Nada los detuvo y el resultado, triste, doloroso, fue un centenar de palestinos muertos, llevados ciegamente por sus líderes a sucumbir.
De inmediato, se lanzó el coro antijudío a condenar, una vez más, "el uso de fuerza excesiva, desproporcionada e indiscriminada" por Israel, reclamando medidas de protección para la población civil. Así lo resolvió Naciones Unidas por 120 votos contra 8 y 45 abstenciones. No importó que Israel hubiera advertido que defendería su territorio ni que se supiera de antemano que Hamas sacrificaría niños y mujeres para la explotación publicitaria. Votada que fue la moción, se presentó otra que condenaba a Hamas "por lanzar repetidamente cohetes hacia Israel y por incitar a la violencia a lo largo de la valla fronteriza poniendo a los civiles en riesgo". Tuvo mayoría, pero no la necesaria para aprobarse.
Lo triste es que Uruguay votó la resolución condenatoria a Israel y luego no votó la condena a Hamas. O sea que se sumó al coro automático del antijudaísmo. Bien se sabe que el presidente y el canciller van a todos los actos celebratorios de la colectividad judía y que hoy son prisioneros de la mayoría frentista, la que enarbola hace veinte años banderas palestinas sin saber de qué se trata. Esa condición de prisioneros ya no los exime de una responsabilidad tan seria, porque no condenar a Hamas es demasiada dosis de complacencia para con los radicales de su partido.
Lo lamentamos como uruguayos, históricos amigos de Israel. Pero aún más lo lamentamos por esa debilidad frente al terrorismo musulmán, ante el cual el miedo contagia y subordina.
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