
Jorge Leonidas Escudero nació en la provincia de San Juan en 1920. Realizó estudios de Agronomía, pero dejó la universidad para dedicarse a la minería en la cordillera sanjuanina. Dicen que en San Juan es común que los hombres se internen en la montaña en busca de oro. Y que también es común que no lo encuentren. Sin embargo, Escudero lo encontró: dueño de una muy pequeña mina de oro, la perdió en el juego, otra de sus pasiones.
Lo conocí en un viaje que hicimos con Javier Cófreces a San Juan en ocasión de la publicación de su Poesía completa. Como no podía ser menos, en un signo de su hospitalidad nos invitó a comer a su casa y luego al casino. Fue la primera y única vez que pisé ese suelo donde perdieron su fortuna muchos hombres y mujeres, y donde el poeta pasó una parte de su vida.
Escudero comenzó a publicar a los cincuenta años en una edición de autor: La raíz en la roca. Su poesía es sumamente personal pues recrea el habla de su pueblo. El paisaje se vuelve entonces reconocible —universal— por irradiación de sus particularidades. Y entre ellas, sin duda, resplandece la humanidad de sus personajes, que, sin ellos, sin su mirada y su voz, el paisaje sería no tendría vida. El poeta anima las montañas, les da a sus animales un aura divina y encarna a sus personajes con un halo de piedad y una sonrisa.
Escudero halla en la lengua el oro que le niegan las montañas. La búsqueda de oro se trasmuta en la de la palabra justa. En la palabra encuentra la voz de su gente. Y en la voz de su gente halla la propia.
Los dos primeros poemas que presentamos aquí son de su primer libro, La raíz en la roca, de 1970. Los dos siguientes, de un libro muy posterior, Endeveras, de 2004.
En Guanaco relincho, rebautizado luego como El relincho, la caza de un guanaco despierta en el poeta una identificación con el paisaje de su provincia. El animal que va a morir se transforma, en una sublimación de su inocencia, en la montaña que lo alberga. El guanaco es la tierra que lo alimenta y el polvo en que se va a convertir.

Minero Riquelme retrata a cualquier buscador de oro de la provincia y, por ende, es también un espejo donde el poeta ve una vida que podría haberle tocado: un hombre común, con todas sus miserias y sus penas de amor que muere solo en un bar con un vaso de vino a medio beber en la mano.
En Amigo íntimo, un hombre que ha perdido a su gato, espera su regreso angustiosamente. Confunde el ruido de una persiana que el viento mueve con el llamado de su mascota. Y en el error comprobado, observa en un espejo su desilusión.
Meícos y dijuntos es un poema que muestra claramente la apropiación que Escudero hace de la lengua cotidiana de su ambiente y una reflexión acerca de la vida y de sus alargamientos artificiales.
Guanaco relincho (rebautizado El relincho)
Paró pata en la cumbre reinadora
y miró por el tiempo de sus hembras;
copó al viento, le puso contraseñas
y lo volcó en las cuestas azulinas.
De cogote cruzado con las nubes estuvo,
antojo de ser luz, pegado al cielo.
Corazón de algo grande parecía
diminuto en la mano de una peña.
Del alto nacedero de sus ojos, la nieve
colgaba derritiéndose para formar los ríos;
los pastos amarillos colgaban de su pecho
saltando las quebradas rumbo a las vegas verdes.
Y enhorquetó de pronto un eco en las orejas:
entre los farallones la piedrita movida.
Dio una vuelta en redondo, avizoró de frente
y así entró por el ojo de la carabina.
Lanzó un relincho azul, morado y negro;
le chispeó en el codillo abierta rosa;
sorprendido en secretos con su ángel
entró al revolcadero de la sombra.
Huyeron las guanacas por las crestas;
hilaron con su lana los abismos;
y la cumbre quedó sin corazón arriba,
como un grito en la nada, sólo piedra.
De La raíz en la roca (1970)
Minero Riquelme
El bar de La Alcaparrosa
y un largo llanto en la puerta.
En estas piedras el río
¡qué va a decir otra cosa!
Vistas a la cordillera
el bar de La Alcaparrosa.
Riquelme entra.
Le dan un valle remoto
adentro de una botella,
la sombra de una mujer
copada por agrio tiempo.
Joven se hizo minero
y andando el mundo adelante
se vino como ha venido,
solo en caballos de piedra.
Metido en las alumbreras
se le rajaron las manos;
craneando volver al pago
se le hizo arrugas la frente.
Por tanto amor que le deben
trae unos vales ahí, para vino.
Con tanta dicha que espera
él sigue como dormido.
Él vive a cuerpo de sombra
mientras arriba
el oro claveteado aflora en primavera
sobre los yuyos,
los arroyos dan vetas de alfalfa malaquita
y el cielo entre sulfuros atardece de cobre.
Y apura un vaso el minero.
Se estira como un gusano
para formar mariposa.
Pone los ojos en blanco
rumbo a la noche de adentro
y un golpe de tos lo encoge sobre la mesa.
Tanto golpear en la cuña
tendrá que abrirse la vida, Riquelme.
Hay un caballo blanco esperándote.
El agua subterránea sacará un espejo
donde tu cara charqui
reencontrará el asombro y la sonrisa.
En un profundo derrumbe
del bar de La Alcaparrosa
está Riquelme apretado
y afuera el río lo llora.
De La raíz en la roca (1970)

Amigo íntimo
Era noche de viento anoche cuando
desvelado oí al gato amigo, el perdido,
llamándome.
Su quejumbre apagada oí e el impulso
tuve de abrir todas las puertas a recibirlo.
Veinte días ya,
y si no lo mató un pero viene ahí.
Salté de la cama y corrí a la ventana
ver si lo veía y hacerlo entrar,
acariciarlo, darle comida. Sucio, flaco
estaría después e tanta ausencia.
Entonces otra vez oí el llamado;
pero me di cuenta no era el gato,
era una persiana que con el viento hacía
tal quejumbre.
Cerré la ventana.
Fui a mirarme al espejo ver qué cara
le queda a uno después de desilusionarse.
Y en esas vecindades de viento engañador
y ladridos nocturnos
volví a la cama a no poder dormir. Acaso
¿esto es mucho decir sobre la ausencia de un gato?
De Endeveras (2004)
Méicos y dijuntos
Apártense del moribundo,
déjenlo quietito ahí no obstruyan,
sáquenle los entubamientos para que exhale
el alma hacia donde no se sabe.
Y los parientes no han de justificarse
como que hicieron todo lo posible. Salgan,
váyanse a donde no estorben.
Por lo único en los méicos basarse
es cuando un dolor apura y entonces
yo agradecido doctor pago pero
no es el caso e un viejo en la última
y cuando el calendario no permite alargue.
Es que buscar seguir viviendo es lógico
porque ¿un quién quiere morirse?, nadie,
ni los que se matan. Pero señores paren
cuando vean a uno despidiéndose,
ayúdenlo a irse.
Y los remedios a la basura.
La verdá es que los méicos
cuando saben que huelgan deben retirarse
ya que los que van a ser dijuntos
no necesitan receta.
Y en cuanto a mí, dado el caso,
no vayan a venirme con chistes,
cuanto antes violín en bolsa yo agradecido.
De Endeveras (2004)
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