De sacrificios humanos por la primavera a una obra en su honor que se estrenó con 27 heridos

La estación que todo el mundo adora es, también, la de la exaltación. En antiguos pueblos eslavos una joven debía bailar hasta morir como ofrenda a los dioses. En el ballet “La consagración de la primavera” se la representaba. Cuando la mostraron en 1913 ardió París.

Extracto de la "Consagración de la Primavera" de Stravinsky, con coreografía de Vaslav Nijinsky (reconstruida por M. Hodson y K. Archer) y S. Waltz, interpretada por el Ballet y la Orquesta del Teatro Mariinsky dirigidos por Valeri Gergiev.

Todo el mundo adora la primavera, incluso aquellos que dicen que no la adoran. Es que se trata de un impulso atávico: es la época en que se cosecha la siembra, en la que está permitido persuadir al resto acerca de la llegada de un futuro, etapa en la que los campos muestran sus cultivos moviéndose como olas bajo el sol. Y en las ciudades, el aumento de las temperaturas permite el despojamiento de ciertas prendas y un juego diferente al del invierno en las lides de la seducción, más relajado, como se dé.

A esta estación un músico y un coreógrafo rusos, que serían legendarios, quisieron homenajear con su exaltación, tal como sucede desde que el mundo es mundo, cuando la primavera marca que se resquebraje el mundo ante sus llamados de erótico temblor.

¿Y cómo fue recibido el 29 de mayo de 1913 el estreno de Le sacre du printemps (La consagración de la primavera) por un distinguido público parisino ubicado en las plateas del teatro de Les Champs Elysées, expectante por las coreografías de Vaslav Nijinski –ese bailarín de quien se decía que volaba– para la compañía Les Ballets Russes, fundada y la dirección de Serge Diaguilev, quien oficiaba de amante y protector del bailarín inigualable. La música le pertenecía a un también inigualable Igor Stravinsky, que tiraría todo por la borda con cada arreglo musical ofrecido a la eternidad más que al público. Que lo notó.

Nijinsky es una presentación de La siesta del fauno a cargo de los Ballets Russes
Nijinsky es una presentación de La siesta del fauno a cargo de los Ballets Russes

Todo el mundo adora a la primavera. Aquí, allá y en todos lados. Sin embargo, más allá de la entronización anual de la estación, es dable señalar que antiguas civilizaciones o pueblos expresaban su gozo con un poquito más de énfasis que lo recomendado. Por ejemplo, ¿qué había descubierto Nijinski? Que en la Rusia antigua, entre los pueblos eslavos, el comienzo de la primavera era homenajeado con el rapto y sacrificio de una muchacha, ofrecida a los dioses que garantizarían una buena cosecha. La joven debía bailar y bailar y bailar: debía bailar hasta su muerte. Esa era la ofrenda y esa era la representación de Nijinski ante el tout París. Que ardió.

Es una obra sublime. Aún hoy su energía estética es inextinguible. Los cuerpos representando el movimiento primitivo, enfundados en trajes lejanos a las zapatillas de baile y a las mallas de ballet, inscriptos con símbolos tales como soles, lunas, deidades de tiempos pasados; mientras el ritmo marcado por la percusión y cuerdas daba pie a saltos y saltos de bailarines y bailarines en un escenario que atraía absortas miradas de desaprobación. Que, cuando cayó el telón, se expresaron.

Había éxtasis en las butacas y los palcos, que asistían al fin del romanticismo en la danza y los espacios de la música culta. Los espectadores más grandes no sabían que hacer, si abuchear o callar. Los jóvenes más interesados en las vanguardias querían aplaudir, pero la música y su continuum no se los permitía. Un asistente recordaría después: “Un espectador sentado detrás de mi butaca sufría tal excitación que tamborileaba continuamente con sus puños en mi cabeza. Y mi excitación era tal que durante mucho tiempo ni siquiera sentí los golpes”. El público estaba loco. Un joven Jean Cocteau, el escritor, decía: “La gente reía, había burlas, pitaba, hacía sonidos de animales y quizá se hubieran cansado a la larga si no fuera porque la multitud de estetas y músicos, en su exagerado celo, se puso a ofender al público de los palcos, y a atacarlo físicamente”. “El teatro parecía sacudido por un terremoto”, recordaba la artista francesa Valentine Gross, “la gente gritaba insultos, chillaba, silbaba… Hubo puñetazos. Las palabras son inadecuadas para describir una escena como esa”.

Tenochtitlan, donde vivían los mexicas. (Foto: mxcity.mx)
Tenochtitlan, donde vivían los mexicas. (Foto: mxcity.mx)

El recuento de la jornada indica que hubo peleas físicas que dejaron 27 heridos atendidos por el personal médico de la municipalidad parisina. Stravinsky, astuto, escapó saltando por una ventana trasera del teatro. Giacomo Puccini dijo en su crítica: “No hay duda de que la pieza es de una originalidad y tiene una notable parte de talento. Pero en conjunto recuerda a la obra de un loco”. Claude Debussy, cuyo nombre era sinónimo de música elevada, cambió el nombre de la obra de “Le sacre du Printemps” a “Massacre du Printemps”, lo cual no deja de tener su ingenio. Coco Chanel observaba absorta desde su palco, subyugada ante lo que acababa de ver, que la llevaría a conocer a Stravinsky e iniciar un romance con el músico.

La primavera conduce al éxtasis. En la zona mesoamericana donde se ubica hoy México, había sacrificios humanos cada vez que se ingresaba al solsticio de la primavera. En el libro El sacrificio humano entre los mexicas, de la antropóloga Yolotl González Torres (Fondo de Cultura Económico) se cuenta cómo: “se montaba un gran espectáculo: los sacerdotes –vestidos con la indumentaria de los diversos dioses–, así como los reyes y la nobleza luciendo sus mejores galas, participaban ocupando lugares reservados, además de los músicos y el pueblo en general; al centro se encontraba la piedra llamada temalacatl, a la cual era atado el cautivo por medio de una cuerda que le permitía moverse dentro de determinada área”.

Y sigue: “El guerrero mexica entregaba su cautivo a los ayudantes de los sacerdotes, quienes lo amarraban al temalacatl y le entregaban unas armas, meramente simbólicas, con las que intentaría defenderse contra cuatro guerreros mexicas, seleccionados y fuertemente armados. Al primer “rayamiento” o “toque”, el cautivo era sacrificado por un sacerdote especial en la misma piedra a la que había estado amarrado. Su piel era desollada cuidadosamente y algunos personajes que habían hecho algún voto –generalmente para curarse de alguna enfermedad– se vestían con ella, a semejanza del dios Xipe Tótec, a quien se celebraba en ese mes”. La primavera produce pasiones inexplicables.

Juan L. Ortiz
Juan L. Ortiz

Y, atención, para cerrar este racconto de primaveras sacrificiales, aquí todo lo contrario: un poema de Juanele. Es decir, Juan L. Ortiz, el poeta que leía libros y escribía poemas y recibía visitantes que también leían en las orillas del delta del río Paraná, en Entre Ríos, su provincia natal y lugar de residencia en la tierra.

Su poesía completa fue vuelta a editar en 2020 por la Universidad Nacional del Litoral, luego de que una primera edición se agotara y se prestara bajo juramento de honor de devolución entre sus lectores, que lo habían leído en páginas web, en libros comprados en librerías de viejo, escuchado su voz recitando su poemas en YouTube. Quien quiera profundizar en Juanele debería hacerse de un ejemplar de las Obras Completas y navegar en las páginas, porque la disposición de los versos se asemeja a este río incomparable con ningún otro en el mundo que es el Paraná. Desde una orilla del río, así ve Juanele la primavera, que no será primavera toda hasta ser de todos la primavera.

Estas primeras tardes...

Estas primeras tardes de primavera,

tan celestes, tan puras,

—Domingo que es una soledad

de luz y árboles—

cómo me entristecen!

Perdonadme, camaradas, esta tristeza.

Estoy penetrado de sutiles, de viejos venenos.

Me entristecen quizás

porque bajo el vuelo posado de esta dicha aérea,

me encuentro frente al fantasma de mi soledad de antes.

O es que una dicha así impalpable

es siempre triste?


Excusadme, compañeros,

este suspiro.

Los Domingos de estos pueblos

tienen la sonrisa de una muerte encantadora.

Pájaros que apenas cantan.

Y árboles, árboles, sólo, con el cielo.

Pienso que si todos fueran dichosos,

cómo respondería esta dicha a la paz

fluida del cielo.

Guirnaldas humanas ondularían armoniosamente

cantando las canciones sencillas y bellas

de los poetas amados de todos.

Las músicas que soñaba Debussy para los parques,

harían un tejido frágil y grave, suspendido.

Es esta tristeza, entonces, la tristeza de la posesión?


Si en todos estuviera esta dicha

como una gracia transparente

que diera ritmo a los cuerpos,

melodía a la voz,

amor vivo, vivo, a las almas,

sensibilidad a todos bajo los dedos de la música,

yo no estuviera triste.

La belleza de la tarde

no sería recogida sólo por los árboles,

por los pájaros, por el río que la lleva, hacia dónde?

por un refinado nostálgico y ultrasensible,

sino que tendría también una más amplia, inmediata, y por qué no?

más completa

expresión humana.

La tarde para todos, compañeros.

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