Hace 100 años, por primera vez en la historia, los organismos de organización y deliberación de la clase trabajadora rusa daban por tierra 800 años de zarismo en Rusia e inauguraban, de tal manera, la era de la posibilidad del gobierno obrero.

El año de 1848 es el santo y seña de un momento de convulsiones obreras en toda Europa contra los recientemente instaurados, es decir, hacía 50 pocos años, gobiernos de la burguesía en el continente a partir de la Revolución francesa. Ese mismo año, los jóvenes Karl Marx y Friedrich Engels escribían el Manifiesto del Partido Comunista, que planteaba la posibilidad del gobierno de los obreros que superara el estadio de la sociedad burguesa en función de la instauración del Estado de las mayorías.

En 1871, tanto Marx como Engels pudieron presenciar los acontecimientos de la Comuna de París, que por primera vez en la historia barrieron a los burgueses del ámbito estatal. Fueron días apoteósicos acabados con la gran masacre que dejó 155 mil personas en las fosas comunes.

En Rusia, el Manifiesto Comunista fue introducido por el príncipe Mijail Bakunin, anarquista, que había abandonado los objetivos aristocráticos de su clase para apostar y apostarse por la naciente clase obrera rusa como alternativa de poder.

En ese país, los liberales habían tenido un gran desarrollo antimonárquico. Frente al autarquismo de los zares, cuya última expresión era Nicolás el Segundo, los liberales planteaban la democracia. Pero no preveían que había una clase que se desarrollaba en sí misma como alternativa del poder: los trabajadores.

Los liberales, junto a los socialdemócratas, expropiaron el triunfo de las masas rusas que derrocaron la autocracia en febrero de 1917. Ese gobierno fracasó, porque no hay posibilidad de desarrollo democrático ni productivo dirigido por la burguesía en las naciones semicoloniales, ni en las imperialistas.

Octubre fue la insurrección de los obreros y de la gran masa campesina rusa frente al orden establecido universalmente. Pero no fue una excepción nacional, ese es el legado: es una tarea internacionalista. ¿Cien años? Nada en la historia. En la historia queda todo por resolver, sobre todo, realizar 100 octubres.