En la última campaña electoral española sucedió algo llamativo, por no decir impensado. Pablo Iglesias, el paladín de Podemos, la fuerza que remasterizó el grito de los indignados y lo institucionalizó en un partido político, soltó en el programa español El hormiguero: "Yo estoy a muerte con el papa Francisco". ¿Uno de los principales referentes de la izquierda europea poniendo la mejilla por el CEO del Vaticano?
Sí. Y, para los herejes, hay más. En otro encuentro con periodistas, el profesor con coleta de la Universidad Complutense apostilló sobre el sumo pontífice: "Tiene una sensibilidad que hace que en muchos aspectos reme en la misma dirección que nosotros. Es una cosa saludable estrechar lazos con quien piensa distinto. Se puede admirar a dirigentes de otras organizaciones ideológicas cuando lo que dicen es justo y están siendo valientes". Contundente. Poco para agregar.
A estos peculiares tramos discursivos hay que añadir el piropo que le tiró, también en tiempos proselitistas, el Mujica del norte, Bernie Sanders. El socialista, que al final perdió la pulseada con Hillary Clinton en las internas del Partido Demócrata, soltó desde los estrados del Vaticano: "Estoy impresionado con el papa Francisco, y con su visión de una economía mundial que trabaja por todas las personas. Inspira al mundo". Minutos después, lo secundaron Rafael Correa y Evo Morales. Más rosas para el porteño desde la izquierda del termómetro ideológico.
El progresismo, parece, está saliendo de la torre de marfil. Aferrada a su tradición laicista, la izquierda tardó en metabolizar el mensaje del argentino. Durante el primer año, miró con curiosidad los gestos de austeridad que daba la máxima autoridad de la Iglesia Católica. Luego, con el correr del calendario y la preocupación —casi obsesiva— de Francisco por aquellos que deambulan por los márgenes del sistema, el reojo mutó en un guiño cómplice. Y, por último, con la presentación de la encíclica Laudato si', el 25 de mayo de 2015, no quedaron dudas: el Papa es uno de los estandartes del humanismo en el siglo XXI.
En dicha carta, Francisco le pega donde más le duele al capitalismo. Posa sus reflectores analíticos sobre el individualismo rapaz, el consumismo compulsivo y la depredación del medioambiente que promueve este modelo económico. En su lugar, llama a la cultura del encuentro, a recuperar el placer de las cosas sencillas —tomar un café con un amigo, disfrutar un paisaje, cultivar las relaciones sociales, leer un libro— y a involucrarse en un proyecto colectivo. "Codo a codo somos mucho más que dos", parece ser el hit.
Y su sentido crítico cava más. El rechazo a la cosificación del ser humano es otro de los puntos cardinales. El máximo pontífice acusa al neoliberalismo de haber convertido al hombre en una pieza más del sistema productivo. La mercantilización arrasó con todo, incluso con las personas. Se ha perdido la noción (básica) de que la economía debe estar al servicio del bienestar de las personas, y no al revés. Un principio tan elemental como urgente del que se hicieron eco, a lo largo y ancho del planisferio, diferentes movimientos sociales, partidos progresistas y sindicatos: "La democracia de la calle", en otras palabras.
La especulación financiera es otro blanco en el escrito. En sintonía con economistas neokeynesianos como Paul Krugman y neomarxistas como Thomas Piketty, el Papa aduce que el actual sistema económico, sustentado en el capital intangible ("la economía de casino"), está socavando la dignidad humana, el empleo y las relaciones sociales. A su vez, el Papa pone sobre el tapete —con la sencillez y la claridad que lo caracterizan— la inviabilidad de dicho proyecto: no se puede pregonar un crecimiento infinito en un escenario finito como planeta Tierra ("la casa común", según él).
Completan la lista negra del capitalismo: la espiral de violencia que aumenta día a día, la fragmentación social, la exclusión y el narcotráfico. Todas plagas que enfrentan —cada día— los "poetas sociales", como llama Francisco a los movimientos sociales. A ellos convocó en su gira por Bolivia. En ellos depositó su esperanza: "Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de las tres t: trabajo, techo, tierra".
No son tiempos alentadores para la progresía. En todos los frentes pierde yardas: por el Viejo Continente, rebrota la derecha xenófoba; en la casa del tío Sam, amenaza el neopopulismo reaccionario de Donald Trump; en el Cono Sur, proliferan los golpes blandos contra gobiernos populares; y, para terminar el tango, el Estado Islámico siembra terror en cada esquina de Occidente y en todo el barrio de Oriente. La derecha viste diferentes ropajes, pero la intolerancia continúa siendo su patente.
Será el momento de aceptar que, esta vez, corrigiendo el lápiz de la historia, el fuego del cambio lo lleva un papa. ¿Tiempos singulares? Seguro. Será cuestión de fe. O de razón. O, probablemente, de ambas.
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