
Durante el día, William Brodie era un hombre respetado en Edimburgo. Nieto de abogados, ebanista de prestigio y dueño de una fábrica de muebles muy solicitada, se movía entre comerciantes, funcionarios y familias acomodadas. Pero su oficio escondía una ventaja: conocía las cerraduras de las casas donde trabajaba, sus sistemas de seguridad y podía copiar las llaves que quisiera.
Por la noche, el respetable artesano quedaba de lado y se convertía en ladrón. Lo hizo durante años. Mientras tanto, despuntaba otro vicio: el juego. Apostaba tanto que terminó hundido en deudas y necesitaba cada vez más dinero.
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Todo terminó con un robo que salió mal. El objetivo era una oficina de impuestos de la ciudad. La policía detuvo a varios de sus cómplices y algunos decidieron hablar. El 27 de agosto de 1788 comenzó el juicio. La sentencia llegó poco después: muerte. El 1 de octubre, subió al patíbulo y murió ahorcado. Su final guardó una última ironía. Él mismo había participado en el diseño del mecanismo de aquella horca de la que estaba siendo colgado, a los 47 años.

El hombre respetable
William Brodie nació en Edimburgo el 28 de septiembre de 1741, en una familia bien posicionada, vinculada al comercio y la vida pública. Su padre, Francis Brodie, fabricaba muebles y formaba parte del consejo de la ciudad. Cuando murió, William heredó el negocio y siguió el oficio familiar. Enseguida se convirtió en un artesano conocido y trabajó para algunos de los comerciantes y familias más acomodadas de la capital escocesa.
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Pero su trabajo como ebanista también le daba acceso a algo más valioso que los muebles. Fabricaba y reparaba cerraduras y otros mecanismos de seguridad, tanto en los armarios como en las puertas de casas y negocios. Sabía como nadie más cómo funcionaban y cuál era el sistema de seguridad de sus clientes. Lo que para otros era parte de su oficio, terminó convirtiéndose en una ventaja para Brodie.
Con el paso de los años creció su reputación. Al punto que fue elegido diácono del gremio de Ebanistas y Constructores, una organización de artesanos de la ciudad, y también ocupó un cargo en el concejo municipal. Participaba en jurados y se relacionaba con comerciantes y familias de la alta sociedad. Su posición le abría cada vez más puertas y reforzaba una imagen de hombre confiable.
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Pero detrás de esa vida pública había otra realidad. Brodie tenía cinco hijos, dos amantes que no sabían de la existencia de la otra y una creciente afición al juego. Gastaba más de lo que podía permitirse y necesitaba dinero para mantener aquella vida ostentosa, además de dos familias.

El oficio justo para cometer los robos
En 1768 llegó el primer golpe conocido. Brodie copió las llaves de un banco y robó 800 libras, una suma enorme para la época. No necesitó violencia ni dejó señales que apuntaran hacia él. El robo funcionó y le mostró que podía conseguir grandes cantidades de dinero sin poner en riesgo su reputación.
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A partir de entonces, los golpes se hicieron más frecuentes. Brodie preparaba cada uno con paciencia: tomaba moldes de las llaves con cera, estudiaba los movimientos del lugar y esperaba el momento adecuado para actuar. Robó en comercios, joyerías y comercios de seda. Incluso llegó a participar directamente en el audaz robo de la maza de plata de la Universidad de Edimburgo.
El problema era que el dinero robado no le duraba. Brodie jugaba, apostaba grandes cantidades y acumulaba deudas... También debía sostener aquella vida privada que mantenía oculta, con dos amantes y varios hijos. Cada vez necesitaba más dinero y los robos empezaron a ocupar un lugar central en su vida. Durante casi veinte años, realizó robos silenciosos, solitarios y extremadamente astutos.
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Pero en 1786 decidió dar un paso más y buscó a tres hombres para dar el gran golpe: George Smith, Andrew Ainslie y John Brown. Brodie seleccionaba los objetivos y preparaba los robos; sus cómplices se encargaban de ejecutarlos. La banda comenzó a operar en Edimburgo y sus alrededores.
Durante meses, el plan funcionó. Brodie seguía apareciendo en reuniones y asuntos municipales mientras sus compañeros delinquían. Eso le permitía mantener intacta su reputación, pero también hacía que cada nuevo atraco fuera más arriesgado.
En 1788, Brodie decidió ir mucho más allá. La ambición lo pudo y su objetivo era la oficina de impuestos de Chessel’s Court, en Canongate. Si salía bien, conseguiría una suma jamás lograda; si fallaba, todo lo que había logrado se iría por la borda. Y, falló...
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La fuga y el final
El fracaso del golpe cambió todo. Andrew Ainslie fue capturado y decidió hablar para salvarse: acusó a Brodie y reveló quiénes más formaban parte de la banda. Los investigadores dejaron de buscar a unos ladrones desconocidos y empezaron a ir tras los pasos de uno de los hombres más respetados de la ciudad.
Brodie huyó de Escocia antes de que pudieran detenerlo y llegó a los Países Bajos. Desde allí planeaba embarcar hacia América y desaparecer definitivamente. Pero no tuvo tiempo de hacerlo. Los policías lo encontraron en Ámsterdam, lo arrestaron y enviaron de vuelta a Escocia para enfrentar el juicio.
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El juicio comenzó el 27 de agosto de 1788 ante el Tribunal Superior de Justicia de Escocia. Brodie compartió el banquillo con George Smith, uno de los hombres que había participado en sus robos. Además de los testimonios de sus antiguos secuaces, la acusación contó con objetos robados que fueron encontrados durante los allanamientos a sus propiedades. También estaban las cartas que Brodie escribió mientras intentaba escapar.
El tribunal declaró culpables a Brodie y Smith. Los dos recibieron la misma sentencia: morir en la horca.

El 1 de octubre de 1788, William Brodie caminó hacia el patíbulo junto a su cómplice George Smith ante una multitud que había acudido a presenciar la ejecución. Allí lo esperaba una última ironía: Brodie había participado en el diseño de un nuevo mecanismo para la horca, basado en una plataforma que se abría bajo los pies del condenado. El sistema —inaugurado tres años antes—buscaba reemplazar los métodos anteriores y hacer la ejecución más rápida y efectiva.
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Aquel día, ese mecanismo se utilizó para acabar con su vida. Brodie, que durante años había estudiado mecanismos de seguridad y convertido ese conocimiento en una herramienta para delinquir, terminó frente a uno que ya no podía controlar.
La historia de Brodie no terminó con su muerte. Su doble vida llegó hasta Robert Louis Stevenson, el novelista que conocía el caso y encontró en él una historia que quiso inmortalizar: un hombre respetable que, lejos de las miradas de los demás, llevaba una existencia completamente distinta. Décadas después, publicó El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. La historia de Brodie también pasó al teatro, la radio, el cine y la televisión. En 1997, Billy Connolly lo interpretó en una adaptación cinematográfica.
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