
México se ubica como el tercer generador de basura electrónica en América, solo detrás de Estados Unidos y Brasil, con aproximadamente 1.5 millones de toneladas de residuos eléctricos y electrónicos al año.
Esta cifra refleja el acelerado ritmo de consumo, el volumen de aparatos electrónicos que se desechan y la baja tasa de reciclaje formal, lo que deriva en amplios riesgos ambientales y para la salud, advirtió Constantino Gutiérrez Palacios, académico de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, en declaraciones para UNAM Global.
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El consumo acelerado y el reciclaje insuficiente impulsan el problema

La vida útil de los aparatos eléctricos y electrónicos disminuye por la obsolescencia y una cultura de reemplazo rápido. Esto, sumado a la limitada cobertura de sistemas formales de reciclaje y al predominio del sector informal, resulta en que 40 a 60% de los residuos termine sin tratamiento adecuado.
De este flujo, el sector informal recupera metales como aluminio y hierro, lo que representa entre 20 y 30% adicional de la basura electrónica manejada sin registro oficial, lo que implica riesgos ambientales graves.
Los grandes electrodomésticos como refrigeradores y lavadoras representan 40 a 50% del volumen total de residuos. Los electrónicos de consumo, como televisores y equipos de audio, aportan 20 a 25%; la informática y telecomunicaciones, entre 15 y 20%; y otros aparatos, entre 5 y 10%.
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Sustancias tóxicas y riesgos para la salud por la basura electrónica

Los residuos eléctricos y electrónicos contienen plomo, mercurio, cadmio, cromo hexavalente y arsénico entre sus componentes. Estos metales, presentes en soldaduras, baterías y recubrimientos, producen efectos adversos en el sistema nervioso y pueden ser cancerígenos, de acuerdo con la SEMARNAT, el INECC y el Convenio de Basilea.
Las baterías contienen litio, níquel, cobalto y ácido sulfúrico, sustancias capaces de provocar incendios y contaminar el suelo y el agua si no se manejan correctamente. Otros compuestos, como los retardantes de flama bromados y los bifenilos policlorados (PCB), emiten dioxinas y furanos al quemarse, lo que los vuelve altamente persistentes y peligrosos para la población y la fauna.
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Cuando un celular o cualquier aparato se desecha en tiraderos comunes, sus componentes liberan sustancias tóxicas que afectan la fertilidad del suelo y la microbiota, además de migrar a cuerpos de agua por lixiviados. Según UNAM Global, cadmio y plomo pueden permanecer décadas en el ambiente, acumularse en peces y trasladarse a la cadena alimentaria humana.
La quema de residuos para recuperar metales incrementa la contaminación atmosférica. Las comunidades cercanas padecen problemas respiratorios y se enfrentan a un mayor riesgo de cáncer a largo plazo. Además, el manejo inadecuado de baterías de litio puede provocar incendios persistentes en tiraderos, lo que agrava la emisión de gases de efecto invernadero y supone riesgo directo tanto para quienes recolectan estos residuos como para la fauna.
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Reparar antes de desechar puede prolongar la vida de los aparatos hasta 10 años

La reparación de aparatos eléctricos y electrónicos representa una alternativa técnica, económica y ambientalmente viable. Muchos equipos pueden tener una vida útil extendida entre tres y diez años si se reemplazan componentes específicos, como motores, tarjetas electrónicas, pantallas o baterías.
El costo de la reparación es conveniente si no rebasa el 50% del valor del equipo nuevo. Esta práctica reduce la extracción de minerales críticos y las emisiones industriales. Los principales obstáculos son la obsolescencia programada, el diseño no reparable, la carencia de refacciones y la falta de acceso a información técnica.
El potencial de recuperación depende del tipo de aparato y la tecnología empleada. En sistemas formales avanzados, se puede recuperar entre 70 y 90% del peso de los equipos. En grandes electrodomésticos la tasa sube hasta 95%. Las computadoras alcanzan entre 75 y 85%, televisores LCD o LED entre 70 y 85%, y teléfonos celulares entre 70 y 80%.
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Barrios ubicados en la zona metropolitana del Valle de México, así como en ciudades como Guadalajara, Monterrey, Tijuana y Ciudad Juárez, presentan actividad informal de reciclaje. El desensamble manual y la quema de cables ocurren sin protección, lo que expone a recolectores a gases y metales pesados. En algunas ciudades fronterizas también se registra la importación ilegal de electrónicos usados y la manipulación inadecuada de materiales no valiosos.
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