¿Comer con dignidad es un privilegio? El trabajo redefine los hábitos alimenticios en las grandes ciudades

Los productos callejeros y las fondas se han convertido en infraestructuras esenciales para sostener la vida laboral urbana

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Albañiles con cascos comiendo, trabajadora doméstica en cocina, barrendero en banqueta, transportista en vehículo, puestos de comida con cocineras, sacos de cemento.
Trabajadores urbanos de diversos oficios almuerzan en la calle, en una obra, en una cocina doméstica y dentro de un vehículo, mientras otros venden comida en puestos ambulantes. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Durante décadas, la alimentación se ha analizado principalmente desde el entorno doméstico: quién compra, quién cocina y cómo se reparten la comida en la familia. Sin embargo, en grandes ciudades como la capital del país, donde millones de personas pasan la mayor parte del día fuera de casa, el trabajo emerge como un espacio clave para comprender qué, cuándo y cómo se come, así como las nuevas formas de organizar la vida cotidiana, de acuerdo con la UNAM.

En la conferencia “Comer trabajando: repensar la alimentación a partir de los mundos laborales”, la investigadora Tiana Bakić Hayden, del Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales de El Colegio de México, propuso un giro en la mirada tradicional sobre los hábitos alimentarios. Su enfoque plantea que para entender las desigualdades es necesario observar no solo el ingreso económico, sino también las rutinas, los horarios, la movilidad y las condiciones laborales que definen el día a día de los empleados.

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Bakić Hayden señaló que el trabajo no solo determina los recursos disponibles para alimentarse, sino que modela el tiempo, las relaciones sociales y las posibilidades reales de comer con dignidad. Así, este tipo de prácticas se ven atravesadas por factores como los traslados, la informalidad y las dinámicas propias de cada oficio.

El trabajo como organizador de la alimentación fuera del hogar

La experta advirtió que las encuestas y muchos estudios suelen centrarse en el hogar como unidad de análisis, lo que puede ocultar diferencias internas cruciales. En una misma familia pueden convivir personas con rutinas alimentarias muy distintas: un trabajador que está fuera doce horas diarias, una empleada doméstica que come en casa de sus patrones o niños que se alimentan en la escuela o en la calle.

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La investigación cualitativa Hayden, basada en entrevistas y observación, se enfocó en grupos de trabajadores de bajos ingresos como albañiles, trabajadoras del hogar, barrenderos, transportistas y cargadores. Cada grupo desarrolla estrategias distintas para comer durante la jornada. Por ejemplo, los primeros suelen organizar una pausa colectiva para comer juntos en el lugar de trabajo, compartiendo su comida traída de casa o comprados cerca. En contraste, las trabajadoras domésticas enfrentan restricciones sobre qué y cuándo pueden comer, y muchas veces consumen solo lo que les permiten o sobras.

Reloj con manecillas de cuchara y tenedor, sus números son alimentos (taco, fruta, café, tamal, pan, guiso). Personas comen o miran el reloj.
La ilustración conceptual muestra la relación de trabajadores urbanos con el tiempo y las comidas a lo largo del día, con un gran reloj cuyos números son alimentos y figuras que observan la hora. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En el caso de los empleados de limpieza pública, depende de la infraestructura urbana: comen en la calle, en fondas o puestos ambulantes, pero no siempre encuentran condiciones adecuadas o son objeto de miradas incómodas. Los transportistas, con jornadas de hasta dieciséis horas, enfrentan la imposibilidad de establecer horarios fijos y deben resolver el hambre como pueden, a menudo de forma apresurada y solitaria.

Tiempo, informalidad y redes de cuidado en la vida alimentaria urbana

Un hallazgo del estudio es la falta de tiempo para ingerir los alimentos. El verbo “apurarse” se repite en los relatos: hay que comer rápido para volver al trabajo, para no incomodar al jefe, para continuar con los traslados o para aprovechar la jornada laboral.

Comer rápido y en soledad no solo afecta la calidad nutricional, sino que genera insatisfacción, fatiga y una percepción de pérdida de control sobre el propio cuerpo.

Los productos callejeros y las fondas se han convertido en infraestructuras esenciales para sostener la vida laboral urbana. Aunque suelen ser vistas con desconfianza por motivos de higiene, para miles de trabajadores son la única opción real para alimentarse fuera de casa. A través de estos espacios, se tejen redes de confianza y familiaridad entre vendedores, cocineras y clientes habituales, lo que aporta reconocimiento y sentido de pertenencia.

La investigación destaca el papel central de las mujeres en el sostenimiento de la cocina, tanto en el hogar como en el espacio público. Madres, abuelas, cocineras y vendedoras permiten que los trabajadores puedan comer durante sus jornadas, muchas veces en condiciones adversas.

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