
En la mañana del 23 de diciembre de 1954, dos hermanos de 23 años ingresaron a quirófanos contiguos del Peter Bent Brigham Hospital, en Boston. Richard Herrick padecía una insuficiencia renal avanzada y su estado empeoraba. Ronald, su gemelo, estaba sano y había decidido donarle uno de sus riñones.
Al frente de la operación se encontraba Joseph E. Murray, un cirujano de Harvard que llevaba años investigando una posibilidad que todavía dividía a la medicina: ¿podía un órgano pasar de un cuerpo a otro y mantener con vida al receptor? La condición de los hermanos ofrecía una oportunidad poco frecuente, ya que su compatibilidad genética podía evitar el rechazo que había frustrado numerosos intentos anteriores.
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La intervención se desarrolló en dos salas al mismo tiempo. El urólogo J. Hartwell Harrison extrajo el riñón de Ronald, mientras Murray preparaba a Richard para recibirlo. Luego conectó el órgano a los vasos sanguíneos del paciente y esperó una señal que confirmara el resultado.

Cuando el riñón recuperó su color y comenzó a funcionar, el equipo comprobó que el procedimiento había tenido éxito. Fue el primer trasplante de órgano exitoso entre personas vivas, según Harvard Gazette.
Richard vivió otros ocho años, se casó y tuvo hijos; Ronald siguió su vida sin complicaciones por la donación. El resultado de esa cirugía tenía su origen en una investigación que Murray había iniciado años antes, durante la Segunda Guerra Mundial.
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Las quemaduras de guerra llevaron a Murray a estudiar el rechazo de tejidos
En 1943, Murray se graduó de la Escuela de Medicina de Harvard en una promoción acortada por el conflicto. Tras completar una residencia quirúrgica de nueve meses, el Ejército estadounidense lo destinó al Valley Forge General Hospital, en Pensilvania. Allí atendió a soldados con quemaduras y trabajó con injertos de piel.
Fue en esas salas donde empezó a advertir un patrón que todavía no tenía una explicación suficiente. Cuando la piel pertenecía al propio paciente, el organismo la aceptaba; cuando procedía de otra persona, la atacaba y terminaba por rechazarla. La excepción apareció en un injerto entre gemelos idénticos, que no desencadenó la respuesta inmunológica habitual.
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Esa diferencia orientó la investigación que después definiría su carrera. Al finalizar el conflicto, Murray regresó al Peter Bent Brigham Hospital, hoy Brigham and Women’s Hospital, y dejó en segundo plano su formación en cirugía plástica reconstructiva para incorporarse a un equipo dedicado a los trasplantes renales.
El grupo reunía a George Thorn, jefe médico del hospital; Francis Moore, jefe de cirugía, y el nefrólogo John Merrill, quien había contribuido a mejorar las máquinas de diálisis. Todos buscaban resolver dos desafíos: perfeccionar la técnica para implantar un riñón y evitar que el cuerpo del receptor lo rechazara.
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La experiencia de Murray con los injertos de piel aportó una hipótesis concreta para abordar el segundo problema, según Harvard Magazine.
La investigación avanzó pese al rechazo de parte de la medicina
Con la técnica quirúrgica y el rechazo inmunológico aún sin resolver, el equipo enfrentaba un escenario incierto. Los ensayos anteriores con órganos de animales y donantes fallecidos habían dejado pocos casos de supervivencia prolongada.
Aunque los cirujanos podían reconectar vasos sanguíneos, no lograban impedir que el organismo atacara el riñón recibido. Esa limitación llevó a parte de la comunidad médica a considerar el proyecto una apuesta sin futuro, de acuerdo con Harvard Magazine.
A las dudas científicas se sumaba un debate ético. Extraer un riñón a una persona sana despertaba objeciones entre médicos, juristas y referentes religiosos. Murray entendía que, antes de trasladar el procedimiento a pacientes, debía reducir al máximo los riesgos tanto para quien recibiera el órgano como para quien lo donara.
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Por eso dedicó años a perfeccionar la técnica en animales. Trabajó con perros, conejos, ratones, ovejas y caballos, y estudió cómo respondían después de la extirpación y el reimplante de un riñón. Esos ensayos le permitieron ajustar las conexiones vasculares y evaluar la conservación del órgano antes de una cirugía en humanos.
Ese aprendizaje encontró una oportunidad concreta en 1954, cuando Richard Herrick llegó al Brigham. Tras regresar a Massachusetts de su servicio en la Guardia Costera, su enfermedad renal había avanzado hasta dejarlo sin alternativas de tratamiento.
Su familia sabía que el hospital buscaba hermanos gemelos para intentar un trasplante y comunicó que Richard tenía un hermano idéntico, Ronald.
Los hermanos Herrick enfrentaron una decisión que generó debate público
La posibilidad de operar a Richard Herrick dependía de la compatibilidad con Ronald, su gemelo idéntico. Murray verificó esa condición mediante las huellas dactilares de ambos y propuso el trasplante. Sin embargo, la noticia se filtró antes de la cirugía y algunas emisiones radiales comenzaron a informar sobre la intervención que el hospital preparaba.
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La difusión del caso aumentó las objeciones que ya rodeaban a los trasplantes. La principal duda era si resultaba ético extraer un riñón de una persona sana, aun cuando fuera para salvar la vida de su hermano.
Murray consultó a sacerdotes, abogados y médicos ajenos al hospital, además de reunirse en varias ocasiones con los Herrick y su familia. “Queríamos llegar a un consenso y no hacer daño”, recordó el cirujano en declaraciones recogidas por Harvard Magazine.

Mientras se discutían los alcances de la operación, el estado de Richard se deterioraba. Ante esa urgencia, Murray organizó un ensayo completo en un cadáver para revisar la secuencia del procedimiento: la extracción del órgano, su traslado entre las dos salas y la conexión con los vasos sanguíneos del receptor.
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Con ese trabajo previo, los hermanos ingresaron al hospital el 23 de diciembre de 1954. Harrison realizó la nefrectomía de Ronald y, en el quirófano contiguo, Murray recibió el riñón para implantarlo en Richard. Cerca de 90 minutos después, el órgano comenzó a producir orina, una señal de que había recuperado su función en el nuevo cuerpo.
El éxito entre gemelos no resolvía el problema de la mayoría de los pacientes
El caso de los Herrick tuvo repercusión internacional, aunque Murray sabía que no podía convertirse todavía en un tratamiento extendido. Los gemelos idénticos eran una excepción y la mayoría de los pacientes no contaba con un donante con esa compatibilidad. El principal desafío seguía siendo impedir que el sistema inmunitario destruyera el órgano ajeno.
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Durante los años siguientes, Murray y sus colegas probaron distintos métodos para disminuir esa respuesta. Utilizaron radiación y luego medicamentos, con resultados dispares y varias intervenciones fallidas. La experiencia acumulada, junto con los avances de la farmacología, permitió finalmente superar la barrera que persistía desde 1954.
En 1962, Murray empleó Imuran, un medicamento inmunosupresor desarrollado junto con científicos de Burroughs-Wellcome, en un paciente que recibió un riñón de un donante fallecido sin parentesco.

El fármaco redujo el rechazo y el órgano sobrevivió. Ese procedimiento abrió la posibilidad de trasplantes entre personas no emparentadas, una condición necesaria para que la práctica se extendiera.
La investigación de Murray impulsó después el desarrollo de trasplantes de hígado, corazón, pulmón y otros órganos. En 1990 recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus aportes al trasplante de órganos y células humanas.
Para entonces, Murray ya se había apartado de esa especialidad. Desde 1970 había retomado la cirugía plástica reconstructiva y organizó un programa craneofacial para niños con malformaciones congénitas en el Children’s Hospital. Se retiró en 1986 como jefe emérito de cirugía plástica en esa institución y en el Brigham and Women’s Hospital.
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