Fernández Meijide: reconocimiento al coraje y la lucha de los que no se rinden nunca

Vicente Palermo

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Texto leído en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, en la ceremonia en la que nombraron ciudadana ilustre a Graciela Fernández Meijide.

Hoy a la mañana pensé y me di cuenta de que aquí y ahora iba a estar, sin dudas, en la cuerda floja emocional, y que por eso tenía que escribir, para agarrarme del texto escrito ante el riesgo de que me quebrara.

Es por eso que estoy leyendo; estoy emocionado por el hecho de que Graciela haya sido declarada ciudadana ilustre y lleno de gratitud con ella por haberme invitado a acompañarla en la oportunidad. También estoy alegre por este reconocimiento a Graciela; es una noche de alegría, de serena alegría.

Hablando de Graciela se puede hablar de política, y es lógico que así sea, pero yo quiero hablar de ella, no de política, o en todo caso de ella en la política, ya que la política es parte inescindible de su mundo.

Son apenas dos comentarios, y el primero arranca de un breve recuerdo. En algún momento del año 2002 yo estaba en Madrid y alguien me hace saber, para mi sorpresa, que también estaba Graciela y que quería hablar conmigo. Naturalmente, la llamé y combinamos, hacía más de dos años que no nos veíamos. Nos encontramos, permítaseme el detalle que confiere un efecto de realidad a lo real, en el café Comercial del barrio de Bilbao, uno de mis favoritos.

Debo decir que me asusté un poco. Graciela estaba mal, aunque hiciera lo posible por ocultarlo dignamente. Se la notaba víctima de un fuerte bajón emocional, no era la Graciela que yo conocía, la crisis del gobierno de la Alianza, la destrucción del Frepaso, el colapso económico y social, el naufragio de un proyecto en el que había puesto tanto pero tanto de su vida, la habían golpeado y yo no la conocía tan poco como para no darme cuenta. Conversamos mucho, quedamos por supuesto en volver a vernos y nos vimos pronto. Le hice saber, de esa forma desmañada que tiene uno para esas cosas, que podía contar conmigo.

Pero quizás la casualidad, o el Hado, quisieron que ese viaje a Madrid marcara el nadir del ciclo emocional de Graciela, porque su recuperación fue asombrosa. ¿Quién la ayudó? Muchos y nadie. La verdad es que Graciela sacó energías y voluntad de sí misma principalmente. Encaró proyectos que nunca había encarado en su vida, que la movilizaron y confirieron nuevos sentidos.

Escribió libros, por ejemplo, tarea en la que volvió su vitalidad, pero que también contribuyó a pensar y comprender su propio pasado, algo tan necesario como explicar a los demás. Erigió una casa en la costa. Viajó por el mundo como un ciudadano común, y llevando de las narices a sus nietos (o siendo llevada por ellos). Y tuvo la infinita paciencia y la maestría de rehacer sus lazos con la opinión pública, con la sociedad, de a poco, paso a paso, como solamente los sabios pueden hacer (y no utilizo el sustantivo 'sabio' arbitrariamente, porque Graciela se ha ganado un lugar que no es la parresía griega, no es la veridicción del técnico, ni la del profesor, ni la profética, sino el de la sabiduría).

Asombroso, porque yo fui un inútil testigo de este proceso que quizás sea impropio calificar de recuperación, pero no por inútil un testigo menos alborozado. ¿Será necesario agregar que se hace patente en esto la fibra, el coraje de los grandes? ¿Aquellos que no se entregan jamás, no se dan por vencidos ni aún vencidos, como decía Almafuerte, aquellos que saben sobreponerse y rehacerse porque aman la vida y hay valores que anidan en sus espíritus inquietos?

El segundo comentario es mucho más difícil para mí, pero no debo evitarlo. Y supone ir unos cuantos años hacia atrás, al encuentro del dolor. Todos los que aquí estamos sabemos que Graciela sufrió, muy a principios de la dictadura, el golpe más terrible que una madre o un padre pueden sufrir. No voy a decir nada más sobre el hecho en sí, creo que agregar cualquier cosa de mi parte sería obsceno. Pero, en cambio, me atrevo a volver a hablar de Graciela, de su vida, lo que no tiene nada de banal.

Jean-Paul Sartre, uno de los grandes pensadores existencialistas (me siento en la necesidad de aclarar que no es santo de mi devoción), afirmó algo indiscutiblemente profundo y que yo me dispongo a alterar parcialmente. Veamos: tan importante como lo que han hecho de nosotros es lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros. Jean-Paul, espero no haberte traicionado, pero es que me parece que ahí, en esas veinte palabras, está Graciela mejor que en ningún otro lado.

Por eso me arriesgo a ir un poco más allá, en este comentario que quería ser breve y no lo está siendo tanto, un poco más allá, desnudando mi percepción de una vida, de otra vida, la de Graciela, como si eso fuera algo común y corriente.

Hace pocos años Graciela escribió un texto a pedido de un diario y me envió el borrador para que le diera una opinión. A mi juicio estaba todo muy bien, pero había una frase que me hacía ruido. Decía: "La vida fue generosa conmigo". La llamé y le dije: "Graciela, no podés decir eso, la vida no fue generosa con vos". "Si, ya sé, me contestó ríspida, pero, bueno, ya lo mandé". Para mí que no lo había mandado nada y que no lo quiso cambiar.

El tiempo pasa y le doy aquí la razón; no es por adularla, jamás lo he hecho. Pero le doy la razón porque lo que ella hizo con aquello que hicieron con ella está a la vista. Graciela no se melancolizó, si se me permite el porteñismo psico, y no convirtió lo atroz en el alfa y omega de su vida. Pero descubrió en sí misma una fuerza de lucha, una vocación solidaria, una disposición a la entrega, una pasión por lo público, por todo lo cual los argentinos le debemos estar agradecidos.

El autor es investigador principal del Conicet, miembro del Club Político Argentino.