El 27 de febrero de 1812 el general Manuel Belgrano, desde Rosario, se dirige al Primer Triunvirato y le expresa que, al no contar con una bandera para izar en sus defensas sobre el río Paraná, había mandado hacer una "blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional".

La mayoría de los autores sostenemos que esa bandera originaria era de dos franjas horizontales: blanca la superior, celeste la inferior, en concordancia con el formato de las banderas que se observan en el retrato que el prócer se hiciera pintar en Londres en 1815, por el artista François Casimir Carbonnier.

Con posterioridad, Belgrano fue trasladado al Ejército del Norte y el Triunvirato le ordenó que se abstuviera de seguir enarbolando su bandera.

Mientras tanto, ¿qué pasaba en Buenos Aires? Se sabía que Belgrano había enarbolado una bandera con los colores de la escarapela, pero no su formato, pues no la habían visto nunca, y tampoco su creador había detallado cómo era tal bandera. También se supo que el Gobierno lo reprendió severamente por ello.

La Sociedad Patriótica empezó a tomar distancia del Primer Triunvirato, al cual acusaba de tener un perfil tibio y moderado; y exigía profundizar el proceso de emancipación. El tucumano Bernardo de Monteagudo dirigía entonces la Sociedad Patriótica, e inició una implacable prédica en contra del Gobierno. Lo acusaba de ser complaciente con los realistas y protestaba porque le había ordenado a Belgrano retroceder hasta Córdoba. Este club político llevó adelante una severa campaña de desprestigio en contra del Triunvirato y popularizó el uso de los colores patrios por doquier como símbolos de la resistencia hacia el Gobierno.

Este iba perdiendo popularidad y sus decisiones eran resistidas a cada instante. Algunos autores creen que en esos días fue que se gestó la creación de la bandera que hoy conocemos. Su primera aparición públicamente acreditada fue teatral.

Cuenta el oficial británico John Rademaker, que se desempeñaba como diplomático de la corte portuguesa en Buenos Aires, que, en ocasión del segundo aniversario de la revolución, el 26 de mayo de 1812, se presentó una obra titulada El Veinticinco de Mayo; acontecimiento al cual, recién desembarcado a nuestras costas, había sido invitado. Rademaker iría luego a firmar el primer tratado diplomático suscrito entre las Provincias Unidas y una nación extranjera, que era la que él representaba, Portugal.

En su edición del 27 de mayo de 1812, así refiere la Gazeta de Buenos Ayres el arribo del enviado portugués: "Ayer llegó a esta capital el teniente coronel Juan de Rademaker en clase de enviado extraordinario de Su Alteza Real el príncipe regente de Portugal. Fue recibido en el muelle por uno de los edecanes del gobierno superior, y conducido al palacio de la fortaleza, en donde se le tenía ya preparado el correspondiente alojamiento. A las 7 de la noche pasó el secretario de Estado a cumplimentarlo, y anunciarle la audiencia que le acordaba el gobierno en la sala de su despacho. Pasó inmediatamente el enviado, y fue recibido por Su Excelencia, con las mayores demostraciones de estimación y de aprecio".

El Veinticinco de Mayo fue el primer musical argentino, donde se interpretaban también canciones patrióticas. El autor de dicha obra fue Luis Ambrosio Morante, hombre de potente, agradable y clara voz, con la cual impresionaba y enfervorizaba al público que lo seguía. La música había sido compuesta por el maestro español Blas Parera, futuro autor de la música de nuestro Himno Nacional.

Retrato de Luis Ambrosio Morante pintado en Chile por el miniaturista suizo Henri Jenny en 1824
Retrato de Luis Ambrosio Morante pintado en Chile por el miniaturista suizo Henri Jenny en 1824

Morante era un excelente intérprete y, a su vez, autor de las primeras obras patrias. Los autores difieren en cuanto a su origen. Hay más consenso en seguir a sus amigos, que aseguraban que era oriental (montevideano). Para otros, era "peruano y liberal", y para otro autor, era porteño, hijo ilegítimo de español y madre mulata. Se lo conocía como el "mulato" o el "negro" Morante. Pese a los inconvenientes para que alguien de su raza pudiera estudiar, este superó los obstáculos, aprendió a leer y a escribir, estudió actuación y música, se destacó como el mejor intérprete y autor del Cono Sur durante los años del siglo XIX.

Pertenecía a la casta de los actores, la cual, como la de los barberos, sacamuelas o sangradores, eran de los más humildes y menos considerados de la sociedad. Sin embargo, este sector social adhirió fervientemente a la Revolución de Mayo.

Morante, iniciado en el antiguo Teatro de la Ranchería (luego incendiado) como apuntador, ya que, por ser de los pocos que leía, podía recordar a los actores sus parlamentos cuando estos, sobre las tablas, se olvidaban de lo que seguía. Estallado el movimiento de mayo, adhirió al sector más radicalizado de la revolución; se relacionó con Mariano Moreno, Juan José Castelli y Manuel Belgrano.

La razón era simple: estos buscaron siempre favorecer, en los impulsos revolucionarios, a los sectores más relegados del hasta entonces Virreinato: esclavos, libertos e indígenas; aliviando en lo posible su condición. Por eso es que Morante se enroló en el morenismo.

Los actores y la gente de teatro gozaban de muy mala reputación en la época, y la mantendrían, en nuestro país, hasta bien entrado el siglo XX. Lo llamaban "mulato, bajo, gordo y feo". Morante fue el verdadero fundador del teatro patriótico, y se convirtió en el "dramaturgo de Mayo". Permaneció entre nosotros hasta 1822, cuando aceptó un ofrecimiento para instalar su compañía teatral e introducir su arte en Chile, donde también fue reconocido, por dar inicio a las artes dramáticas en el país trasandino.

Luego de un breve retorno al Plata, donde ya había perdido todo el predicamento que supo conseguir, y nadie lo recordaba, decidió retornar a Chile, adonde tampoco pudo repuntar. Allí fallecería sin pena ni gloria, en 1835, pobre, enfermo y abandonado.

El Veinticinco de Mayo se estrenó en el único teatro que tenía, a la sazón la capital (hasta 1838): el Coliseo Provisional, también llamado Coliseo de la Merced, pues estaba situado justo enfrente de la Iglesia de la Merced, en la intersección de las actuales calles Reconquista y Presidente Juan D. Perón, a dos escasas cuadras de la Plaza de Mayo.

A este teatro, instalado en 1804, asistía lo más selecto de la sociedad porteña de la época, a falta de otro tipo de recreación nocturna (con excepción de las tertulias y los saraos). Aquella noche de 1806 asistió el marqués Rafael de Sobremonte, cuando Santiago de Liniers le mandó a avisar del sorpresivo desembarco del contingente británico, durante la primera invasión inglesa. Se interpretaba en esa ocasión la obra El Sí de las Niñas, de Nicolás Fernández de Moratín.

Casi al final de la obra El Veinticinco de Mayo, quien personificaba El Espíritu de la Independencia Americana, que muchos creen que se trataba del propio Luis Ambrosio Morante, con su voz potente que cautivaba a toda su audiencia, presentó, en sus manos, al auditorio, una insignia celeste y blanca, que se piensa, comúnmente, era nuestra actual bandera. Cuenta Rademaker que vio en el teatro "a nova bandeira nacional, que é azulceleste e branca". Nótese que Rademaker consigna primero el color preponderante: el "azulceleste", y después el color secundario: el blanco.

Era el primer desafío claro, cabal y concreto al Primer Triunvirato, que había desaprobado exhibir otra enseña que no fuese la española. Recordemos que para esos mismos días (25 de mayo de 1812), Belgrano hacía exhibir y bendecir, en Jujuy, su enseña, en el formato que había creado en Rosario, motivo por el cual fue de nuevo reprendido severamente por el Gobierno porteño pocas semanas después.

Ello ocurrió una vez que el melodrama de Morante ya había sido puesto en escena, y nadie le había reclamado, a su vez, al propio Morante, por su bandera exhibida en el teatro. Tal vez el hecho de tratarse solo de una simple obra de teatro, un mero divertimento, escrito y protagonizado por un "mulato", el Triunvirato ni se molestó en amonestarlo, ni en darle importancia. No se imaginaba la repercusión que alcanzaría luego esa enseña.

La ovación y el éxito de la presentación "en sociedad" de esa primera "bandera" en el Coliseo Provisional fue tal que el Gobierno no pudo impedir que esta se difundiera y esparciera por doquier en el curso de las semanas siguientes. No era políticamente correcto, en plena capital, azuzar aún más los ánimos opositores al Gobierno y darle mayor entidad a esta enseña irreverente.

Con lo cual, el verdadero creador de la bandera argentina, en el formato en que la conocemos actualmente (celeste, blanco, celeste), fue un actor y autor mulato (probablemente uruguayo, paradójicamente), considerado marginal para aquella época, quien introdujo el emblema, con su potente voz, en una obra de teatro, donde fuera ovacionado y reconocido como su momento de mayor gloria.

Desde su estreno teatral se empezó a popularizar el uso de esa enseña por doquier en Buenos Aires. El día 23 de agosto de 1812, para celebrar el fracaso de la conspiración realista encabezada por Álzaga, manos anónimas izaron, por primera vez, la bandera celeste y blanca en el campanario de la Parroquia de San Nicolás. Tiempo después, en el mismo lugar donde se levantaba esa iglesia, se erigió el obelisco de Buenos Aires. En una de las caras del obelisco aún hoy se puede leer: "En este sitio en la Torre de San Nicolás fue izada por primera vez en la ciudad la Bandera Nacional el XXIII de Agosto de MDCCCXII".

Es paradójico que, mientras el Triunvirato le prohibiera a Belgrano enarbolar su enseña en los confines de la patria, en la capital se exhibieran los colores patrios, en forma de bandera, bajo las mismas narices del Gobierno.

A partir de allí, esa insignia "porteña" empezaría a difundirse por todo el territorio de las Provincias Unidas, desplazando definitivamente a la bandera "belgraniana", condenándola a la marginación, primero, a la desaparición, después, y finalmente, al olvido de la mayoría de los ciudadanos.