
“La cadena de suministro es la sangre del cuerpo: si algo falla, se contamina todo”, afirma Soledad. Desde su experiencia en supply chain para la industria tecnológica, comparte los desafíos de gestionar operaciones complejas, la importancia de trabajar con proveedores estratégicos y la necesidad de profesionalizar cada etapa para garantizar eficiencia, calidad y resiliencia.
¿Cuáles son los principales desafíos de liderar una cadena de suministro en una industria tan dinámica como la tecnológica?
Uno de los mayores desafíos es no perder nunca el foco en la seguridad y en la mitigación de riesgos. La operación tiene que estar cuidada de punta a punta. Eso implica trabajar con proveedores que funcionen como socios estratégicos, no simplemente como prestadores de servicios.
Tenemos que evitar cuellos de botella, desperdicios de tiempo o costos innecesarios. Buscamos ser rentables y eficientes, no solo eficaces. Para eso, es clave tener procesos flexibles, adaptarse todo el tiempo, pero sin perder el control. Y eso se logra con un equipo alineado, con una estrategia clara y foco en el cliente final.
Muchas veces no se toma conciencia de todo lo que implica una cadena de suministro. Es enorme y está llena de variables y, cuando algo falla, todo se nota.
Es mejor ser sinceros, realistas y hacer las cosas bien desde el inicio. Porque una entrega mal hecha puede arruinar la experiencia del cliente, aunque antes haya salido todo perfecto. Ese es el nivel de responsabilidad que tenemos. Cada decisión que tomamos en la cadena tiene un impacto directo en el negocio y en la percepción del cliente.
¿Cómo se adapta la cadena de suministro a los cambios en el comportamiento del consumidor?
Con información, análisis y una forma de trabajo que permita planificar, ejecutar, controlar y ajustar. Hay que detectar hacia dónde están yendo los cambios, y poner la energía ahí. A veces eso implica abrir nuevos canales, probar cosas nuevas. Pero si tenés procesos sólidos, podés incorporar o eliminar tareas sin afectar la experiencia del cliente.
La adaptabilidad empieza por la estructura. El cliente cambia todo el tiempo, y nosotros también tenemos que estar dispuestos a cambiar.

¿Qué caracteriza a un proveedor que funciona como socio estratégico?
Primero, tiene que entender qué es realmente dar un buen servicio. No se trata solo de entregar algo, sino de hacerlo con calidad, en tiempo y forma. Tiene que planificar, tener estructura, ser flexible, tener conciencia del riesgo y del cumplimiento normativo. Y también aportar ideas, mover el avispero, ayudarnos a ver que hay otras formas de hacer las cosas.
Un buen proveedor es el que crece con vos. Si uno gana, ganamos todos. El proveedor que se involucra en tu operación y aporta valor real, es el que termina marcando la diferencia.
¿Cómo impactan las regulaciones de comercio exterior en la estrategia de abastecimiento?
Te frenan. Te exigen parar, leer, analizar riesgos y armar escenarios nuevos. Cada resolución puede implicar un nuevo certificado o un cambio en los tiempos. No digo que no tengan que existir regulaciones, pero hay que leerlas bien y encontrar la forma de que no impacten negativamente en la operación.
El comercio exterior es así en todo el mundo, pero cuando cada cambio implica burocracia, ahí es donde se vuelve más desafiante. Y en esos casos, la capacidad de reacción del equipo es fundamental.
¿Cuál es el rol de la tecnología en ese proceso?
La tecnología te permite tener información en tiempo real, saber dónde está algo, cuándo llega y qué impacto tiene. No hay que tenerle miedo a las nuevas herramientas: inteligencia artificial, tableros, sistemas de gestión.
Hay que capacitar al equipo y usar las herramientas. La tecnología no solo acelera, también te hace más preciso. Hoy la diferencia entre estar bien o estar muy bien muchas veces la hace un buen sistema de información.
¿Qué cambios serían necesarios en el ecosistema logístico nacional para impulsar la competitividad?
Simplificar y digitalizar. Hay que eliminar trabas y cuellos de botella. Tener más información disponible y más transparencia. Si logramos eso, bajan los costos y sube la eficiencia. Hay avances, pero todavía estamos lejos.
El día que podamos operar con más confianza y menos controles innecesarios, vamos a estar mucho mejor. Hay que invertir en procesos, pero también en mentalidad de colaboración público-privada.
¿Cómo imaginás el futuro del supply chain en Argentina?
Lo veo fortaleciéndose. Incorporando tecnología, simplificando procesos, con más foco en el cliente. Hay que ganar eficiencia, bajar costos y aumentar la velocidad, si no hacemos eso, quedamos fuera de juego. Y también veo que estamos entendiendo que la cadena de suministro no es solo una parte del negocio: es la sangre del cuerpo. Si algo falla, se contamina todo.
Hay que cuidar cada eslabón, porque una sola falla puede arruinar todo el esfuerzo. El futuro depende de cuánto podamos profesionalizar cada etapa.
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