El debut del español Xavi Puig: una reflexión sobre el feminismo, la soledad, el ego y la locura

“La mejor persona”, la primera obra del autor catalán con la que la crítica en España está delirando

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“La mejor persona", de Xavi
“La mejor persona", de Xavi Puig

Es un inadaptado, un tipo sensible y, pese a todo, leal. La sociedad se ha esmerado en hacerlo a un lado y nadie lo reconoce, hasta que un día un ataque de ira hace que se fijen en él. De repente, ahora es una mujer quien lo ve. Su nombre es Natalya. Gracias a ella, Antonio Camuñas podrá empezar a reconocerse a sí mismo, a recuperar su autoestima, y le dará rienda suelta a sus pensamientos más íntimos.

Durante las sesiones de terapia con la doctora Toro, siente la necesidad de aplicar sagradamente cada cosa que ella le recomienda, apuntarse en un gimnasio, adoptar un gato... Ni él, ni la doctora, y mucho menos Natalya, sospechan que estos actos cotidianos, en apariencia, harán que Antonio sea cómplice de un oscuro episodio que lo alterará todo en su vida.

El escritor español Xavi Puig ha creado un personaje perturbador, bien lo ha dicho la también escritora Elvira Lindo. “Con una hondura aligerada por la ironía, traza un perspicaz relato sobre uno de esos seres a los que el sistema deja fuera de juego”, apunta.

(Esquire).
(Esquire).

La primera novela de Xavi Puig es uno de esos libros que se leen vertiginosamente en un fin de semana y se quedan en la mente del lector por mucho tiempo. La editorial afirma que se trata de la novela más adictiva e incómoda que cualquiera podrá leer este año.

Marta Sanz, la autora de Clavícula y otros títulos, ha comentado que la novela de Puig le ha recordado esa mezcla de ternura y patetismo de los personajes de Rafael Azcona. “Su voz, vulnerable y divertida”, señala, “es la de un titán de tebeo”. Lo que ha conseguido el autor catalán en estas páginas es pura inteligencia. “Rebosa humor, ternura, descaro y lucidez”, dice Juan Manuel Gil, autor de La flor del rayo. “No solo es un libro, también es un hechizo maravilloso”.

Son cerca de 240 páginas las que componen este debut, la mejor novela que leeremos en este año, según Manuel Bartual, el guionista y dibujante español.

“La mejor persona", de Xavi
“La mejor persona", de Xavi Puig

Al interior de La mejor persona nos encontraremos, no solo con una trama que es sugestiva e intrigante, también con una reflexión profunda en torno a temas como el feminismo, la soledad, la competitividad, la salud mental, el racismo, los ansiolíticos, el ego y la locura, entre otros. Lo que Puig consigue aquí es llevar a los lectores al abismo profundo de la mente de su personaje, Antonio Camuñas.

Esta reflexión que toma forma a través de la ficción, conduce a los lectores a repensar la manera en que empatizamos con la gente, con aquellos individuos que carecen de los recursos emocionales y habilidades sociales que otros dan por sentados, a menudo llevándolos a parecer tensos o nerviosos, lo que, lamentablemente, a menudo conduce al rechazo por parte de la sociedad.

En La mejor persona, la historia se desencadena a raíz de un explosivo ataque de ira del protagonista. La reacción de la gente consiste en etiquetarlo, lo que subraya la tendencia humana a temer y juzgar lo que se aleja de la norma.

El escritor catalán ha escrito
El escritor catalán ha escrito la que, para muchos, es la mejor novela del año. (El País).

En la línea de libros como Una persona perfecta, de Jaime Arracó, o Las muertes chiquitas, de Margarita Posada, esta novela de Puig aborda el tema de la salud mental de manera magistral, explorando cada uno de sus matices. Con un tono que engancha e incomoda al mismo tiempo, el autor nos brinda aquí una mezcla de sarcasmo, inocencia, rabia contenida y altas dosis de reflexión.

El mayor acierto aquí no es tanto la historia, sino el personaje que la encarna. Sin Antonio, no estaríamos hablando de La mejor persona, y por ello tampoco de Puig.

Este personaje multifacético, que oscila entre extremos, como apunta una reseña publicada por La Sexta, se ve realzado por una estructura narrativa ágil y original, basada en correos electrónicos sin respuesta, que mantiene a los lectores inmersos en la trama y crea un universo intrigante.

Xavi Puig se ha puesto el listón bastante alto con este primer trabajo suyo como novelista. Tras veinte años escribiendo comedia, haciendo guiones para televisión y radio, colaborando con la prensa escrita, tanto digital como impresa, ha entrado por la puerta grande de la literatura española contemporánea, y es muy probable que la deje abierta, porque el horizonte es más que prometedor para él.

Así empieza “La mejor persona”

RE:

Natalya:

Me preguntas cómo estoy y sé que podría salir del paso diciéndote que bien, pero sería mentira. Me niego a despacharte con fórmulas vagas o protocolarias, a cambiar de tema y seguir como si nada. Yo también busco «una persona buena», pero no para una relación frívola y superficial. No estoy acostumbrado a despertar el interés de otros y quiero aferrarme a esa oportunidad que tú me brindas para corresponderte con algo limpio y auténtico. Sé que suena cursi, pero tengo esa ambición, la ambición de una amistad «dulce y tierna», pero también profunda, y ojalá estés por la labor. He decidido mostrarte, pues, mis cartas, así que tomo tu pregunta como una excusa para abrirme a ti como no me he abierto aún a nadie.

¿Cómo estoy? Deja que me ayude con una analogía: me encuentro orinando de pie en el retrete de un bar; de repente, se apaga la luz y me quedo a ciegas en un cubículo apestoso, pisando un charco y con los pantalones por los tobillos. Palpo la pared con una mano mientras agito la otra esperando que se active el sensor de movimiento, pero nada. Empiezo a sospechar que ese sensor no existe o, al menos, no funciona. Por algún motivo, quizá por los nervios, no encuentro el pomo de la puerta. Me subo los pantalones, dando ridículos saltos, y empujo la puerta con la espalda, pero nada se mueve. Pasan los minutos y mis ojos siguen sin acostumbrarse a la oscuridad. Me asalta entonces una convicción absurda: se ha ido la luz en todas partes. Se ha ido la luz en el mundo. Tengo la sensación de que no existe nada fuera de ese metro cuadrado en el que me he quedado atrapado y que es y será para siempre mi ataúd. Ya no recuerdo cuándo se apagó la luz en mi vida, si es que hubo luz alguna vez. Hace quince años entré a trabajar de grabador de datos en Jenkins & Co. y en sus oficinas sigo aún encerrado como el primer día. Me siento solo y ninguneado, todo me pesa y no puedo moverme para escapar, pues me paraliza una ceguera emocional que ya es parte de mi personalidad. No conecto con nadie y hago el ridículo una y otra vez en mis tentativas de interactuar con otros.

El mes pasado, mi jefa organizó una actividad de team building que consistía en una visita a un campo de paintball. El principal germen del mal ambiente laboral es, creo yo, la competitividad, porque lleva al individualismo, al recelo, al miedo a ser aplastado. Y para que haya buen rollo proponen que nos acribillemos unos a otros con bolas de pintura. De verdad que no lo entiendo, me parece abominable, pero no pude negarme a ir porque lo último que necesito es aislarme aún más. Así que fui y, una vez allí, en pleno combate, no sé qué me pasó por la cabeza que me puse a disparar a los miembros de mi propio equipo como si me hubiera vuelto loco.

Gritaba con rabia, como poseído. Vacié el cargador en sus máscaras protectoras, apuntando a aquellos ojos como platos escondidos tras una fina lámina de plástico, ojos de conejo aturdido en mitad de una autopista. Me sentí como se sentiría Jackson Pollock (es un pintor) frente a una tela en blanco. Fui expulsado de la partida y me quedé sentado bajo un pino comiéndome un bocadillo de mortadela. ¿Por qué lo hice? Una forma de rebeldía, supongo. Y una muestra más de lo que te digo: no sé socializar.

El lunes siguiente me citó mi jefa en su despacho y me preguntó si estaba yendo a terapia, sugiriendo que debería ir. Con su bolígrafo de la empresa, apuntó un número de teléfono en un papel que lucía también el membrete de la compañía. La sugerencia era una orden, así que llevo varias semanas yendo a esa psicóloga.

Debo admitir que la doctora Toro parece una buena profesional porque no me pasa una. Es insistente, me hace trabajar la cabeza. Lo primero que me pidió fue que le hablara de mi infancia y de mis padres, cosa que yo pensaba que solo ocurría en las películas, que era un tópico. Pero no lo es. Y no negaré que mi infancia es un filón: empiezas a excavar en esa veta y no acabas nunca, aunque es cierto que encuentras de todo menos oro; mierda, la que quieras. Reconozco que se me da bien crear suspense, porque le dije: «Debería empezar contando cómo mi madre envenenó a mi padre». Ella se tensó al instante, como un hincha a punto de gritar un gol. Igual ha sido también tu reacción (no sé si sigues leyendo, discúlpame si me estoy alargando demasiado). El enunciado es un poco tramposo, no es que mi madre fuera una asesina. Se casó con una persona que en la convivencia diaria mostró su faceta iracunda, camuflada de manera conveniente durante el noviazgo. La mayor parte del tiempo era un individuo intratable, aunque en algunas ocasiones, movido por la culpabilidad, intentara compensarlo con regalos o invitaciones al cine. Imagino que por una cuestión de supervivencia, y porque a la pobre no se le ocurrió nada mejor que hacer, mi madre empezó a disolver pastillas en el café que le preparaba por las mañanas: calmantes que le facilitaba la farmacéutica del barrio, de quien siempre sospeché, aunque sin ninguna prueba (mi madre se quejaba constantemente de mi padre a quien tuviera a bien escucharla). Lo de las pastillas en el café lo supe años antes de que ocurriera el accidente y, a pesar de que mi padre murió sin enterarse, mi mayor miedo hasta entonces era que sorprendiera a mi madre con los calmantes en la mano y se liara una buena. Los escondía dentro de un bote de orégano, al fondo de un armario de la cocina. Yo sí la sorprendí con las manos en la masa. Tenía apenas doce años. Siempre he tenido fama de ser sigiloso. Muchas veces asustaba, sin pretenderlo, a mi hermana o a mi madre porque no me veían llegar y, como solía andar descalzo por la casa, tampoco oían mis pasos. «Eres como un gato», me decían. Ese día me había levantado de la cama a una hora inusual, alrededor de las seis de la mañana, y me planté en la cocina medio dormido. Ella se encontraba de espaldas a la puerta, en plena operación, confiada porque mi padre se estaba duchando. La observé callado y vi claramente cómo sacaba una pastilla de un bote del armario de las especias y la dejaba caer en la taza de café, la que siempre usaba mi padre, una con un escudo gastado del Real Madrid. Yo no sabía entonces que eran calmantes, pero comprendí que aquello no estaba bien, así que me fui antes de que me viera. Nunca le confesé que la había visto, y eso que siempre me intrigó aquel comportamiento. En más de una ocasión fantaseé con añadir una de aquellas pastillas a mi taza del ColaCao para ver qué me pasaba, si me crecía pelo en el pecho o barba como a mi padre. Guardé el secreto para protegerla, pues yo siempre estuve de su parte. Tenía muy claro quién era la víctima y quién el agresor en aquella casa, por mucho que yo respetara a mi padre. Al decir esto, la psicóloga me hizo algunas preguntas y la conversación (o, mejor dicho, el monólogo) se desvió un poco para acabar con la reflexión de que a lo largo de mi vida he sentido siempre una atracción malsana por la gente peligrosa. Cuanto más miedo me dan las personas, más las idolatro, y eso es algo que me afeaban tanto mi madre como mi hermana cuando tenía problemas en el colegio, que era casi siempre. Aunque la postura de la doctora es en teoría neutral, me quedó claro que ella culpa de esa tendencia a mi padre. Y ahí terminó la primera sesión.

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