
Hace 18 años comencé mi camino en el comercio exterior. Recuerdo que aún cursaba la carrera de Despachante de Aduanas cuando me llamaron para mi primera entrevista laboral. Estaba entusiasmado: por fin iba a trabajar de lo que estaba estudiando.
Empecé en el área de exportación, donde mi tarea consistía en imprimir documentación desde el sistema SAP y confeccionar certificados de origen. Con el tiempo, asumí mayores responsabilidades, especialmente en importaciones de materias primas para productos destinados a exportación. Pronto me tocó también ir a la aduana, presentar documentación y resolver casos complejos que requerían conocimiento técnico y criterio práctico.
En 2009 me gradué como Técnico en Comercio Exterior y Despachante de Aduanas y, desde entonces, enfrenté todas las transformaciones del sector: los LAPI, las DJAI, las SIMI, los SIRA y más recientemente, el SEDI. Cada etapa reflejó las complejidades del comercio exterior argentino.
El límite entre lo permitido y lo retenido
Hoy quiero centrarme en un tema muy concreto, pero cada vez más recurrente: las compras por internet y los envíos que terminan retenidos en la Aduana. ¿Por qué me parece importante hablar de esto? Porque cada vez que suena mi teléfono, una buena parte de las llamadas no proviene de clientes regulares, sino de personas desesperadas que no entienden por qué su paquete quedó varado. Algunos compraron productos por sitios del exterior; otros recibieron regalos enviados por familiares.
En muchos casos, creen que todo es tan simple como pagar con tarjeta, esperar unos días y recibir la compra en casa. Pero no es tan así. El desconocimiento de las normas genera frustraciones, gastos inesperados y, en ocasiones, la pérdida total de la mercadería.
Actualmente, el régimen de courier permite importar mercadería por hasta 3.000 dólares, con un peso máximo de 50 kg, en cantidades no superiores a tres unidades, que deben ser nuevas y sin intervención de organismos como ANMAT, INAL o IRAM, por citar algunos. Sin embargo, muchas personas no tienen idea de estas limitaciones.

Cuando la mercadería supera alguno de estos parámetros, la Aduana la retiene. Y ahí cambia todo: el courier ya no puede continuar con la gestión y delega la operación a un despachante de aduana externo. El comprador —que hasta entonces pensaba que todo estaba “resuelto”— debe ahora enfrentar un proceso formal de importación.
Eso incluye: retirar la documentación de embarque (como la guía aérea), otorgar un poder ante escribano o banco, pagar derechos de importación e impuestos internos, presentar declaraciones específicas en el Sistema María y, en algunos casos, conseguir un importador registrado si no cumple los requisitos para el despacho a su nombre.
¿El resultado? En muchos casos, los costos de nacionalizar la mercadería duplican o triplican el valor de la compra original. He visto personas que compraron un teléfono por 400 dólares y terminaron con una cuenta total de más de 900. Y en otros casos, simplemente no pudieron nacionalizar el producto y se vieron obligados a devolverlo.
El valor de saber antes de actuar
Como despachante, no me sorprende. Lo que sí me preocupa es que esto sigue ocurriendo todos los días. Y podría evitarse con una simple consulta previa. Mi propuesta es clara: si pensás hacer una compra en el exterior, especialmente si no es algo común como un libro o una remera, asesorate primero. Consultá con un despachante. No cuesta nada preguntar. Lo que cuesta —y mucho— es actuar sin información.
Porque, como suele decirse en este rubro, “todo se puede importar… la pregunta es: ¿a qué costo?”.
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