Un ateniense enamorado de una escultura y la monarquía fascinada por sus retratos: qué les hacen las obras de arte a sus espectadores

Mary Beard es una académica inglesa especialista en historia clásica. Es autora de “La civilización en la mirada”.

"Afrodita de Cnido", del escultor griego Praxíteles (Wikipedia)
"Afrodita de Cnido", del escultor griego Praxíteles (Wikipedia)

Un ensayo escrito alrededor del año 300 relata la historia de un muchacho ateniense perdidamente enamorado de una escultura de Praxíteles, Afrodita de Cnido. Se trata de la primera estatua de una figura femenina desnuda de tamaño natural, realizada alrededor del año 330 a.C. y que sobrevive en varias copias romanas. Según el texto, el innamorato logró pasar una noche de lujuria con la diosa antes de ser descubierto y castigado.

La historiadora inglesa Mary Beard (1955) se sirve de este y otros relatos para desafiar a sus lectores a pensar el papel activo de las obras de arte en su contexto histórico, e imaginar el carácter inédito y peligroso que tenían para los espectadores. De eso se trata su libro La civilización en la mirada (Editorial Crítica, Barcelona, 2019).

Beard es una detractora militante de J. J. Winckelmann y su Historia del Arte de la Antigüedad (1764), libro que el alemán escribiera interpretando el material hallado en excavaciones arqueológicas en el sur de Italia, y que fuera determinante para la revalorización del mundo antiguo. Lo acusa de ser el gran responsable del modo en que los espectadores occidentales miran al arte según una escala de valor en la cual el Apolo Belvedere es el máximo exponente de la civilización, rebajando a la barbarie a los que tienen una idea diferente de lo que importa en la cultura humana. Según ella, en gran medida gracias a Winckelmann, nuestra forma de hablar de arte es una continuación del mundo clásico.

Beard estructura el libro en dos partes. La primera pretende dar cuenta de los modos en los que se han representado los cuerpos de hombres y mujeres en todo el mundo, intentando profundizar en la función de esas representaciones. La segunda parte bucea las formas en que las religiones han resuelto desafío de representar lo divino. En ambos casos se independiza del discurso de los historiadores del arte y se concentra en los efectos que esas operaciones artísticas generan en las audiencias. El arte es para Beard un modo eficaz de responder una pregunta que la obsesiona: ¿qué es la civilización?

“Desde el comienzo, el arte ha sido siempre sobre nosotros”, dice la autora, y emprende un viaje por la antigüedad que nos lleva a Egipto. Frente a las estatuas de Ramsés II, Beard reflexiona sobre la escala descomunal de las obras, que le otorgaron al faraón celebridad eterna. No se le escapa la dimensión política de la empresa, pero agrega a alguien más a la audiencia: el propio faraón, el “ser humano corriente disfrazado de gobernante omnipotente”, consciente de lo duro que es verse a sí mismo como poderoso autócrata. Las imágenes también cumplen la función de convencer al poderoso de su propio poder, y esta es la razón por la cual se multiplican en palacios y castillos alrededor del mundo: los destinatarios privilegiados de las imágenes del “cuerpo como poder” son las personas que las encargan.

Mary Beard es una académica inglesa (Getty Images)
Mary Beard es una académica inglesa (Getty Images)

Beard también viaja al mayor complejo escultórico del planeta: la tumba de Qin Shihuangdi, el primer emperador de China. Lo curioso es que este conjunto de esculturas, conocido como Los guerreros de terracota, no fue hecho para ser visto en absoluto. Representan a la Guardia Imperial, enterrada junto con el emperador para custodiar sus restos. Entre los guerreros no hay dos cabezas exactamente iguales; sin embargo, no son retratos en el sentido convencional, sino sutiles variaciones de modelos, una “versión altamente estandarizada de la individualidad”. Muchas figuras fueron encontradas rotas o quemadas por rebeldes que se alzaron contra su dinastía; el poder de las imágenes también reside en la necesidad de destruirlas.

La historia de la escultura de bronce del Boxeador hallado en Roma a finales del siglo XIX es difícil de reconstruir. Se cree que puede haber sido fabricada en Grecia entre los siglos II y I a. C.. Es la imagen de un púgil lastimado y derrotado; no sólo hay cortes en su cara: hay emoción en su expresión, todo él nos sugiere que se ha desplomado física y mentalmente. La obra interactúa con el espectador de un modo inmediato, y no se impone como modelo de belleza ni de comportamiento. Es una invitación a la identificación, “se resiste tenazmente a convertirse en un objeto artístico”. La operación inversa ocurre con El luchador olmeca, encontrado en México en 1964. Desde entonces es considerado como la evidencia de que esa civilización era tan sofisticada como la del mundo clásico. Una vez más, el significado recae en el espectador: “Solemos buscar en el arte de otras culturas que sea lo suficientemente diferente del nuestro para ser considerado foráneo, pero que al mismo tiempo sea comprensible y encaje en nuestros parámetros estéticos”. La civilización en la mirada.

El ojo de la fe

“No te harás ídolo” (Éxodo 20:4), es el segundo mandamiento de las tablas de Moisés. También traducido como “No te harás imagen”, es reinterpretado por los cristianos bajo la fórmula “No tomarás el nombre de Dios en vano”. ¿En qué momento la veneración de una imagen se convierte en idolatría? ¿Qué función cumplen las imágenes en la construcción de un credo? Todo depende de quién está mirando, dice Mary Beard. Y nos lleva a la iglesia de San Vital en Ravena, cuyos mosaicos datan del momento de mayor disputa sobre aspectos esenciales de la fe. ¿Cuál es la relación exacta entre Jesús y Dios? ¿Dónde estaba Jesús antes de estar en el cuerpo de María? ¿Cuál es la relación del poder terrenal y el poder divino? Los debates trascienden a los expertos e incluyen a los poderosos, como las imágenes de Justiniano y Teodora en el ábside lo demuestran. Y ordenan la narrativa de un credo en construcción.

Viajando una vez más en el espacio y en el tiempo llegamos a la Sevilla contemporánea. Beard nos lleva a la multitudinaria procesión de la virgen de la Macarena, que luce un atuendo impecable y renovado. Es Viernes Santo de llanto, éxtasis y celebración. La imagen de la virgen le roba protagonismo a la propia Virgen. Y no faltan los que opinan que más que una virgen parece una actriz de varieté.

¿Qué es una imagen religiosa?, se pregunta Beard. Una imagen es aquello que intenta representar lo divino en forma visual, no sólo con forma humana. En el Islam la caligrafía (el arte de “la escritura hermosa”), es la materia de su identidad. No todos los fieles la saben leer; tampoco tiene siempre la finalidad de ser leída. Dios se manifiesta como palabra y se hace visible en el arte de la escritura. La caligrafía transforma la palabra en imagen.

Hubo un momento en la historia, breve y bello, en donde se dio una confluencia impensada a los ojos de un terrícola contemporáneo. En la España de mediados del siglo XV las tres religiones convergieron en el modo de representar; esto se ve reflejado en la Biblia Kenicott, llamada así por el investigador que la incorporó a la biblioteca de la Universidad de Oxford. En esta Biblia judía hay micrografía (escritura diminuta que pertenece a esa religión), hay una representación del rey David digna de un juego de naipes, hay imágenes que remiten a alfombras islámicas, y el libro está firmado por el artista con enormes letras cuyos cuerpos son figuras humanas. Todo un testimonio de que las religiones se influyen entre sí no sólo en la doctrina.

La civilización en la mirada guarda un aire de manual de divulgación, pero es en realidad un instrumento de provocación pensado en impactar audiencias. Desafiando los modos y las categorías de la historia del arte, nos propone pensar todo de nuevo. La enorme erudición y la capacidad de síntesis de la autora se ven opacadas por una traducción demasiado literal que pasa por alto pequeñas pero significativas oportunidades de humor que sin duda existían en el texto original. “Las religiones nos ayudan a enfrentar preguntas vitales”, dice Mary Beard. De dónde venimos, adónde pertenecemos, qué lugar ocupamos en la historia de la humanidad. Lo que denominamos civilización funciona como una religión, ofreciendo relatos sobre nuestros orígenes y nuestro destino a la vez que une a las personas en una creencia compartida. “¿Qué es la civilización? Para mí, un poco más que un acto de fe”.



Quién es Mary Beard

♦ Nació en Inglaterra en 1955.

♦ Es una académica especializada en historia clásica y en divulgación histórica.

♦ Entre su libros se cuentan Arte clásico de Grecia a Roma, Pompeya: la vida de un pueblo romano, El partenón y El coliseo.