
Según Silvano, “elegir materiales, definir técnicas constructivas y proyectar plazos no es solo un ejercicio arquitectónico: es una decisión de logística pura”. En esta nota, explica cómo el movimiento de insumos, la ubicación y la coordinación definen el éxito de los proyectos inmobiliarios y las oportunidades de inversión en Argentina.
Para empezar, ¿cómo explicarías tu profesión?
Me dedico a conectar personas del mercado inmobiliario. No importa si son proveedores de la construcción, desarrolladores, constructores o agentes comerciales: el objetivo es que se conozcan y generen vínculos reales. En este sector uno pone sobre la mesa el capital de toda una vida, así que la confianza es clave. Me gusta crear espacios —exposiciones, congresos y distintas actividades— para que ese cara a cara suceda y para que todos entiendan que el techo del mercado es mucho más alto de lo que se ve en Argentina y en buena parte de Latinoamérica.
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En esos espacios, ¿hay participación de empresas logísticas?
Siempre. La logística es una pieza enorme en la construcción. Lo más básico —cal, arena, cemento— se compra a 20 kilómetros. Pero la cerámica se compra a 20.000. Muchas veces pesa más y se fabrica más lejos. Por eso la logística determina qué materiales se usan y cuánto conviene cada decisión. Y además entra en juego la ubicación: construir arriba de una montaña o en plena ciudad cambia todo, desde el costo hasta la viabilidad. En construcción, todo está conectado con la logística.
La dimensión logística también aparece cuando uno mira el proceso completo de una obra. Antes de construir hay que demoler, y después hacer un pozo profundo para las bases. Nada de lo que finalmente se instala en ese edificio está ahí: todo llega desde distintos lugares.
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El 100% de lo que entra y el 100% de lo que sale depende de cuán bien coordinado esté ese movimiento, de qué proveedores pueden abastecer, del acceso al terreno y del costo de trasladar cada parte. En un país como Argentina, donde los escenarios cambian rápido, esa planificación logística puede definir si un proyecto llega a buen puerto o se vuelve inviable.
Por eso elegir materiales, definir técnicas constructivas y proyectar plazos no es solo un ejercicio arquitectónico: es una decisión de logística pura. Construir con madera en la montaña o con piedra en zonas rocosas, evaluar rutas disponibles, calcular el impacto del tránsito urbano o del aislamiento geográfico, todo eso forma parte del negocio inmobiliario tanto como el diseño o la financiación.
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¿Y cómo influye el comercio exterior en esta dinámica?
El real estate está lleno de inversión extranjera y va cambiando según el momento. En 20 años de exposiciones, vi ciclos donde casi todas las empresas participantes eran argentinas, otros donde dominaban las uruguayas y otros donde venía mucha oferta desde Miami para toda Latinoamérica.
Hoy hay un mix. Lo que más se exporta es conocimiento y experiencias de inversión. El inversor actual no necesita conocer el barrio donde compra: necesita un equipo que le dé seguridad y buena rentabilidad de mediano o largo plazo. El mundo cambió: uno puede vivir en un país, trabajar en otro e invertir en un tercero.
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¿Cómo ves el panorama del desarrollo inmobiliario hoy en Argentina?
Argentina es tan diversa que parece haber una para cada persona. No hay una única forma de hacer las cosas. Acá todo se adapta y eso genera un nivel de oportunidades enorme. La barrera de entrada es baja: con una buena idea, un par de socios y algo de capital podés competir con empresas gigantes. La tecnología y ahora la inteligencia artificial equiparan aún más. No es necesario tener un gran fondo detrás; se puede arrancar desde muy poco, y eso es muy argentino.
¿Cómo impacta Vaca Muerta en el sector?
Es una oportunidad enorme, pero es solo una carta del mazo. No nos puede salvar una sola apuesta, igual que no podés ganar un truco con solo un ancho de espadas. El país necesita muchas variables positivas sostenidas. Lo que sí aporta Vaca Muerta es dinamismo en regiones que generan trabajo, inversión y movimiento económico. Pero el sector inmobiliario no puede depender de una única oportunidad, sino de muchas.
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¿Y qué pasa con la imagen de Argentina en el exterior?
El problema es que afuera llegan solo malas noticias y eso genera desconfianza. Pero cuando alguien viene y ve Buenos Aires por primera vez, no lo puede creer. Argentina ofrece una calidad de vida que, comparada con un mundo lleno de conflictos, hoy parece un privilegio. Somos una sociedad pacífica, creativa y trabajadora. El desafío es lograr que el mundo vea también esa parte verdadera.
¿Qué te imaginás para el futuro del real estate argentino?
Tenemos una agenda de congresos enorme en toda la región y Argentina es el más impredecible. Acá planificás un evento con meses de anticipación y lo cambiás tres veces en 60 días. Aun así, el potencial es gigantesco. Faltan viviendas, sobran dólares guardados que pierden valor y hay desarrolladores con ganas de construir. Si logramos estabilidad por un ciclo de seis o siete años, se abren miles de oportunidades.
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Y no hablo solo de grandes proyectos. En cualquier manzana hay diez oportunidades de inversión sin hacer. Lo difícil no es encontrar el negocio: es tener reglas claras por un tiempo suficiente para animarse a ejecutarlo.
¿Qué mensaje te gustaría dejar?
Argentina es sorprendente. Quien viene por primera vez no entiende cómo funciona, quien se va unos días encuentra un país distinto y quien vuelve después de 20 años ve que ciertas cosas siguen igual. Para emprender acá primero hay que entender esa lógica.
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Pero también somos uno de los países más sofisticados de la región. Nos animamos a hacer cosas, a probar, a crear. Tiramos ideas, compartimos, empujamos. Y cuando a los que nos rodean les empieza a ir bien, a nosotros también. Esa es la esencia: animarse a hacer, animarse a crear, animarse a pensar distinto.
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