Según versión oficial, Fidel Ángel Castro-Díaz Balart atentó con éxito contra su vida, en la ciudad de La Habana. Con la debida cautela inducida por el extenso historial de embustes de la oficialidad cubana, para el caso es lo mismo si se suicidó o de algún modo le quitaron la vida, el muchacho, eterno niño hijo del dictador, no era feliz en absoluto.
Hubo quien, llevado por el júbilo de celebrar cualquier deceso proveniente de semejante linaje, mostró su alegría al exclamar: "Uno menos". Pero cabría recordar que Fidelito no era responsable de lo que hizo el padre, y también, que además era hijo de Mirta, integrante de una de las familias menos entusiastas con el comunismo que puede encontrarse en todo el hemisferio.
¿Era el primogénito del megacomandante Guarapo Castro un niño que disfrutó de una vida con privilegios? Sí, claro que sí, pero también inundado de desamor, de un padre ausente y una madre que lo quería, pero a miles de kilómetros. Cabe acotar que siendo Castro Díaz-Balart, si hubiese continuado el capitalismo en Cuba y su padre se hubiese dedicado a explotar su indiscutible inteligencia como abogado, este niño, entre los bienes y los capitales que tenía su abuelo paterno, toda la familia materna y lo que hubiesen generado los padres, hubiera sido un pichón de multimillonario de todas formas.
Pero hablemos de cada uno de nosotros. ¿O hay alguien que, teniendo algún pariente que viajase afuera de la isla o un pariente guajiro que consiguiese alimentos codiciados en la ciudad, como puerco, aves, yuca, malanga o plátanos, o bien cuando eran niños si les regalaban algo que los demás del aula no tenían, les decían: "No, ese pitusa (blue jean), esos tenis, esa camisa, ese puerco, esos plátanos, esos juguetes, no los quiero porque los niños de mi cuadra y de mi aula no lo pueden tener"?
¿O los que emigraron, a la hora de haber tenido esa inmensa suerte, dijeron: "No, qué va, no me voy a ir aunque lo desee con intensidad, porque millones de compatriotas quisieran lo mismo y los voy a dejar embarcados en el sufrimiento"? ¡Vamos, vamos, vamos, que nos conocemos entre los que aramos y los que majaseamos!
Fidelito no mató, no prohibió, no encarceló ni siquiera siguió carrera militar y hubo problemas con eso. Cuando fue quien dirigía la nunca concluida construcción de la central nuclear de Juraguá en Cuba y el Organismo Internacional de Energía Atómica tuvo diferencias de criterios con el rumbo que debía tomar una vez que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas había desaparecido y algún otro desliz, lo hicieron a un lado, por supuesto con conocimiento paternal, porque "tronar" al hijo de Guarapo no quedaba en absoluto presentable.
Hay que decir que acaso la virtud más extraña de Fidelito fue que no participó de ningún escándalo, exceso, excentricismo habitual entre los hijos de los dirigentes en los países mal llamados socialistas, de eternos gobiernos de partido único.
No lo sé porque no estuve en su piel, pero puedo decir que, desde la mía, apuesto a que hubiera preferido un padre que no hubiese estado clandestino los años más importantes en la vida de un crío y que, cuando cobró visibilidad, entonces fue la madre quien se exilió y lo llevó con ella, hasta que en un viaje el padre lo volvió a retener con él como un trofeo.
Encuentro algunas similitudes con mi prima Hildita, la primogénita de mi tío Ernesto, con la diferencia de que, mientras él vivió, a Hildita se la recibía en su casa igual que a los demás hijos, aunque le cayese mal a quien fuese. Solo cuando murió el Che, ella fue apartada de sus hermanos, excepto el menor, que la adoraba y que siempre hizo lo posible por visitarla, pero aun así ella a casa de sus hermanos no podía ir.
Guarapo no tuvo ni siquiera los timbales de decirle a su esposa que en su propio hogar se recibiría a su hijo mayor como lo que era, que ya suficiente bruma había tenido en su infancia y vida para añadirle más.
Luego concurre el error frecuente de pensar que es deseable ser el vástago de alguien así, que haya conseguido una adoración permanente y obligada, baluarte de virilidad, inteligencia y valor (cosas las tres que cabría analizar para desterrar), omnipresente como mito en la misma medida que omniausente como padre, tan autoritario, tan imposible de emular. Son muchos los casos de estos muchachos, que hasta cuando peinan canas se les sigue llamando por el diminutivo y jamás pasan de ser "hijos de", los que terminan mal. Cristina Onassis, solo para citar un caso.
Soy partidario de que cuando alguien que no ha causado daños irreversibles a las personas, no ha destruido la vida de gente inocente, decide algo tan profundo, personal y necesariamente triste como el suicidio, hay que dejar que su familia y sus seres queridos lo lloren y los demás, permitirle un respeto.
Sería bueno ver cuántos de los plañideros que asistirán a su sepelio como asistieron en su momento al de mi prima Hildita llorarán lágrimas de cocodrilo o de culpa, y cuántos serán los escasos que conocían el alma del niño que precedió al famoso cardenense Elián, en el tira y encoje de Guarapo en su batalla propagandística contra Estados Unidos, Miami, los Díaz-Balart, la burguesía de la que él formaba parte y la paz de cualquier alma.
Ojalá a su manera lo haya querido.
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