
La paz de la comunidad de Molino Sur, en el municipio de Sébaco, no se perdió de forma gradual; se quebró de golpe, como un cristal golpeado por una piedra, la mañana del martes 28 de abril.
El eco de unos gritos de auxilio y el rugir de una motocicleta marcaron el inicio de una secuencia de horror que terminaría, apenas veinticuatro horas después, con dos cuerpos en ataúdes y una sensación de impunidad flotando en el aire húmedo de Matagalpa.
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Marelyn Dayana González Centeno tenía solo 19 años y una vida estructurada en torno al servicio y la responsabilidad. Ese martes, como cada mañana, caminaba por los senderos de tierra roja de Molino Sur. Su destino era la casa de dos niños a los que cuidaba con esmero para llevarlos al preescolar de la zona. Era una joven de Potrero Redondo cuya única “culpa” fue haber decidido terminar una relación sentimental con un hombre que no entendía de libertades.

Henry Sequeira, su expareja, la acechaba. A bordo de una motocicleta, el sujeto le cerró el paso en un tramo solitario del camino. Lo que comenzó como una discusión cargada de violencia psicológica escaló rápidamente a la agresión física. Según los informes, Sequeira intentó subirla a la motocicleta por la fuerza, pretendiendo quizás un secuestro o un último intento de dominación. Marelyn, en un acto final de dignidad, resistió.
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Esa resistencia fue respondida con una saña desmedida. Sequeira desenfundó un arma blanca y, ante la mirada impotente del paisaje rural, le propinó cinco puñaladas mortales en el pecho. La joven cayó al suelo, su sangre empapando la tierra, mientras el agresor huía a toda velocidad, dejando tras de sí una vida que se apagaba. Marelyn fue encontrada aún con signos vitales y trasladada de urgencia al hospital, pero el daño en sus órganos vitales era irreversible. Falleció poco después, dejando a una familia sumida en un luto que rápidamente se transformó en un clamor de justicia nacional.
La cacería en el río
El día de ayer 29 de abril, el sol sobre Matagalpa no trajo consuelo, sino el inicio de una cacería humana impulsada por la indignación. La Policía Nacional, en un operativo conjunto con pobladores de Sébaco que conocían cada rincón y cueva de la zona, rastreó sin descanso a Henry Sequeira. El asesino de la joven Marelyn Dayana ya no era solo un fugitivo; era un hombre marcado por el repudio de toda una comunidad que exigía justicia.
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El rastro de la huida condujo a las autoridades hasta la comunidad Labranza, específicamente al sector del río conocido como Poza Azul. Allí, acorralado por el cerco policial y consciente de que su destino eran los tribunales, Sequeira optó por la salida más cobarde. En lugar de enfrentar la ley por las cinco puñaladas que le arrebataron la vida a su expareja, el sujeto ingirió una sustancia tóxica en un último intento por evadir sus responsabilidades.
Los agentes lo localizaron oculto en el fondo de un pozo profundo, ya bajo los efectos del veneno. “¡Ahí está vivo! ¡Ahí lo llevan!”, gritaban los testigos mientras tres oficiales forcejeaban para extraer su cuerpo moribundo de la cavidad.
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Entre gritos y desesperación, Sequeira fue subido a una patrulla en una carrera contra el tiempo que el químico terminó ganando. Durante el trayecto, el victimario se retorcía en agonía, manifestando incluso su deseo de no ser auxiliado: prefería la muerte antes que la celda.
Finalmente, antes de que los médicos pudieran intervenir, se confirmó su fallecimiento. Con su último aliento, Sequeira evitó la condena de treinta años establecida por la ley nicaragüense, dejando a la familia de Marelyn Dayana con un vacío de justicia imposible de llenar.
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El 28 de abril se perdió una vida inocente de forma atroz; el 29 de abril, el culpable huyó por la puerta trasera de la muerte, cerrando un círculo de sangre que deja una cicatriz imborrable en la memoria de las zonas rurales de Matagalpa.
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