En una amable reunión de días pasados donde di una charla sobre la Escuela Austríaca de Economía, entre los interrogatorios me preguntaron cuál es la razón por la que habitualmente escribo en mis columnas semanales sobre ideas de fondo y no sobre los sucesos de coyuntura. Mi respuesta es que las dos cosas son necesarias, pero el análisis coyuntural está sobredimensionado, mientras que las ideas de fondo son muy poco debatidas. Y es que la coyuntura irá para un lado o para otro, según sea la compresión o la incomprensión de las ideas que le dan sustento a los sucesos cotidianos.
Si nos concentramos sólo en la coyuntura, estamos comenzando por el final y, más aun, a media que se abandonan las ideas de fondo desde la perspectiva de la sociedad libre, se va encogiendo la posibilidad de debatir ideas, porque se engrosa lo políticamente correcto, que es cada vez más inclinado al estatismo, dado que los partidarios de la libertad dejan el terreno inexplorado respecto a los fundamentos éticos, económicos y jurídicos de la sociedad abierta.
Ya se sabe que el político no puede ir más allá en la articulación de su discurso de lo que pueda digerir la opinión pública. Si se excede, indefectiblemente pierde apoyo electoral y finalmente es desplazado. ¿Cómo se hace, entonces, para revertir la situación? La respuesta debe verse en los tan necesarios debates respecto a ideas de fondo y, en la medida en que se comprendan en los distintos estadios hasta llegar a la opinión pública, el político podrá, recién en esa instancia, articular un discurso en línea con la sociedad libre que apunta a desmantelar un Leviatán engrosado desmedidamente y que todo lo atropella a su paso.
Las máquinas infernales de impuestos astronómicos, de gastos públicos siderales, de deudas estatales insoportables y de regulaciones asfixiantes no se revierten automáticamente, requieren explicaciones y debates. No se resuelven simplemente con descripciones de las ocurrencias cotidianas, se necesita fundamentación y argumentación adecuadas.
No es que no sea conveniente describir la coyuntura, se necesita saber qué sucede; es necesario comentar sobre la noticia del momento, pero mi punto es que, dada la situación imperante, hay un manifiesto desbalance entre el análisis de las ideas de fondo que subyacen en esa coyuntura y la descripción de los sucesos diarios. Por supuesto que no he podido dejar de escribir sobre la coyuntura frente a sucesos tremendos como las Torres Gemelas, los ataques terroristas en Francia, los desvaríos espantosos del dictador venezolano, el significado del Brexit, las características de Donald Trump, el peligroso avance del nacionalismo en Europa, el caso argentino del desplazamiento kirchnerista, en su momento, la atolondrada invasión a Irak, la deuda estadounidense, las barrabasadas de los Castro, las declaraciones estridentes del Papa, las falsas apariencias del Mercosur, las compadradas del sátrapa de Corea del Norte, incluso la irrupción masiva del Pokémon y similares hechos de envergadura que no pueden soslayarse, pero el foco lo concentro en el debate de ideas de fondo por las razones apuntadas.
Antes he escrito sobre el significado de la teoría y la práctica, pero es del caso volver sobre el asunto. En la mayor parte de las acciones y las propuestas para aplicar en el terreno político no hay maldad sino buena voluntad y las mejores intenciones; el tema estriba en la idea que se encuentra tras las conductas, es decir, cómo se conciben los nexos causales correspondientes, en otros términos, cuál es la teoría que fundamenta tal o cual política. "Nada hay más práctico que una buena teoría", ha dicho con mucha razón Paul Painlavé, por lo que se torna imperioso discutir la teoría.
Todo lo que ha creado el hombre se basa en una teoría. Si el resultado es bueno, quiere decir que la teoría es correcta; si es malo, significa que la teoría es equivocada. Esto va desde el método para sembrar y cosechar, la fabricación de una computadora, hasta la plataforma de un partido político.
Ideas y teorías son conceptos que interpretan diversos sucesos. Como se ha apuntado tantas veces, no se trata de ideologías en el sentido de propuestas cerradas e inexpugnables, por el contrario, son procesos abiertos, dado que el conocimiento tiene el carácter de la provisionalidad, sujeto a refutaciones y en un contexto siempre evolutivo (es por eso que hace poco escribí una columna titulada "Contra la ideología").
Entonces, si la raíz del asunto estriba en las ideas, es allí donde debe concentrarse el trabajo: en debates abiertos y en el estudio desapasionado de diversas corrientes de pensamiento, ya que la cultura forma parte de un entramado de préstamos y donativos, de recibos y entregas múltiples que se alimentan entre sí y conforman una textura que no tiene término.
Sin embargo, se observa que la mayoría de quienes desean de buena fe terminar con la malaria paradójicamente se dedican a la coyuntura y a repetir lo que está en los noticieros y que todo el mundo sabe. El relato de la coyuntura no escarba en el fondo del asunto, se limita a mostrar lo que ocurre, lo cual ni siquiera puede interpretarse si no se dispone de un adecuado esqueleto conceptual. Más bien, como se ha dicho, es pertinente subrayar que la buena coyuntura se dará por añadidura si se comprende y comparte la teoría que permite corregir lo que haya que corregir.
Por parte de los que se dicen partidarios de la sociedad abierta, hay un gran descuido de las faenas educativas, muy especialmente en lo que hace a la gente joven en ámbitos universitarios, que constituye el microclima del que parirá el futuro. Y no sólo eso, sino el referido desbalance entre la noticia y el análisis de ideas de fondo. Afortunadamente, los medios de comunicación no se circunscriben a dar la noticia, sino que se publican columnas de opinión.
Muchos son los bienintencionados que estiman que los problemas pueden resolverse dirigiéndose a quienes al momento tienen posiciones de poder, sin percatarse de la futilidad de la tarea. Se dice que no hay tiempo que perder y que el trabajo intelecutal es a muy largo plazo, lo cual se viene repitiendo desde tiempo inmemorial. Por otra parte, los espíritus totalitarios operan con notable éxito en la difusión de sus ideas, con lo que han logrado un plafón intelectual de enormes proporciones, que naturalmente empuja a discursos políticos en sintonía con esa tendencia. Tienen presente los dichos de Antonio Gramsci y Mao Tse-Tung, que respectivamente rezan de este modo: "Tomen la cultura y la educación y el resto se dará por añadidura" y "La marcha más larga comienza con el primer paso".
Está bien ilustrar la idea con la coyuntura como anclaje para algún ejemplo, pero sin perder de vista que es aquella la que marca el rumbo y nada se gana con inundar de series estadísticas si no se tiene clara la teoría que subyace. Es que no pocos de los que se circunscriben a los datos de coyuntura desconocen los fundamentos de la propia filosofía que dicen suscribir. Esto se nota ni bien salen a relucir temas de fondo.
La dedicación y los esfuerzos por explicar y argumentar la raíz de los problemas son tanto más necesarios cuanto que los socialismos de diversas tonalidades apuntan a sentimientos de superficie y evitan hurgar en razonamientos que permiten vislumbrar las ventajas de la libertad. En este mismo sentido, el premio Nobel en economía Friedrich Hayek nos advierte: "La economía es contraintuitiva" y el decimonónico Frédéric Bastiat insistía en que el buen analista hurga en "lo que se ve y lo que no se ve", lo cual demanda faenas adicionales.
Como la energía es limitada y los recursos disponibles también lo son, conviene establecer prioridades para enfrentar los crecientes desmanes de los gobiernos, supuestos defensores de las autonomías individuales. Como queda apuntado, correr tras las coyunturas es poner la carreta delante de los caballos; se requiere como el pan de cada día prestar debida atención al debate de ideas, ya que son estas precisamente las que generan tal o cual coyuntura.
Finalmente, conviene precisar que, por el momento, no hay ningún mecanismo de gobierno que mejore la marca de la democracia, lo cual no significa rendirse ante espacios por los que se filtra el rostro del autoritarismo con la pretensión de que mayorías circunstanciales expriman y aplasten los derechos de las minorías, por eso se hace necesario estar alerta y reforzar procedimientos para maniatar al Leviatán. En esta línea de pensamiento, debe subrayarse que, en el plano político, se requiere el consenso y la negociación entre posturas diferentes al efecto de permitir la convivencia, pero lo que destacamos en esta nota periodística es la imperiosa necesidad de esforzarse en incentivar debates abiertos de ideas en la esperanza de que la comprensión de los beneficios de la libertad se hagan más patentes, para lo que el enfrascarse en mediciones y gráficos de lo que ocurrió no contribuye al objetivo de marras.
En otras palabras, circunscribirse a correr tras la coyuntura es un certamen destinado al completo fracaso, puesto que los números serán cada vez peores, debido, precisamente, a que no se han comprendido las ideas que posibilitan la corrección de datos que constituyen la expresión de lo que ocurre. Comprendo que en la desesperación —porque la barranca abajo a veces es muy empinada— haya quienes se empeñan en batallar con cifras con la pretensión de que se entienda el desastre, pero esta tarea es equivalente a correr tras la sombra de uno mismo con el Sol a las espaldas que nunca se alcanza, hasta que se decida tomar el toro por las astas, encarar el problema de fondo y aclarar las ideas que subyacen a los datos de coyuntura.
El autor es doctor en Economía y doctor en Ciencias de Dirección. Es presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.
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