
Es muy probable que ninguno de los escasos veinticinco mil habitantes que tenía en 1933 el Condado de Porter, Indiana, hubiera estado cerca y mucho menos abordado un Boeing Model 247D de dos hélices, esos gigantescos aviones de pasajeros que los diarios y las radios habían presentado como una novedad de la aviación de pasajeros ese mismo año. En cambio, es seguro que el periodista Englebert Zimmerman, del diario local The Vidette-Messenger, nunca en su vida se había topado con una noticia importante, que trascendiera las fronteras de un lugar donde los pequeños robos de ganado y los trapitos al sol que se ventilaban en el Ayuntamiento solían ser las informaciones más importantes del día. Esas dos realidades cambiaron de manera trágica la noche del martes 10 de octubre cuando una bola de fuego cayó desde el cielo y el Condado de Porter entró en la historia como el escenario final del primer atentado perpetrado contra un avión comercial en el mundo y el periodista Zimmerman como el primer cronista en llegar al lugar de los hechos.
Engelbert Zimmerman se dio cuenta de inmediato que ese avión caído del cielo era la noticia de su vida. De regreso en la redacción, acomodó la hoja en el rodillo de la máquina de escribir y empezó a teclear febrilmente. Sabía que al día siguiente el lugar se llenaría de enviados de los diarios de las grandes ciudades, incluso algunos de The Washington Post y de The New York Times, pero sería tarde, él era el único que podía escribir —antes que nadie— una crónica de primera mano. Cuando esos reporteros importantes llegaran, verían su nota en la tapa del pequeño diario local, de la que ya tenía el título: “Un avión gigante se estrella y mueren 7 personas”.
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Comparado con los jumbos actuales, el “avión gigante” al que se refería el título de la nota apenas alcanzaría la dimensión de un insecto volador. Era un Boeing Model 247D de dos hélices, por entonces toda una novedad en el naciente mundo de la aviación aerocomercial, tanto que el primero de ellos había realizado su vuelo inaugural apenas ocho meses antes, el 8 de febrero de 1933. El transporte aéreo de pasajeros en avión era una actividad que apenas arrancaba en Europa y Estados Unidos, y hasta ese momento no había sufrido ningún accidente que pudiera calificarse de tragedia. El solo hecho que uno de esos colectivos del aire cayera a tierra causó conmoción, que poco después se supiera que no se trataba de un accidente sino de un inédito atentado con explosivos provocó terror.
Al teclear su crónica en la máquina de escribir, Zimmerman todavía creía que se trataba de un desafortunado accidente. “El condado de Porter experimentó su mayor tragedia aérea el martes por la noche cuando un gran avión bimotor de pasajeros de la United Air Lines, explotó en el aire a 1.000 pies de altura sobre la granja de James Smiley, fideicomisario del municipio de Jackson, a una milla y media al norte de Jackson Center, en el noreste del condado de Porter, llevando a siete personas a la muerte. La nave, que se dirigía de Nueva York a Chicago, y finalmente a Oakland, California, volando bajo una lluvia constante, cayó cuando una terrible explosión la partió en dos y la lanzó a la tierra, como un cometa en llamas, ante los ojos de docenas de personas horrorizadas que vivían en las cercanías, las primeras de las cuales en llegar a la escena fueron rechazadas por una pared de llamas mientras escuchaban los gritos de los moribundos en sus oídos”, escribió. En el texto se podía ver que, además de contar los hechos, Zimmerman podía hacer gala de una buena pluma.
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Siete personas en un avión
El Vuelo 23 de United Air Lines despegó de Newark, Nueva Jersey, para realizar un trayecto con escalas con destino final en Oakland, California. El Boeing 247, identificado como NC13304 por la Administración Federal de Aviación estadounidense, llevaba a bordo cuatro tripulantes y tres pasajeros, que habían pagado la friolera de 208 dólares —el equivalente a unos 5.000 actuales— para realizar el trayecto en la aeronave comercial más avanzada de la época.
El avión —un verdadero gigante en esos tiempos— contaba con piloto automático, tren de aterrizaje retráctil, equipo de deshielo, hélices de paso variable y dos motores en estrella Pratt & Whitney Wasp de 550 CV. Su capacidad era de tan solo diez pasajeros, que viajaban a una temperatura estable gracias a mecanismos de refrigeración y calefacción controlados por termostatos y eran atendidos por una azafata.
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El piloto del vuelo 23 era Harold Tarrant, un aviador de 38 años con dos de experiencia, lo que era una enormidad en esos tiempos. Como copiloto viajaba A. T. Ruby, el operador de radio era H. R. Burris, y “la atractiva señorita” —así la describían en las crónicas— Alice Scribner, de 26 años, era la azafata. Los pasajeros se identificaron como Fred Schendorf, de 28 años, gerente de una empresa de refrigeración, la señorita Dorothy M. Dwyer y el señor Emil Smith. En realidad, esos fueron los nombres que dieron los pasajeros al comprar sus boletos, porque por entonces no era necesario presentar documentos para abordar un avión, ni tampoco someterse a revisiones de seguridad.
El avión hizo su primera escala en Cleveland y ya oscurecía cuando despegó hacia su próxima parada, en Chicago. Alrededor de las 8 de la noche, el piloto se comunicó por radio con la oficina meteorológica de esa ciudad para interiorizarse sobre las condiciones climáticas, que eran normales y, minutos después, comunicó al aeropuerto que tenía previsto llegar alrededor de las diez de la noche. Volaba a 300 metros de altura y a una velocidad de 200 kilómetros por hora. En sus comunicaciones no informó sobre ningún problema mecánico ni de navegación. Sobrevolando North Liberty, Indiana, dijo por radio: “Todo bien”.
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El estallido y la caída
Durante los siguientes 60 minutos el vuelo se desarrolló sin inconvenientes. “Entonces algo sucedió. Eran alrededor de las 9 de la noche, y la aeronave metálica pasaba sobre el municipio de Jackson, cuando los granjeros de un área de cuatro millas cuadradas escucharon una explosión terrible. Salieron corriendo de sus casas. En lo alto del cielo vieron lo que parecía ser una bola de fuego que descendía a la velocidad del rayo y en giros giratorios (sic). También escucharon el latido irregular de un motor, que indicaba que estaban contemplando una tragedia en movimiento: un avión que caía y llevaba a sus ocupantes a una muerte segura”, escribió Englebert Zimmerman en su crónica de The Vidette-Messenger.
El Boeing se estrelló pocos segundos después y se escuchó otra explosión cuando golpeó contra el suelo. Según una reconstrucción hecha a partir del relato de los testigos, “golpeó la copa de un árbol en el lado oeste de un camino de grava del condado, rebotó al otro lado de la carretera y se detuvo en un pequeño hueco entre la carretera y la antigua pendiente de la línea aérea Chicago-Nueva York. Los pedazos de los restos estaban esparcidos por todo el campo, y el pedazo más grande, la cola del avión, se encontró a tres cuartos de milla de distancia”.
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Hubo que esperar a que se apagaran las llamas para iniciar unas tareas de salvamento que no abrigaban esperanzas de encontrar a algún sobreviviente. Dentro del avión, los rescatistas —en realidad policías y vecinos— encontraron cuatro cadáveres quemados, mientras que el cuerpo del piloto Tarrant apareció con el rostro quemado y cortado a unos 15 metros de la estructura de la aeronave. Los dos cuerpos que faltaban fueron hallados recién a la mañana siguiente: estaban a casi 800 metros de dónde había caído el avión.
Desde un primer momento se sospechó que había algo extraño en el supuesto accidente y el alguacil del condado, Erza Stoner, ordenó perimetrar el área para que no se manipularan los restos. La compañía aérea prometió investigar a fondo las causas de la caída del Boeing: “Es el primer accidente donde mueren pasajeros en siete años de operaciones de United Air Lines y vamos a realizar una investigación exhaustiva sobre lo ocurrido”, prometió el vocero Harold Crary.
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Un explosivo a bordo
Esas sospechas hicieron que mientras los expertos de la compañía aérea trataban de establecer si la explosión y la caída del avión tenían que ver con fallas mecánicas, el FBI y la policía del Condado de Porter iniciaran una investigación conjunta para determinar si se había tratado de un atentado. Los peritos peinaron a fondo los restos del Boeing y vieron señales de una explosión que no estaba relacionada con los tanques de combustible: el inodoro y el compartimento del equipaje, que estaba al lado del baño, estaban destrozados.
Además, encontraron fragmentos de metal incrustados en el lado interior de la puerta del baño, mientras que en el lado exterior no había restos del mismo metal. Otro dato llamativo era que la cola del avión estaba cortada desde justo detrás del inodoro y fue encontrada a más de un kilómetro de distancia del resto del avión. La conclusión no tardó en llegar: la explosión había sido causada por una bomba que alguien había puesto en el baño o en el compartimiento del equipaje. “Nuestra investigación me convenció de que la tragedia fue el resultado de una explosión en algún lugar de la región del compartimiento de equipaje en la parte trasera del avión. Todo lo que estaba delante del compartimento fue impulsado hacia adelante, todo lo que estaba detrás fue impulsado hacia atrás, y las cosas de los lados hacia afuera. En cambio, los tanques de combustible fueron aplastados, lo que demuestra que no hubo ninguna explosión en ellos”, señaló el informe del investigador Melvin Purvis, enviado por el FBI.
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Los investigadores convocados por las autoridades del condado llegaron a las mismas conclusiones que la de los agentes federales. El doctor Carl Davis de la oficina forense del Condado de Porter y los expertos del Laboratorio de Detección de Delitos de la Universidad Northwestern examinaron a fondo los restos y concluyeron que la explosión fue causada por una bomba, probablemente de nitroglicerina.

El misterio del autor
Durante la investigación fueron interrogadas todas las personas que habían estado dentro del Boeing en los días previos a la explosión, incluso pasajeros de vuelos anteriores. Los integrantes del equipo que se encargó de la limpieza del Boeing antes del despegue aseguraron que no habían visto ningún objeto sospechoso en su interior.
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Los agentes federales también investigaron a fondo a los pasajeros. Uno de ellos, el señor Emil Smith había subido al avión con un paquete marrón, lo que lo convirtió en un potencial sospechoso. Se trató de establecer entonces si Smith había comprado explosivos antes de subir a la aeronave, pero no se encontró ningún indicio que lo demostrara. Además, no se hallaron restos del paquete entre lo que quedaba del avión ni en sus proximidades, lo cual hizo imposible averiguar si tenía una bomba en su interior. Tampoco se recuperaron restos de un detonador ni de una batería que demostraran que la bomba tuviera o mecanismo de relojería o que fuera activada a distancia. En esa época, las cajas negras no existían, de modo que no había registros de las conversaciones de los tripulantes durante el vuelo.
Entre los restos del Boeing se encontró un rifle, pero los peritos determinaron que no había sido disparado y que era propiedad de otro de los pasajeros, Fred Schendorf, que viajaba en el avión hasta Chicago para participar en un concurso de tiro en el North Shore Gun Club de la ciudad. La investigación fue cerrada en 1935, sin que se pudiera determinar cómo había llegado la bomba al avión ni, por lo tanto, quién o quiénes eran los responsables del atentado.
Recién en 2017 fue desclasificado el contenido completo del informe elaborado por el FBI, con 324 documentos que ocupan unas trescientas páginas. Ninguno de esos papeles aportó nueva información que ayudara a esclarecer el misterio que sigue rodeando al primer atentado con explosivos contra un avión de transporte de pasajeros. Marcó también el inicio de una escalada que creció al mismo ritmo que la capacidad de las aeronaves: hoy su saldo de siete víctimas parece ínfimo frente a los 329 muertos que provocó la bomba colocada en el Vuelo 182 de Air India el 23 de junio de 1985, o las 270 personas que perdieron la vida el 21 de diciembre de 1988 cuando el Vuelo 103 de Pan Am explotó en el aire sobre Lockerbie, Escocia, debido a una bomba oculta en una valija.
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