
La tragedia del submarino ARA San Juan ha sido la dramática constatación de que, a lo largo de las últimas tres décadas, el desequilibrio que se ha generado está en la antigüedad y la obsolescencia del material de las Fuerzas Armadas argentinas y en su bajo nivel de mantenimiento.
Esto ha producido un desequilibrio, no porque los países de la región, con la excepción de Venezuela, hayan tenido grandes compras de armamentos —el balance militar de América del Sur del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría muestra que la región es la que destina menor porcentaje de su PBI a defensa en el mundo (1,6% del PBI)—, sino porque Argentina ha tenido un largo proceso de desinversión. Es el país de la región que menos recursos destina al área (1% del PBI).
Es así como se hace necesario un plan de reequipamiento militar en el largo plazo, para lo cual es conveniente invertir entre el 0,3% y el 0,4% del PBI en términos anuales. El plan debe ser a más de una década y contar con un financiamiento para todo el período de aproximadamente 2.500 millones de dólares.
Este plan bien puede ponerse en el marco de la ley de reestructuración militar 24848, sancionada por unanimidad de ambas Cámaras del Congreso Nacional en 1998 (llamada ley Jaunarena) y que casi dos décadas después todavía está pendiente de reglamentación. Esta norma establece un coeficiente para determinar la suma destinada al reequipamiento militar, que con su necesaria actualización permitiría este plan de largo plazo.
Hay un antecedente en el siglo XX, que fue muy exitoso, sobre este tipo de modelo. En la Presidencia de Marcelo T. de Alvear, en 1925, se sancionó la llamada ley de armamentos, cuando era ministro de Guerra el general Agustín P. Justo, por la cual se estableció un plan de reequipamiento de largo plazo para el Ejército, que incluía la aviación militar, que estuvo vigente hasta comienzos de los años cuarenta del siglo pasado. En el marco de este plan, fue creada, en 1927, la Fábrica Militar de Aviones.
Dos años después, en 1927, se sancionó la ley de reequipamiento naval, destinada a la compra de material para la Marina de Guerra, cuando era ministro de Marina el almirante Domecq García. Fue una norma similar a la anterior, que también rigió hasta comienzos de los años cuarenta y que permitió la modernización de la flota de mar y, en 1933, incorporar los primeros submarinos.
El necesario reequipamiento de las Fuerzas Armadas debe dar prioridad ante la flexibilidad con la cual se generan y desarrollan los conflictos contemporáneos, que suelen ser imprevistos, intensos y breves, sin demasiado tiempo para la preparación. Esto hace necesario dar prioridad al concepto de tropas ligeras, en el cual las fuerzas de despliegue rápido, las unidades helitransportadas y de comandos pasan a ser esenciales en una época de conflictos asimétricos, que por lo general tienen lugar frente a organizaciones armadas no estatales.
Al mismo tiempo, se hace necesaria la adquisición de blindados a rueda, para dar mayor agilidad y movilidad a este tipo de unidades, como son requeridas tanto para las fuerzas de paz como para los mencionados conflictos con fuerzas no regulares. La extensión y la importancia del mar argentino exigen el reequipamiento de la Armada, que dé prioridad tanto a los submarinos como a los patrulleros oceánicos.
Es que tanto la riqueza, no solamente la pesca sino también la explotación del lecho marino, como la importancia estratégica de nuestro mar y su proyección antártica requieren de la capacidad para hacer velar nuestros derechos. Debe aumentar la capacidad militar de Argentina en este ámbito.
En cuanto al componente aéreo, se requiere destinar recursos no solo a recuperar aeronaves, sino también a incorporar las necesarias para que Argentina tenga la capacidad de hacer efectivos el control y la defensa de sus fronteras.
La capacidad de transporte aéreo resulta relevante para lo planteado respecto al componente terrestre. Pero esta capacidad también se extiende a las fuerzas de seguridad, requeridas cada vez que hay desplazamientos a diversos lugares del país.
En un plan de reequipamiento de largo plazo no solamente hay que pensar en modernizar los aviones Hércules C-130 en servicio, sino en ir planificando la adquisición de los aviones más modernos en su tipo, que ya están en servicio en los países más avanzados.
Varios de estos temas fueron analizados en el seminario realizado sobre los trabajos premiados en el concurso "La política de defensa en el siglo XXI", que tuvo lugar en la Academia de Ciencias Morales y Políticas el pasado mes de noviembre, en el que participamos como disertantes con el ex ministro de Defensa Horacio Jaunarena.
Pero la incorporación y la modernización del material únicamente serán útiles si al mismo tiempo se otorga prioridad al factor humano. La falta de adiestramiento y los bajos salarios conspiran contra la vocación militar y ello requiere de políticas específicas y paralelas al reequipamiento militar de largo plazo.
El autor es ex ministro de Defensa.
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