Delfina Korn: “Los pensamientos estúpidos esconden una gran riqueza para hacer literatura”

En este diálogo, la autora argentina reflexiona sobre la novela “El Yanqui” y el libro de cuentos “Prefiero morir de amor”

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 Delfina Korn (Telam)
Delfina Korn (Telam)

La escritora Delfina Korn irrumpe nuevamente en la escena literaria con dos nuevos libros, la novela El Yanqui y una colección de cuentos bajo el título Prefiero morir de amor, narraciones que configuran esta voz potente que se inserta con facilidad en la rica tradición rioplatense: “Me interesa siempre lo chiquito, lo particular, como disparador para echar luz sobre algo de la vida”, dice la autora.

Korn vive la experiencia poco común de publicar en papel dos libros al mismo tiempo. La novela El Yanqui en la editorial Mansalva (libro antes editado en forma digital con el título Decir mi nombre) y los cuentos Prefiero morir de amor en la editorial Bombal. La escritora nacida en Buenos Aires en 1988 confiesa sentirse “rara, pero feliz”. Durante muchos años escribió sin saber si algún día iba a poder publicar algo, “como todos los que escribimos, que convivimos con ese miedo”, explica.

En Prefiero morir de amor los cuentos presentan el mundo de varias protagonistas que parecen ser una sola (y viceversa). Historias que presentan una falsa luna de miel o un personaje que persigue un pensamiento. Historias con abuelas y primas que recorre varios países de América, Europa e incluso alguna geografía inventada. El disparador de las historias es el amor en todas sus formas.

Mientras que en El Yanqui, una chica de 17 años está enamorada de un adolescente millonario. La historia está contada con humor y sin ocultar la vida sexual de la chica que se va transformando en adulta. La mejor amiga de la protagonista es un personaje inolvidable, igual que la abuela: dos de los aciertos de una novela que no da descanso y atrapa al lector con la promesa de algo nuevo y mejor que se renueva en cada página.

"El Yanqui" (Mansalva)
"El Yanqui" (Mansalva)

En 2019, Korn publicó un libro de cuentos, Aguas compartidas, donde le puso voces a distintas mujeres en una ciudad cosmopolita. En 2020 publicó otro conjunto de relatos, Luna de miel. Ha escrito también obras de teatro, cuentos para niños y poemas.

¿Cuáles son las certezas que tenés antes de publicar un libro?

— Yo me pregunto ¿Interesará a alguien esto? Siempre existe como esa incertidumbre. ¿Habrá alguien del otro lado? Y recuerdo que en ese momento, compartí esa angustia con un maestro y él me dijo que durante diez años había estado escribiendo sin que nadie le diera bola, aunque él ya había sido publicado y era bastante conocido. Y que de repente un día le cayeron no sé cuántas propuestas editoriales al mismo tiempo. En esos momentos de incertidumbre, hay que tener fe y seguir escribiendo. Algo de lo que escribimos, en algún momento, será leído por alguien. Como dice un amigo: son botellas al mar. Uno nunca sabe a quién le llega, cuándo ni dónde. Pero si esa incertidumbre nos toma y nos frena de escribir, eso seguro que no pasará. Hay que seguir andando. El hecho más importante es poder escribir. La publicación es hermosa, pero es secundaria. Si llega, buenísimo. Si no, hay que seguir escribiendo.

¿Cómo se construye la voz de los adolescentes de tus libros?

— Es algo tan hermoso recordar. En la memoria está todo. Es algo increíble, pero cuando uno empieza a escribir, empiezan a aflorar recuerdos de a borbotones. Cosas imposibles, que uno había enterrado cinco mil siglos atrás, aparecen. Es medio como, hipnosis. La voz de la narradora de El Yanqui la construí en base a recuerdos.

¿Tienen voz los adolescentes en la literatura argentina?

— Hay dos libros que recuerdo cómo que me influenciaron mucho a la hora de escribir El Yanqui, que fueron La asesina de Lady Di, de Alejandro López y Abzurdah de Cielo Latini. Alejandro luego se convirtió en mi maestro. Creo que mi novela es hija de su novela. Y con respecto al libro de Cielo Latini, lo encontré un día en una librería y me quedé sentada en el piso leyéndolo hasta que lo terminé. Es otra novela así de adolescente loca, enamorada nivel al borde del suicidio. Y me pasó cuando la leí que dije: yo tendría que haber escrito esto. Y después escribí lo mío, y una chica me dijo: “tu novela me cambió la vida, yo la tendría que haber escrito”. Es bueno cuando leemos un libro que nos encanta tanto y nos identifica tanto pero al mismo tiempo nos da como una cierta envidia o esa cosa de ¿por qué no lo escribí yo?: es bueno porque nos mueve a escribir.

¿El entorno de los adultos que rol cumplen en tu historia?

El Yanqui la empecé a escribir cuando tenía veinte años. Ahora que soy adulta (tengo 34) la leo y me parece que antes era mucho más inteligente. La tuve que releer varias veces antes de que fuera publicada, y lo bueno es que me volvió a gustar pero además, me enseñó cosas. Como que yo pensaba: “ay, si yo hubiera aprendido esto que escribo acá”... Por suerte no aprendemos nada. Pero las lecciones que saca la narradora hacia el final de la novela, que las hay, me siguen interpelando.

(Telam)
(Telam)

¿El amor es el gran tema? ¿cuáles son los otros temas fundamentales de tu obra?

— No tengo tan claro cuál es el tema de mi obra. Nunca me doy mucha cuenta de qué se trata lo que escribí. Eso tiene que venir otro a decírtelo. No creo que el escritor sea alguien que tenga un dominio sobre lo que escribe, o que elija de qué escribir de una manera muy consciente. Sí hay algunos recursos, algunas técnicas para lograr ciertos efectos que tienen que ver con la estructura, que capaz es la parte más racional de todo este proceso. Pero aún así, creo que uno nunca sabe muy bien qué escribió. Y, por otro lado, me interesa siempre lo chiquito, lo particular, como disparador para echar luz sobre algo de la vida. Los cambios chiquitos en un personaje.

Creo que el amor, o la búsqueda del amor, aparece mucho en mis textos, pero también el tema es un disparador para contar otras cosas que están pasando a la narradora en medio de esa búsqueda. Quizás esa búsqueda no es más que una excusa para contar una serie de peripecias, desgracias y contratiempos que son muy graciosos. “Estaba a punto de conocer al amor de mi vida y de repente...” Ese me parece un buen comienzo para una historia. Lo que sucede y uno no quiere, o no quería, o lo quería pero ya no lo quiere más, o quería que fuese de tal manera y salió de tal otra manera. Lo bueno de que algo salga mal en el amor, es que ahora se puede escribir.

¿Cómo fue la génesis del libro de cuentos?

— Tengo la teoría de que los cuentos nacen de otros cuentos, como las personas nacemos de otras personas. En este libro de cuentos tengo muy claro que fui influenciada por las escritoras que estaba leyendo en ese momento. Los releo y me doy cuenta. Hay tantísimos autores que amo, pero estas son las que estuve leyendo durante este tiempo y cuya influencia para mí es evidente. El cuento Mejitsá lo pude terminar únicamente porque en el medio leí una novela de Lydia Davis que se llama El final de la historia, que me ayudó. Tanto el cuento como la novela tratan sobre una obsesión amorosa que nunca se termina. Y Lydia Davis me lo solucionó, porque era un hombre que ella nunca dejaba de amar y de buscar, de una manera u otra, aunque ya hubieran pasado cinco vidas desde el romance. Y ella dice: “como no sé cómo terminar esta historia, porque nunca se termina, voy a imponerle un final mediante un ritual, que es tomar una taza de té”. Ese ritual ella se lo inventa para poder terminar la historia. Pero la atención que ella presta a los detalles, no de él, sino de sí misma en esa situación, me inspiraron muchísimo para trabajar mi cuento. ¿Qué le pasa a una cuando está obsesionada con alguien? ¿Cómo son los procesos? Y me encantó que ella no arroja ningún juicio sobre esos mecanismos, sino que los narra y punto.

"Prefiero morir de amor" (Bombal)
"Prefiero morir de amor" (Bombal)

¿El humor es una pieza clave para sostener el drama de los personajes?

— Sí, creo que el humor es una pieza clave, más que una pieza clave... Me crie ayudando a mi mamá a escribir sus monólogos. Ella es actriz y se la pasaba inventando personajes. Íbamos, por ejemplo, a comprar un buzo para mí para el colegio y a ella le llamaba la atención algo de la vendedora, por ejemplo, una forma de hablar, y a partir de ahí nacía un personaje. Creo que el proceso que hago al crear un personaje es el mismo. Empezar a preguntarse: ¿a qué responde esa forma de hablar? ¿Por qué habla así? El personaje observado soy yo misma a veces.

Volviendo al humor, un amigo muy querido me dio este consejo: “esos pensamientos que te parezcan de lo más estúpido, eso que decís esto no lo pongo ni loca porque es una estupidez, eso suele ser lo mejor. Ponelo”. Noto que es de lo que la gente más se ríe cuando lee los cuentos. De ese tipo de pensamientos ridículos que uno tiene. Los pensamientos estúpidos esconden una gran riqueza para hacer literatura, si nos permitimos escucharlos. Pero son los que, cuando empezamos a escribir, vamos a querer reprimir. Vamos a decir “esto no sirve, esto es una estupidez”. No suele serlo.

¿La amistad es una pasión argentina?

— Creo que sí, que es así. Somos muy amigueros. Es una particularidad que tenemos. No sé si en otros países la gente tiene “amigos de toda la vida” con los que se sigue viendo. Yo las tengo y es algo muy hermoso: una de las razones por las que no me quiero ir del país. Aunque algunas viven afuera, pero la relación por teléfono es fuerte igual. Durante la pandemia, cuando recién empezábamos a salir un poco, yo me preguntaba: ¿cómo vamos a sobrevivir a esto? ¿Cómo voy a sobrevivir a esto? Y justo estaba en el templo cuando me estaba haciendo esa pregunta. Y vi a dos chicas, adolescentes, cantando y riéndose entre ellas durante el rezo, cómplices, y recordé: “ah, están los amigos”.

Fuente: Télam

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