
En abril de este año, Apple TV+ compartió las primeras imágenes de la nueva producción protagonizada por la actriz Brie Larson, una serie en la que la intérprete de Capitana Marvel encarna a una madre soltera, química de formación, que protagoniza un programa de cocina en la televisión estadounidense.
La gente la ve como la mujer que sabe cocinar y combina con buen tino cada ingrediente que se le pone en frente. A medida que su éxito va aumentando se hace de un buen número de seguidores, pero también los detractores empiezan a aparecer. Para muchos, ella es una representación de la revolución femenina, pues no solo enseña a cocinar, sino también a desafiar el orden establecido en sus hogares.
La serie, que llegará al streaming en octubre, se basa en la novela homónima de la escritora Bonnie Garmus, publicada en español por el grupo editorial Penguin Random House, bajo su sello Salamandra, que en su idioma original ya ha conquistado a lectores de distintas partes del mundo.

La protagonista de esta historia es Elizabeth Zott, un personaje entrañable que, según Press Asociation, no abunda mucho en la literatura. Una mujer en la que la autora se apoya para ilustrar con precisión la lucha feminista. Según la crítica especializada, un ejemplo de resiliencia, ímpetu y arrojo, que la convierten en un símbolo de la lucha por la igualdad de género en una época en la que las mujeres a menudo se veían relegadas a roles tradicionales.
Acompañando a Elizabeth en su viaje, la encontramos a su hija Mad, su vecina Harriet y su antigua rival Frask. Y con el correr de las páginas, llegan también los hombres. La ex pareja de Elizabeth, Calvin Evans, un ganador del Nobel, Mason, que es obstetra, Walter, el productor televisivo y el reverendo Wakely. Incluso un perro llamado Seisymedia.
El éxito de la novela ha sido tal que ya ha sido traducida a cuarenta idiomas y ha permanecido en la lista de libros más vendidos del New York Times durante cuarenta y tres semanas.

La adaptación a streaming ha generado gran expectación entre los lectores de Garmus, que ya ha expresado su emoción por ver su obra debut en la pantalla. Su historia sobre una mujer que busca comprender el mundo a nivel molecular y lucha contra las restricciones impuestas por la sociedad ha resonado en todo el mundo.
La serie cuenta con un elenco de actores talentosos y un equipo de producción de primer nivel. Lewis Pullman (Top Gun: Maverick), Aja Naomi King (How to Get Away with Murder), Stephanie Koenig (The Offer) y Thomas Mann (Winning Time: The Rise of the Lakers Dynasty) son algunos de los nombres que hacen parte del cast.
Sobre la autora: Bonnie Garmus

♦ Es directora creativa y ha trabajado en los sectores médico, educativo y tecnológico.
♦ Aclamada unánimemente por la crítica y el público, Lecciones de química, su ópera prima, se ha traducido a varios idiomas y se convertirá en una serie de Apple TV+ con Brie Larson en el papel de Elizabeth Zott.
♦ Nacida en California, Bonnie Garmus reside en la actualidad en Londres con su marido y su perro 99.
“Lecciones de química”, fragmento
Allá por 1961, cuando las mujeres lucían vestidos camiseros, asistían a clubs de jardinería y transportaban a legiones de niños en automóviles desprovistos de cinturón de seguridad sin pensárselo dos veces, cuando nadie sabía siquiera los movimientos sociales que traería consigo la década de los sesenta, y menos aún que sus integrantes dedicarían los sesenta años siguientes a relatarlos, cuando las grandes guerras ya quedaban atrás y las clandestinas acababan de iniciarse y el mundo empezaba a pensar de otra manera y a creer que todo era posible, la treintañera madre de Madeline Zott se levantaba cada día al rayar el alba con una sola certeza: su vida había terminado.
Pese a todo, cada mañana se abría paso hasta el laboratorio para prepararle la fiambrera a su hija.
«Carburante para el cerebro», escribió en un papelito antes de encajarlo dentro de la fiambrera de la niña. Luego se detuvo un instante, con el lápiz suspendido en el aire, como reflexionando. «Participa en los deportes durante el recreo, pero no dejes que los niños ganen porque sí», anotó en otro papel. «No son imaginaciones tuyas: la mayoría de la gente es horrible». Colocó las dos últimas notas en lo alto.
En la primera infancia la mayoría de los niños aún no han aprendido a leer, si acaso alguna palabra aislada como «mamá» o «casa». Madeline, sin embargo, leía desde los tres años, y ahora, cumplidos los cinco, ya había despachado casi toda la obra de Dickens.
Madeline era esa clase de niña; una niña capaz de tararear un concierto de Bach, pero incapaz de atarse los cordones de los zapatos; una niña que podía explicarte la rotación de la tierra y sin embargo tenía dificultades para jugar al tres en raya. Ahí estaba el problema, porque si bien a los niños superdotados para la música siempre se los celebra, a los lectores precoces, no. Y por la sencilla razón de que si destacan es gracias a una habilidad que los demás terminan desarrollando más adelante. Su precocidad no se considera especial, sino molesta sin más.
Madeline era consciente de su diferencia. De ahí que cada mañana, después de que su madre saliera de casa dejándola al cuidado de su vecina, Harriet, y mientras ésta estaba atareada en sus cosas, se preocupaba de sacar aquellas notas de la fiambrera y, tras haberlas leído, las ponía a buen recaudo junto con las demás, que guardaba dentro de una caja de zapatos escondida en el fondo de su armario. Después, en el colegio, fingía ser como los demás niños; es decir, prácticamente analfabeta. Para Madeline lo más importante del mundo era encajar. Había aprendido la irrefutable lección gracias a su madre, que nunca había encajado y así le había ido en la vida.
En Commons, una población del sur de California donde solía hacer calor, pero no en exceso, donde el cielo solía estar despejado pero no en exceso, y el aire era limpio, por la sencilla razón de que en aquellos tiempos el aire siempre era limpio, Madeline, acostada en la cama con los ojos cerrados, esperaba. Sabía que el tierno beso en la frente no tardaría en llegar, que luego la arroparían con mimo y murmurarían «carpe diem» a su oído. Un minuto después oiría el motor del coche al arrancar y el crujido de los neumáticos sobre la grava, mientras el Plymouth reculaba por el caminillo de entrada al garaje, seguido del chirrido de la caja de cambios al meter la primera. Luego su madre, que no salía de su decaimiento, se encaminaría hacia el estudio de televisión, donde se pondría el delantal y saldría a un plató.
El programa se llamaba Cena a las seis, y Elizabeth Zott era su estrella indiscutible.
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