
El trabajo es un espacio decisivo para entender qué, cuándo, dónde y con quién comen las personas. La desigualdad alimentaria, no se explica solo por el ingreso: las jornadas laborales, los traslados y la ausencia de pausas para comer son factores igual de determinantes.
Así lo explicó la investigadora Tiana Bakić Hayden, del Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales de El Colegio de México, en una conferencia difundida por UNAM Global el 22 de junio de 2026.
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Comer en el trabajo —frente a la pantalla, sin pausas o en condiciones inadecuadas— genera efectos documentados sobre la salud física, el rendimiento cognitivo y el riesgo de enfermedades crónicas. Organismos como la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins Bloomberg y la Academia de Nutrición y Dietética de Estados Unidos (AND) han medido esas consecuencias, mientras que especialistas en medicina laboral advierten que el problema va más allá del hábito individual.
Comer rápido y solo: efectos sobre el cuerpo

La falta de tiempo aparece como un hallazgo transversal en la investigación de Bakić Hayden. Comer rápido, comer solo o hacerlo sin un espacio adecuado no solo afecta la calidad de la alimentación: también produce cansancio, insatisfacción y pérdida de control sobre el propio cuerpo.
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Ese patrón genera un desfase en la vida cotidiana. Hay trabajadores que desayunan cuando otros duermen, comen cuando pueden y cenan tarde, o solo logran compartir alimentos con su familia una vez por semana.
A nivel fisiológico, las consecuencias se acumulan. Especialistas en medicina laboral citados por el diario Los Andes advierten que “un trabajador que no ha consumido los nutrientes necesarios es un trabajador con sus capacidades cognitivas y físicas disminuidas”.
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La fatiga, la falta de concentración y la reducción del tiempo de reacción son efectos directos de una nutrición deficiente, con impacto sobre la seguridad en tareas que implican maquinaria pesada o conducción.
Enfermedades crónicas y riesgo cardiovascular

La UCLA documentó que trabajar 55 horas o más por semana aumenta de forma significativa la probabilidad de obesidad. Cuando esa carga horaria se combina con una dieta de baja calidad nutricional, el riesgo se amplifica.
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“Las largas horas de trabajo y una dieta poco saludable son factores de riesgo independientes, pero su combinación agrava los resultados”, explicó el doctor Liwei Chen, jefe del Departamento de Epidemiología de la UCLA.
El efecto conjunto eleva tanto la prevalencia de enfermedades crónicas como la gravedad de sus complicaciones.
Entre las patologías más frecuentes en ese contexto, los especialistas en medicina laboral identifican diabetes, hipertensión, problemas cardiovasculares y hígado graso. Las personas con predisposición cardiovascular y jornadas prolongadas presentan mayor riesgo de mortalidad por causas cardíacas, especialmente en menores de 45 años con turnos irregulares.
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Comer frente a la pantalla: más calorías, menos saciedad

La AND reportó que 78% de los estadounidenses come en su escritorio al menos dos o tres veces por semana. Ese hábito tiene un efecto directo sobre cuánto se ingiere: quienes comen mientras trabajan no registran las señales internas de saciedad.
Investigadores de la Universidad de Bristol demostraron que las personas que no se concentran en comer durante la comida no solo ingieren más en ese momento, sino también más tarde en el día. El mecanismo es cognitivo: la memoria y la atención sobre lo que se come regulan el apetito posterior.
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Además, el escritorio representa un entorno sanitariamente adverso. Según datos de la AND, las superficies de trabajo acumulan 100 veces más bacterias que una mesa de cocina y 400 veces más que un inodoro. El virus de la influenza puede sobrevivir sobre esas superficies hasta 48 horas.
Lo que muestran los datos en otros países
El Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) publicó en 2026 un informe que cuantifica el problema entre trabajadores asalariados. El 61,1% se saltea comidas; el 78,5% opta por alimentos menos nutritivos por razones económicas; y el 22,6% directamente no come durante su jornada laboral.
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El 41,5% almuerza en su escritorio, incluso cuando la empresa cuenta con comedor. Cuando no hay infraestructura disponible, esa proporción sube al 53,1%.
Los efectos sobre el peso son medibles: entre quienes casi nunca hacen una pausa para comer, la obesidad los afecta casi el doble que a quienes sí la hacen —35,8% frente a 19,3%—. La investigadora responsable del informe, Ianina Tuñón, señaló que no tomar la pausa está vinculado a la autopercepción de salud y al exceso de peso.
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Qué recomiendan las instituciones de salud y académicas

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) documentó que un trabajador bien alimentado registra un incremento de hasta 20% en productividad, se ausenta menos por enfermedad y tiene menos accidentes laborales.
El Instituto Finlandés de Salud Ocupacional sostiene desde 1971 que los comedores de empresa bien organizados reducen accidentes y días de enfermedad, y contribuyen a la educación nutricional de los empleados.
La Escuela de Salud Pública Johns Hopkins Bloomberg recomienda que los empleadores garanticen acceso a opciones nutritivas. El doctor Adrian Loerbroks, investigador alemán participante en el proyecto de la UCLA, destaca la necesidad de establecer esquemas laborales con pausas adecuadas para el descanso y la alimentación.
A nivel organizacional, los especialistas en medicina laboral proponen: diagnóstico nutricional de los empleados, programas de educación, infraestructura básica —heladera, microondas, espacios destinados a comer— y esquemas de apoyo económico como tarjetas prepago para alimentos. El informe de la UCA concluye que “la comida en el trabajo no debería ser un beneficio discrecional, sino una inversión estratégica en salud, equidad y productividad”.
A nivel individual, las recomendaciones coinciden: planificar las comidas con anticipación, evitar pantallas durante la ingesta, hidratarse con agua en lugar de bebidas azucaradas, priorizar alimentos frescos y, cuando sea posible, comer en compañía. Investigaciones citadas por la Oficina de Servicios de Investigación de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos sugieren que comer junto a otros mejora la productividad y la cooperación en el trabajo.
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