Las diferencias políticas en los albores de la patria

A no asustarse por las diferencias políticas que cavan abismos. El asunto es cómo se resuelven, para eso está la política

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En todas las épocas se cuecen habas. Por lo tanto, a no asustarse por las diferencias políticas que cavan abismos. El asunto es cómo se resuelven. Para eso está la política. En los albores de nuestra patria, una profunda grieta abrió un abismo que lamentablemente terminó muy mal.

Éramos todavía el Virreinato del Río de la Plata cuando se asomaron a las puertas de nuestro estuario platense las fuerzas británicas con el afán de apoderarse de esta región española, ya que Europa estaba cerrada a sus productos por decisión del amo del continente: Napoleón Bonaparte.

La idea que traían los invasores era ambigua y ellos mismos no la tenían clara: ¿alentar la independencia o tomarnos como colonia? El asunto variaba según quién gobernara en Inglaterra. Si eran los Tories, su propuesta era alentar la independencia; por el contrario, si eran los Whigs, pretendían someternos como colonia. Esta ambigüedad se vivía también en la oficialidad militar, según simpatías u órdenes.

Por otro lado, aquí, en Buenos Aires, un sector minoritario de la élite política, al tanto de los acontecimientos europeos como también de la duplicidad del Foreing Office, planificaba sus acciones en la idea de alcanzar espacios de poder frente a la crisis que atravesaba España, esto es, ocupar cargos expectables en la administración, que les estaba vedado, siendo, como éramos, una colonia española. Ahora, si los británicos venían con "buenas intenciones", podían apoyarse en ellos y llegar al poder siempre y cuando la independencia fuera la decisión de los invasores. Este grupo minúsculo de conspiradores libertarios estaba compuesto, entre otros, por espías británicos disfrazados de comerciantes, como Santiago Burke, Guillermo White y Tomás O'Gorman, a los que hay que adicionar criollos como Saturnino Rodríguez Pena, Juan José Castelli, Hipólito Vieytes, Juan Martín de Pueyrredón, Aniceto Padilla y el mismísimo don Santiago de Liniers.

Así las cosas y sin una resistencia decisiva, el general William Carr Beresford entró a la ciudad y llegó a la Plaza de Mayo sin novedad. Después, la pesada puerta de hierro del fuerte se abrió y cayó sobre la fosa que lo rodeaba. Beresford ingresó radiante. Desde el río, una salva de cañonazos de la flota británica tronó brutalmente. ¡Jamás se había escuchado semejante batifondo! El espectáculo no pudo ser más demoledor. La bandera inglesa en lo alto del fuerte, las tropas acantonadas en lo que hoy se conoce como la Manzana de las Luces, y partidas de soldados británicos andando las calles más alejadas anunciando su dominio y su poder. La población, atemorizada y sobrecogida, se refugió en lo profundo de sus casas.

Beresford se hizo llamar pomposamente: excelentísimo señor mayor general comandante en jefe y gobernador. Buscó caer simpático entre los vecinos de la ciudad, pero semejante altanería generó un natural rechazo, especialmente en la gente de pueblo, que lo llamaba "hereje, enemigo de la religión, hijo de Satanás y engendro del infierno". Que además lo creía perverso y corrompido, con su ojo bizco como la seña indubitable de la bestia.

Sobremonte marchó a Córdoba para organizar desde allí la resistencia. Mientras tanto, aquí, en la ciudad del barro, el minúsculo grupo de conspiradores organizó una cena de recepción a los recién llegados, en la casa de don Martín de Sarratea, poderoso comerciante y suegro de Liniers. Esperaban la seña libertaria, nunca llegó. Decidieron tomarnos como colonia.

Liniers perdió cuatro días en estos conciliábulos alegres y galantes. Cuando comprendió que estaba en el lugar equivocado, saltó de ahí, pero ya lo estaba observando con malos ojos don Martín de Álzaga, que no tuvo un segundo de dudas respecto de las obligaciones de todo patriota. Había decidido organizar la resistencia desde el primer día de la ocupación.

No es este el lugar para abundar en detalles que abrumarían al lector de un artículo periodístico, sin embargo, creo importante observar que la primera medida que tomó Beresford fue capturar 180 barcos surtos en las costas, de comerciantes de la ciudad y advertir que, si no le entregaban los caudales del reino, perderían sus embarcaciones. Para recuperarlas, deberían acercar una determinada suma de dinero a las fuerzas invasoras que compensaría los dineros reales huidos. Apresurados, los comerciantes interesaron al Cabildo y este envió representantes a entrevistar al virrey con una carta que se halla en el Archivo General de la Nación, firmada por Gregorio Yaniz, Manuel Ocampo, Francisco Belgrano, Joseph Santos Inchaurregui, Anselmo Sáenz y Francisco Herrero, en la cual le comunican que por las capitulaciones firmadas debían entregarse los caudales: "Pues ellos tienen las fuerzas y si no se ejecutase lo que ordenan, podría ocurrir una lamentable catástrofe. En estas circunstancias no puede menos el Cabildo que suplicar a V.E. a favor de esta miserable ciudad oprimida, que se sirva dar las órdenes y disposiciones necesarias para que sin pérdida de tiempo sean restituidos esos caudales como medio al parecer único de liberar a esta ciudad de las vejaciones y padecimientos a la que está expuesta". Llevaban esa carta Juan Santa Coloma y Antonio Velay, hallaron al virrey en las cercanías de Luján. Lo persuadieron de la entrega y Sobremonte así lo hizo. ¿Entregó todo a los invasores? No, mandó esconder bajo tierra una parte del tesoro. Los ingleses sospecharon la maniobra y, siguiendo las huellas dejadas por las carretas cargadas de oro y plata, comenzaron a cavar en el lugar preciso, donde hallaron el resto. Mientras ocurría esto, como ya hemos dicho, Liniers cenaba con los británicos.

En la furibunda grieta que se abrió entre Álzaga y don Santiago hubo otras cuestiones muy graves, que enumeraré sin desarrollarlas. Vencidos los ingleses, el 12 de agosto de 1806, por las fuerzas que lideraba Liniers, Álzaga, fuera de juego, miraba los acontecimientos sin poder real de fuego, dado que el ejército que con su dinero había formado había sido vencido en Perdriel. En esa situación, tres acontecimientos llevaron su indignación a niveles gigantescos. Rendido Beresford, de manera incondicional ante Liniers, a los pocos días este cambió el escrito por otro, uno trucho, acordando con el inglés que sólo lo presentaría en Londres y que no hablaba de rendición incondicional, a los efectos de salvar su carrera militar. Beresford lo desobedeció y lo presentó en el Cabildo de Buenos Aires para exigir la devolución de las armas. Fue un escándalo. Lo segundo, su asistente, su secretario, era don Saturnino Rodríguez Pena, que a esa altura ya se conocía que era un agente británico. Y, tercero, don Santiago comenzaba una relación amorosa con la mujer de Tomás O'Gorman, conocida como La Perichona, que era agente británica, como su ex marido. Semejantes relaciones peligrosas no escaparon a la mirada indignada de don Martín de Álzaga y de su joven asesor y abogado don Mariano Moreno.

Del lado de Liniers estaba su asesor, don Bernardino Rivadavia. Algunos años después, por orden de Mariano Moreno, se fusilaba a Liniers y, dos años después, por orden de Rivadavia, se fusilaba y ahorcaba a Martín de Álzaga. Cuando no se paran a tiempo las diferencias y los odios, ellos vuelven agigantados en sus hijos.

El autor es director de escuela de adultos. Historiador. Autor de "El Perón liberal", "El retroprogresismo", "La gestión escolar en tiempos de libertad".