Cuando Carlos III asumió el reinado de España, en 1759, vino acompañado desde Nápoles con su amigo, el marqués de Esquilache. Lo nombró ministro de Hacienda, asumió también la responsabilidad de Defensa. En conjunto con otros funcionarios de alto vuelo como el conde de Floridablanca, Pedro Rodríguez de Campomanes, el conde Aranda y el marqués de Roda, desarrollaron una labor de gobierno de tal magnitud que quizás haya sido la más trascendente y de mayor brillo de toda la historia de España, si exceptuamos el reinado de Carlos I, que gobernó durante el período imperial de conquista y colonización de América.
El gobierno que llevó adelante Carlos III se conoce como despotismo ilustrado. Esto es, un régimen absolutista fundado en ideas liberales propias del siglo XVIII. Una rareza, porque mientras que estas ideas procuraban acabar con los regímenes absolutistas, en España consolidaban el poder de un rey omnímodo pero moderno y progresista. Misterios aparte, lo cierto que este rey y sus ministros fueron una síntesis perfecta de la frase que caracterizó a estos regímenes: "Todo para el pueblo, sin el pueblo".
El despotismo ilustrado impulsaba, entonces, medidas que tendían a beneficiar a lo que por aquellos años se reconocía como pueblo: sectores productivos rurales y urbanos tanto empresarios como trabajadores o artesanos. No obstante su afinidad con el liberalismo en boga, o por esto, utilizaron el Estado para beneficiar a los sectores modernos y productivos capaces de sacar a España de la postración. Por ejemplo, se entregó a vecinos, mediante un sorteo, tierras baldías con el fin de promover pequeños productores agrarios e introducir formas capitalistas en el campo. Se suprimieron los impuestos al tránsito que perjudicaban el desarrollo del comercio interno. Se crearon fábricas textiles protegidas.
Se premiaba, ennobleciendo, a empresarios o artesanos emprendedores. Se derogaron todas las exenciones de que gozaban el clero y la Inquisición. El Estado asumió la responsabilidad de la enseñanza, antes en manos de la Iglesia. Se promovió la creación de fábricas de coches y carruajes. Se premiaba con pensiones a quienes inventaban o introducían máquinas útiles para la fabricación. Se creó la lotería nacional con el objetivo de sostener hospitales y hospicios con sus rentas. Se reconstruyeron caminos, por ejemplo, el que conducía de Madrid a Barcelona. Se dictaron normas que obligaban a los vecinos a mantener limpios y aseados el frente y las veredas de sus casas, con un tiempo perentorio para sacar las inmundicias, que abundaban en la capital del reino.
Se puso en marcha una política de embellecimiento de las grandes ciudades. Madrid, por ejemplo, era una ciudad imposible de ser vivida dignamente, no obstante haber sido capital del Imperio español. La decadencia podía palparse en sus calles infestadas de malvivientes, vagos, ebrios, prostitutas, gariteros, pendencieros de toda laya, farabutes embaucadores de ingenuos que hacían imposible su tránsito, fundamentalmente al caer el Sol, puesto que las penumbras de la noche aumentaban los peligros. Los gravísimos problemas de inseguridad provocados por una plebe embrutecida que vivía de la limosna, de lo que repartían los conventos o de lo que robaban a los incautos transeúntes que se animaban a las calles fue lo que se propuso acabar el marqués de Esquilache.
Los malvivientes y el bajo fondo se embozaban con largas capas hasta los tobillos y un sombrero de anchas alas que, al caer sobre sus rostros, lo ocultaban, como también su pringosa osamenta, que emanaba el tufo agrio de la mugre. El desprevenido transeúnte no tenía escapatoria. Así las cosas, Esquilache ordenó iluminar Madrid, mandó cortar las capas y levantar las alas de los sombreros. A tal efecto, inspectores y policías salieron a las calles a cumplir las órdenes. Sucedió, entonces, una violenta sublevación que destrozó los arreglos realizados, las luminarias instaladas y el empedrado de las calles más transitadas.
¿Qué significado tuvo este motín? Para decirlo rápido, la política de Carlos III y sus ministros enardeció a la Iglesia y a la nobleza, puesto que los apartó del poder. El despotismo ilustrado no era para ellos, sus medidas perjudicaron sus intereses.
Nobles y clérigos junto a la marginalidad salieron a las calles embozados a atizar la animosidad hacia el rey y sus ministros, especialmente ensañados con Esquilache. El marqués de Valdeflores, uno de los disfrazados de pobre, fue ejecutado por orden de Esquilache.
El colorido y talentoso historiador argentino Vicente Fidel López aseguraba: "Lo peor era que había entre nobles, estudiantes e hijos de familias acomodadas una inclinación fatal a imitar los mismos hábitos: a darse la apariencia de manolos y pendencieros, que tenían su grande escena y su escuela de licencia o grosería en la plaza de toros. Esta plebe, compleja en su formación, ocupaba las calles disfrazada y enmascarada de tal modo que no era posible hacer diferencia alguna entre unos y otros".
¿Qué diría don Vicente Fidel López hoy al ver tanto joven bien acomodado vistiendo la indumentaria de los pibes chorros? Hay momentos en que la cultura del delito y la marginalidad logra imponerse al conjunto social. En aquellos años una élite orientaba al lumpenaje contra la ley, hoy también, otra élite le da sentido: el progresismo zaffaroniano.
Fue una batalla que Esquilache dio y no le fue bien, tuvo que renunciar. Pero las reformas continuaron y ciertos cambios se lograron. Valió la pena.
El autor es director de escuela de adultos. Historiador. Autor de "El Perón liberal", "El retroprogresismo", "La gestión escolar en tiempos de libertad".
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