Me opongo a la le legalización del aborto. Si bien tengo profundas convicciones religiosas, no lo hago desde esa perspectiva. Como diputado nacional, no podría imponer mis creencias, en ese ámbito tan personal, al resto de los argentinos.
Mi oposición al aborto se funda en una enérgica defensa de la vida, que surge de valorar incondicionalmente la dignidad humana. Cuando se trata de seres humanos, no valen las consideraciones sobre ventajas o desventajas, ni criterios de conveniencia económica. Los seres humanos son fines en sí mismos, no medios para el logro de otros fines.
En nuestro ordenamiento jurídico, la vida humana comienza con la concepción en el seno materno. Desde ese momento existe una persona que merece la misma tutela que las que ya han nacido. Por lo tanto, las razones de salud pública que se esgrimen en favor de la despenalización del aborto no pueden tener preeminencia sobre la exigencia de respetar la vida de todos los seres humanos.
Tampoco es válido el argumento, que nace en el famoso fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos "Roe v. Wade", de 1973, que funda el derecho al aborto en el derecho a la intimidad de la mujer o, lo que es lo mismo, en la soberanía de ellas sobre su propio cuerpo, sencillamente porque un feto no es un órgano ni una cosa, sino otro ser humano. En consecuencia, no puede invocarse el derecho a disponer de él, de la misma forma que sería inconcebible que los padres pudieran tener el derecho de matar a sus hijos.
No se me escapa que la práctica del aborto existe y que su ejercicio en forma clandestina puede traer graves complicaciones de salud, pero no se soluciona ese problema matando a un ser indefenso. Mejoremos las leyes, facilitemos las adopciones, promovamos una educación sexual integral, capacitemos para la decisión responsable de concebir un hijo, pero no caigamos en la mayor afrenta a los derechos humanos, que sería privar de la vida a una persona sin otro fundamento que la decisión de otra.
Bienvenido sea el debate. Yo respeto las opiniones de quienes, desde mi bloque y otros, consideran necesaria la despenalización, pero mantendré mis convicciones de toda la vida y me opondré a considerar a cualquier ser humano una cosa que puede ser desechada. Para pensar así no hace falta ser cristiano, ni creer en Dios: solo se necesita estimar como un valor no negociable la vida y la dignidad del ser humano.
El autor es diputado nacional CABA (Cambiemos – PRO).
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