El reciente informe de la organización global Oxfam y los acontecimientos acaecidos en los últimos meses han demostrado una vez más la facilidad con la cual las veleidades políticas nos permiten justificar racionalmente cada hecho bajo la actual dinámica sistémica global.
Conmociona enterarse de que el 82% de la riqueza generada durante el último año fue a parar a manos del 1% más rico de la población global, mientras que la riqueza del 50% más pobre no aumentó en lo más mínimo. Más aún si a ello le adicionamos que las 61 personas más adineradas del planeta poseen tanta riqueza como la mitad más pobre.
Esta desigualdad, de tendencia creciente a nivel global se suele justificar con un probabilístico e inestable efecto derrame que, junto con las "necesarias" elevadas propensiones marginales al consumo de los más humildes, permitirían dinamizar a las pauperizadas economías con escaso ahorro e inversión.
Por otro lado, el 1% más rico del mundo evade o elude impuestos por valor de 200 mil millones de dólares. Ello se condice con la capacidad de contar con las herramientas para desarrollar diversos mecanismos que les permiten evadir entre el 25% y el 30% de sus responsabilidades impositivas (contra el 3% de quienes poseen un ingreso promedio). La mayoría de este dinero se destina a los denominados "paraísos fiscales".
La inseguridad jurídico-financiera en sus propios países es el justificativo para con el remitir de utilidades; aunque ello no conlleve algún tipo de contraparte que los posicione dentro de la legalidad, ni tampoco tengan reparo en la consecuente licuación de las crecientemente demandadas arcas estatales. Por supuesto, cuentan con la complicidad de estos pequeños Estados que, con hermosos paisajes y una lógica todavía pseudo-colonial, se defienden bajo el lema de la autosustentabilidad.
Por su parte, ya no asombran las tradicionales matanzas en las escuelas de los Estados Unidos. Hay que defenderse de los "malos", diría el presidente Donald Trump, en todas sus acepciones: desde aquellos que siembran el terror en nombre de la religión, pasando por los líderes caratulados como inescrupulosos por los demócratas occidentales, hasta los desesperanzados que encuentran en el delito un medio de vida.
Finalmente, vivimos en un mundo donde 250 millones de personas han buscado un futuro más próspero fuera de su país de origen. Es por ello que las élites sostienen, como indica la teoría macroeconómica del statu quo, que la libre circulación de los factores productivos es principalmente beneficiosa en términos de eficiencia y productividad. Pero además su trabajo es fundamental para dinamizar el consumo interno, contribuir al pago de las cargas sociales para sostener a los adultos mayores y, por sobre todo, realizar los empleos desechados que los nativos.
Poco se menciona cuando las recurrentes crisis económicas ponen sobre el tapete un escenario de competencia y nacionalismo que, con una inusitada virulencia mediática, busca imponer restricciones a los "inmigrantes indeseados". Un claro ejemplo es la gratuidad para con la utilización de los sistemas de salud provistos por Estados desguazados, en donde los inmigrantes, quienes poseen vasta experiencia en términos de corrupción, ineficiencia y desidia gubernamental en sus países de origen, tienen una responsabilidad marginal.
Evidentemente, nos encontramos con una enorme capacidad de los grupos concentrados para justificar todo. O casi todo. Porque difícilmente puedan explicarles a esas miles de millones de personas en el mundo que sobreviven con menos de cinco dólares diarios el porqué de su cruda realidad. O peor aún, por qué las élites políticas y económicas globales, quienes sí cuentan con las herramientas de formación y capacidad de acción para encontrar siempre la respuesta adecuada, nada hacen por ellos.
En definitiva, los valores y la ética deberían estar por encima de cualquier justificación. La pregunta es cuándo llegará la hora en la que los responsables de los gobiernos, elegidos para mejorar la calidad de vida de sus representados, lo reflejen en políticas asertivas en pos de las mayorías. Las cuales no tienen por qué ser ni menos razonables, ni por supuesto menos efectivas. Solo deberían tener la fuerza suficiente para invertir las asimetrías crecientes y hacer honor a la tan necesaria justicia distributiva.
El autor es economista especializado en Relaciones Internacionales. Su último libro es "La Sociedad Anestesiada. El sistema económico global bajo la óptica ciudadana".
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