
Ana María Torres Ramírez, conocida como “La Guerrera” Torres, es un ícono del boxeo femenil en México, rompiendo barreras y abriendo camino para las futuras generaciones de pugilistas. Su legado es único, ya que es la única mujer en el mundo en haber ganado un Cinturón de Diamante del Consejo Mundial de Boxeo (WBC), además de ser la soberana mundial supermosca con más defensas exitosas en la historia de la división.
Su feroz estilo de combate la llevó a protagonizar duelos inolvidables contra rivales de la talla de Mariana “Barbie” Juárez y Jackie “Princesa Azteca” Nava, con quienes sostuvo épicas batallas que marcaron la historia del boxeo mexicano.
El ascenso de “La Guerrera”Torres no fue sencillo, pues comenzó su carrera en un contexto donde el boxeo femenil aún enfrentaba restricciones y prejuicios arraigados. Décadas antes, durante el mandato de Ernesto P. Uruchurtu, conocido como “El Regente de Hierro”, se había impuesto una prohibición que impedía a las mujeres obtener licencias para boxear profesionalmente en la Ciudad de México.
Aunque esta normativa se mantuvo vigente hasta 1999, la mentalidad conservadora que la originó persistió en la industria, dificultando el reconocimiento de las mujeres en el boxeo. Torres, sin embargo, desafió estos obstáculos con determinación, demostrando con cada combate que el talento y la disciplina no tienen género.

Un debut frente al machismo
El 3 de julio de 1999, Ana María Torres, con apenas 19 años, se encontraba ante su mayor desafío, su debut en la Arena Ciudad de México. Aquella noche no sólo enfrentaba a una rival de peso supermosca, María “La Barbie” Juárez, sino que también se enfrentaba contra espectadores reacios a brindarle el respeto que merecía como boxeadora.
Desde que pisó el cuadrilátero, la hostilidad fue palpable. “Lo más difícil de ese debut fue el público”, mencionó Ana María, quien aún guarda en su memoria las palabras de burla y desdén lanzadas desde las gradas. Los asistentes, en su mayoría hombres, no dudaron en insultar a las dos mujeres en el ring.
“Nos gritaban ‘Váyanse a lavar trastes. Váyanse a la cocina’. Esas frases duelen más que los golpes. Todavía las recuerdo”, reveló en una entrevista para La Jornada en 2024.
Aunque “La Guerrera” se encontraba decidida a dejar todo en el ring, la atmósfera en la Arena México era opresiva. La joven pugilista no quería ser la primera en subir al cuadrilátero. Ante la actitud burlona del público, prefería que otras peleadoras comenzaran antes que ella.
Sin embargo, un mánager le dijo algo que marcaría su vida, que todo estaba planeado y sería muy importante en el futuro, cuando reflexionara sobre ese momento. A pesar de sus dudas y la incomodidad que sentía, la joven boxeadora subió al ring, sin saber que esa noche no solo marcaría el inicio de su carrera, sino también un cambio en la historia del boxeo femenino en México.

La pelea del siglo
Ana María estaba lejos de saber que aquel debut, lleno de incertidumbres y desdén, se convertiría en un punto de inflexión para muchas mujeres en el deporte. Aquel día, todo era nuevo para ella. Incluso la manera en que le vendaron las manos, con tela adhesiva y gasas, le sorprendió.
“Nunca había visto que me las vendara de esa forma profesional”, contó. Pero más allá de la sorpresa técnica, lo que realmente le marcó fueron los comentarios despectivos. “Escuchaba las palabras de desprecio o de burla de los hombres. Y pensaba: ‘Carajo, no sé por qué me gritan si yo también me rompo la madre entrenando en el gimnasio. Hago lo mismo que mis compañeros y a ellos no les faltan al respeto’”. Y, con esa determinación, Ana María esperó a que sonara la primera campanada, aquella que iniciaría su viaje hacia el reconocimiento y la lucha por la igualdad en el deporte.
“Esa generación de pioneras hicimos que muchos se tragaran su palabras. Esas mismas que nos gritaron cuando debutamos se las tragaron. Ahora nos veían con respeto, porque salíamos a dar verdaderas batallas” recordó “La Guerra” Torres.

El muro de prejuicios
Hace 26 años, un grupo de mujeres enfrentaba un desafío histórico, derribar un muro de prejuicios que había prohibido el boxeo femenil. Con nerviosismo y cierta intimidad, se preparaban para ingresar a un terreno que había sido considerado exclusivamente masculino.
Enfrentaban no solo la hostilidad del público, sino también las estrictas normas que regían el deporte, que las mantenían fuera de los cuadriláteros. La noche del 3 de julio de 1999 marcó un hito, pues fue la primera vez que las mujeres lucharon como profesionales en la capital del país. Este logro fue posible gracias a la valentía de Laura Serrano, una tenaz boxeadora y abogada que asumió la lucha por la legalización del boxeo femenino como una cruzada personal.
“Era un reglamento que violaba la Constitución y un derecho humano fundamental: la libertad para ejercer una profesión”, comentó Serrano, recordando la barrera legal que enfrentaba el boxeo femenil en México.
El obstáculo jurídico no solo era la prohibición de licencias para las mujeres, sino también la carga ideológica que la respaldaba. Los directivos del pugilismo, aún dominados por una mentalidad machista, utilizaban supuestos estudios médicos que afirmaban que las mujeres podrían desarrollar cáncer o enfrentar problemas reproductivos a causa de los golpes en el ring. “Todo eso eran argumentos falsos. Nunca citaron un análisis serio que demostrara que las mujeres teníamos riesgo de cáncer por practicar boxeo. Todo era producto de sus prejuicios”, recuerda la ex pugilista, quien, armada con sus conocimientos en derecho, luchó contra esa idea errónea.
El esfuerzo de Serrano no fue solo un triunfo deportivo, sino una victoria jurídica y social. “No fue un triunfo solo mío, sino colectivo, más allá de lo deportivo, fue sobre todo una victoria jurídica y social; de género, porque fue de todas y para todas las mujeres”, subrayó en entrevista para La Jornada.
A lo largo de esa ardua batalla, Serrano se convirtió en un verdadero dolor de cabeza para aquellos hombres que no querían ver a mujeres en el cuadrilátero. “Nunca me lo perdonaron y buscaron siempre opacar mi carrera, incluso cuando ya era legal el boxeo femenil”, afirmó al recordar cómo su lucha por la igualdad en el deporte fue continuamente ignorada y minimizada. Sin embargo, a pesar de los obstáculos, su perseverancia permitió que una nueva era comenzara en el boxeo, abriendo las puertas a todas las mujeres que, como ella, soñaban con pelear profesionalmente.
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