Antes que todo es un deber reconocer que Europa fue mucho más sensible ante la tragedia cubana que Latinoamérica. Este hemisferio nunca instrumentó una estrategia contra la dinastía de los Castro a pesar de la proclamada fraternidad hemisférica, además de haber sido víctima en numerosas ocasiones de la capacidad subversiva y desestabilizadora de la dictadura insular. Ni aun para fortalecer la democracia en sus respectivos países los líderes políticos del continente fueron capaces de concertarse para cerrarle el paso al régimen que procuraba destruirlos.

Hace varios años, en Caracas, en la Venezuela republicana, finales de los ochenta, durante un intercambio de opiniones auspiciado por la Embajada de Estados Unidos en ese país por medio del sistema Wordnet, un participante uruguayo reprendió al moderador y a los cubanos presentes por acusar al régimen castrista de violar los derechos humanos. La respuesta fue unánime: "Los derechos humanos son universales y los países que se dicen hermanos del pueblo cubano no han asumido el protagonismo necesario en Ginebra para cumplir el rol que les corresponde", una penosa actitud que no ha sido rectificada hasta el momento.

Por su parte, la Unión Europea estableció, en 1996, una posición común en su trato con Cuba que instituía las pautas sobre las cuales se desenvolverían las relaciones entre los Estados, incluido el comercio, estrategia que intentaba promover cambios pacíficos hacia la democracia en la isla. El proyecto lo promovió y concretó el Gobierno de José María Aznar en España, contrario a la línea complaciente y generosa hacia la dictadura castrista del Gobierno de Felipe González.

Sin embargo, esa política ha sido quebrantada por factores dentro del bloque que siempre han favorecido el entendimiento con el castrismo, elementos particularmente estimulados con el cambio de política hacia Cuba del presidente Barack Obama, lo que influyó también entre los indecisos, al igual que ocurrió con otros gobiernos del resto del mundo que, a partir del restablecimiento de relaciones entre Washington y La Habana, iniciaron con la dictadura un acercamiento sin precedentes.

La Unión Europea, que ha defendido con vehemencia las libertades individuales y los derechos humanos, es un foro donde conviven, basados en el respeto a los valores democráticos, 28 países de diferentes culturas y tradiciones, lo que convierte en una fuerte contradicción y hasta negación de sus fundamentos el estrechamiento de los vínculos con una dictadura cruenta que sigue siendo el reflejo del socialismo estalinista que por casi una centuria negó los postulados de Europa.

El más reciente informe de la Unión Europea sobre los derechos humanos en Cuba no deja de ser una aberración cuando refiere que en la isla hay una democracia unipartidista, cuando los principios de la entidad se basan en el pluralismo y en el respeto a los derechos ciudadanos.

No obstante, el fin de la posición común europea hacia Cuba no justifica en ninguna medida que los "hermanos" latinoamericanos sigan siendo obsequiosos amigos de la dictadura, aunque algunos podrán argüir que en la década de los 60 la totalidad de las naciones del hemisferio, con la excepción de México y Canadá, rompieron relaciones con el régimen insular y que el gobierno de la isla fue separado de la Organización de Estados Americanos, una decisión que respondió a las gestiones diplomáticas de Estados Unidos, no por la amenaza que La Habana significaba para la sobrevivencia de cada gobierno del hemisferio, tampoco por solidaridad con el oprimido pueblo cubano.

La situación de los derechos humanos en Cuba, la permanencia de un régimen dictatorial que ha pretendido imponer su modelo de gestión en el resto del hemisferio no ha sido una preocupación para la gran mayoría de los gobiernos latinoamericanos y ahora ha dejado de serlo para los de Europa.

La desidia y la falta de solidaridad han sido constantes. Considerar que la permanencia de la dictadura es consecuencia de la conducta del vecino poderoso del norte es ignorar el verdadero escenario: la complicidad de muchos gobiernos con la tiranía y la incapacidad del pueblo, a pesar de sus sacrificios, para destruir el régimen.