A las 8:05 del 11 de septiembre de 2001, Genelle Guzmán-McMillan pasó su tarjeta de acceso en la Torre Norte del World Trade Center y subió al piso 64, como cada mañana.
La mujer originaria de Trinidad y Tobago, tenía 31 años y llevaba unos nueve meses trabajando en condición temporal para la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey.
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Aquella mañana, luego de entrar, se sentó en su cubículo, acomodó sus cosas y empezó a charlar con Rosa González, su compañera de escritorio. Rosa tenía su misma edad. Las dos habían ingresado a la empresa en enero y las dos tenían una hija pequeña.

Unos cuarenta minutos después del inicio de su jornada, a las 8:46, el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la fachada norte del edificio, entre los pisos 93 y 99, treinta pisos por encima de donde ellas estaban trabajando.
Genelle no supo qué fue. El edificio se sacudió de lado a lado. “Me pareció un terremoto”, recordó en una entrevista reciente con el programa televisivo 100 Huntley Street. Se levantó y caminó hacia la ventana. Las Torres Gemelas eran estructuras de vidrio: desde el piso 64 se veía el cielo abierto de Manhattan.
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Lo que vio fueron papeles flotando en el aire, cientos de hojas sueltas que caían desde los pisos superiores como un confeti que nadie había lanzado.
Un mensaje por los altoparlantes del edificio ordenó a los empleados que permanecieran en sus puestos, que no entraran en pánico, que la ayuda estaba en camino. Las luces de emergencia no se activaron. Las alarmas contra incendios no sonaron.
Genelle había participado en simulacros de evacuación desde su incorporación al organismo: conocía el protocolo, las señales, las rutas de salida. Nada de eso ocurrió. “No había luces de emergencia encendiéndose. No había luces estroboscópicas. No había nada que indicara que teníamos que salir”, relató ante el público de una charla en Camden County College —cubierta por Fox News—, en septiembre de 2025.
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La mayoría de los empleados del piso 64 ignoró la instrucción y corrió hacia los ascensores. En cuestión de minutos, la planta quedó casi vacía. Quince personas decidieron quedarse.

Debate en el piso 64 y las llamadas que no alcanzaron
Los quince se reunieron en la sala de conferencias. Alguien encendió el televisor. En la pantalla, una columna de humo negro salía de la parte superior de su propio edificio. Los noticieros hablaban de un ataque terrorista. El sistema de altoparlantes repitió el mismo mensaje: “Quédense donde están, la ayuda viene”.
Genelle llamó a Roger McMillan, su novio. Él le dijo que saliera. Pero los ascensores ya no funcionaban.
A las 9:03, es decir, 17 minutos después del primer impacto, el vuelo 175 de United Airlines se estrelló contra la Torre Sur. El edificio volvió a temblar. “Parecía que iba a caer”, contó Genelle en 100 Huntley Street. “Y supe entonces que esto era todo. Lo sentí”.
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Entonces empezaron las llamadas. Cada uno de los quince intentó comunicarse con alguien. Genelle marcó el número de su prima Lauren. La línea conectó, pero del otro lado había gritos. Lauren estaba mirando la televisión.
Veía las torres en llamas y no comprendía que Genelle estuviera adentro. “Ella me estaba hablando y decía: ‘Dios mío. No puedo creer lo que está pasando. El World Trade Center está en llamas’”, recordó. Tuvo que gritar para que la escuchara. “Lauren, Lauren, estoy en el edificio”. Del otro lado, los gritos cambiaron de tono. Lauren le gritó que saliera.
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Genelle intentó llamar a su hermana. No logró comunicarse. Llamó a Roger otra vez. No contestó. Le dejó un mensaje de voz: le dijo que lo amaba y que iba a encontrarse con él afuera. Volvió a llamar a su hermana. Esta vez la línea conectó. Le dijo que iba a bajar, que los quería.
“Hice todas mis... ”, Genelle se detuvo en ese punto de la entrevista con 100 Huntley Street. No completó la frase. La entrevistadora, Cheryl Weber, intervino: “Querías asegurarte de que, si algo pasaba, las personas a las que amas supieran cómo te sentías”. Genelle asintió.
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Había pasado más de una hora desde el primer impacto. Nadie había subido a buscarlos. Uno de los compañeros, un hombre llamado Pasquale, tomó una linterna y fue a revisar la escalera. Volvió con una noticia: la escalera estaba iluminada, el camino parecía despejado. Se paró frente al grupo y dijo que llevaban demasiado tiempo esperando. Que la ayuda no iba a llegar. Que tenían que decidir.
Hubo una votación. Un hombre mayor se resistía a bajar. Los demás intentaron convencerlo. “Intentamos convencerlo y dijimos: ‘Sabes, ya ha pasado un tiempo y tenemos que irnos. Es malo. Esto es malo’”, relató Genelle en la misma nota televisiva. Finalmente, el hombre aceptó.
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Los quince se pusieron en fila. Pasquale encabezó la columna. Genelle caminó detrás de él y tomó la mano de Rosa González.

Los zapatos con tacones y el descenso que no fue un escape
Genelle llevaba puestas unas botas altas de tacón, de 12 centímetros, las botas que se había puesto esa mañana porque le gustaba verse bien para ir a trabajar. Rosa le sugirió que se las quitara. Genelle dijo que no. “Voy a estar bien”, respondió. Quería llegar a la calle con los zapatos puestos. Quería verse presentable cuando saliera.
El grupo bajaba sin correr. Genelle y Rosa contaban los pisos en voz alta: “63, 62, 61...”. Cada rellano tenía un número pintado en la pared. Lo leían juntas y seguían.
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En algún punto alrededor del piso 30, se cruzaron con los bomberos. Subían en dirección contraria, cargando equipos, moviéndose hacia el fuego. Les dijeron que estaban bien, que se mantuvieran a un costado y siguieran bajando. Genelle sintió alivio. “Si ellos están subiendo y nosotros bajando, debería estar bien”, repasó en 100 Huntley Street. Sentían que ya estaban cerca de salir.
Siguieron bajando. Rosa insistía con los zapatos. Genelle se negaba. “Mis pies están hechos para caminar con estos tacos”, le respondió, según relató en Camden County College, una conferencia que dio 24 años después de los atentados, frente a un auditorio repleto de estudiantes que no habían nacido cuando las torres cayeron.
Llegaron al piso 13.
Genelle se detuvo. Le dolían los pies. Puso la mano en el hombro de Rosa, se inclinó para quitarse las botas. “Ahora me están matando los pies. Necesito quitarme los zapatos”, le dijo. Se apoyó en ella, bajó los brazos hacia los pies.
No llegó a enderezarse.

El piso 13: el derrumbe desde adentro
A las 10:28, la Torre Norte se desplomó. Los 110 pisos cayeron en menos de 12 segundos. Desde afuera, las cámaras de televisión registraron una nube de polvo que cubrió el bajo Manhattan. En el piso 13 de la escalera, Genelle sintió que las paredes reventaban.
“Podía sentir las paredes estallando, el estruendo, todo derrumbándose, me tiró al suelo”, relató. Rosa le soltó la mano. Se separó de ella y corrió escaleras arriba. “Rosa se apartó de mí y corrió de vuelta escaleras arriba. Esa fue la última vez que la vi”.
Todo cayó al mismo tiempo. El polvo, la oscuridad, el peso. Genelle se cubrió la cara con las manos y se encogió en el suelo hasta que el movimiento se detuvo. “Simplemente me puse las manos sobre la cara y me abracé hasta que todo se detuvo por completo”, repasó.
Después, el silencio.
“Silencio de muerte”, lo describió en el Camden County College. Escuchó una sola voz, débil, en algún lugar cercano. Un hombre que decía: “Ayuda. Ayuda”. Después, nada. La voz no volvió.
Genelle pensó que estaba soñando. “De verdad pensé que estaba en un sueño. De verdad pensé que era una pesadilla”, le dijo a la presentadora Cheryl Weber —durante una charla publicada en agosto de 2026—. Cerró los ojos. Los abrió. Seguía ahí. “Está bien, esto no es un sueño. Esto está ocurriendo de verdad”.

Intentó moverse. No pudo. Sus piernas habían quedado cruzadas, una sobre otra. Uno de sus brazos estaba atrapado debajo de su torso. Su cabeza había quedado presionada entre dos pilares de concreto, apretada por ambos lados, a la altura de la oreja y el cuero cabelludo. Estaba de costado, en una posición que ella misma describió como extraña, sin posibilidad de girar para ver qué había encima. Solo su mano izquierda había quedado libre.
“Solo tenía libre mi mano izquierda para sentir qué había a mi alrededor”, dijo en 100 Huntley Street. Con esa mano tanteaba en la oscuridad. Tocaba concreto, acero, polvo. Nada más.
En su relato de 2002 para la revista Guideposts, Genelle describió el momento en que intentó liberar su cabeza. Sintió que los pilares la apretaban contra las sienes. Reunió fuerza, torció el cuello con violencia y escuchó el sonido de su pelo arrancándose del cuero cabelludo. La cabeza se soltó. Sintió la sangre corriéndole por donde la piel se había raspado contra el concreto.
Su pierna derecha estaba enterrada en escombros hasta el muslo. Los dedos del pie se habían adormecido. El resto de la pierna ardía. Algo metálico, concreto o acero, le presionaba el costado a la altura de la cintura, pero no podía moverse para aliviarlo. “Fue insoportable en un momento y luego ya no pude sentir nada”, contó en 100 Huntley Street.

27 horas
El tiempo se convirtió para Genelle en algo que solo podía medir con la luz. Un delgado rayo se filtraba entre los escombros y llegaba hasta el lugar donde estaba atrapada. Mientras ese rayo existió, supo que era de día. Cuando se apagó, supo que había llegado la noche.
No tenía agua. No tenía comida. Tenía polvo en la boca, en la nariz, en los ojos. No podía ver, pero sí podía escuchar. Las sirenas de los camiones de bomberos, el sonido de las máquinas, los walkie-talkies, el pitido de los vehículos en reversa. Todo llegaba desde algún lugar por encima de ella, atenuado por capas de concreto y acero.
“Seguía cerrando los ojos, aunque no podía ver. Seguía oyendo cosas y sabía que estaba completamente despierta”.
En algún momento de esas horas de agonía, deseó morir. Pero cada vez que cerraba los ojos para dejarse ir, algo la devolvía: un sonido, una sirena, la conciencia de que seguía respirando. Y entonces, pensó en su hija, Kimberly. En su familia.
Comenzó a pensar en su madre. La madre de Genelle había sido cristiana practicante. Había muerto de cáncer en 1999, dos años antes del atentado. Genelle había crecido viendo a su madre rezar, pero ella misma había rechazado la fe. “Sabía de eso. Sabía que hay un Dios. Sabía todo, pero rechacé eso. No quería esa vida”, le dijo a Cheryl Weber. Quería vivir a su manera. Pensaba que la religión era algo para cuando fuera mayor.
Bajo los escombros, intentó recordar las oraciones que su madre le había enseñado. El Padre Nuestro. El Señor es mi pastor. Nada le venía a la mente. “Nada de eso estaba realmente registrado en mi cabeza”, contó. Lo que sí le vino fue una instrucción más simple: hablar con Dios como si estuviera ahí, sin fórmulas. “Todo lo que mi mente me decía era que simplemente hablara con Dios, que hablara con normalidad”.
Así lo hizo. En silencio, le habló. Le pidió perdón. Le hizo una promesa: si la sacaba de ahí, iba a cambiar de vida. “Si me sacas de estos escombros hoy, prometo que haré tu voluntad”, reconstruyó en su monólogo. Le pidió una señal. Le pidió un milagro. “Había esta sensación de ardor en mi corazón”, reveló en 100 Huntley Street.
En su texto de 2002 para Guideposts, Genelle escribió la oración tal como la recordaba: “Señor, sé que estás ahí. No siempre confié en ti. Te culpé. Ahora te estoy pidiendo que me ayudes”. Y después, cuando la noche pasó y el rayo de luz volvió a la mañana siguiente: “Señor, puede que no salga de aquí. No sin un milagro. Pero te he encontrado, y ese es el único milagro que importa”.
La sensibilidad de su pierna derecha había desaparecido por completo. Sabía que sin agua ni comida no iba a resistir mucho más.
Estiró la mano izquierda, la única que tenía libre, hacia arriba. Tanteó por encima de su cabeza. Había un espacio pequeño, unos centímetros de aire entre ella y los escombros. Dejó la mano ahí.

“Genelle, te tengo”
Alguien le tomó la mano. Una mano que se cerró alrededor de la suya con un agarre que ella describió como firme y seguro. Y una voz que la llamó por su nombre.
“Genelle, te tengo. Mi nombre es Paul”.
Genelle contó este momento en cada una de sus apariciones públicas, como un testimonio de vida. Los detalles que comparte desde entonces no varían: alguien le tomó la mano, le dijo su nombre sin que ella lo hubiera dicho primero, se identificó como Paul y le prometió que no la iba a soltar.
“Mi cuerpo se sintió muy tranquilo”, subrayó en Camden County College. “Y dije: ‘Gracias, Jesús’”.
“Sigue hablando, Genelle. La ayuda está en camino. Vas a estar bien. No voy a soltarte”, reconstruyó Genelle, desde su recuerdo, sobre lo que le dijo Paul.
Ella apretaba su mano. Intentaba girar la cabeza para verle la cara, pero no podía: el polvo en los ojos, los escombros alrededor, la posición en la que estaba atrapada se lo impedían. Lo único que pudo hacer fue repetir su nombre mentalmente para no olvidarlo.
Paul le dijo que gritara. Genelle gritó: “Hola. Hola”.
Alguien respondió desde arriba. Un rescatista dijo: “Hola. ¿Hay alguien ahí abajo?”.
Empezaron a comunicarse a través de las capas de escombros. El rescatista le preguntó su nombre. Ella respondió. Le preguntó en qué piso estaba. Dijo que en el 13.
Le preguntaron si veía una luz. Estaban alumbrando con una linterna desde arriba. Genelle no veía nada. “No, no puedo ver la luz”, respondió. Estaba enterrada a unos 9 metros de profundidad. En su texto de 2011 —por el 10° aniversario— para Guideposts, Genelle identificó a quienes la encontraron: dos voluntarios de Massachusetts, Brian Buchanan y Rick Cushman, un policía canadiense llamado James Symington y su perro de búsqueda y rescate, Trakr.
Los rescatistas empezaron a cortar el acero. Genelle escuchaba el ruido de las herramientas acercándose. Paul seguía sosteniéndole la mano. “Lo está haciendo muy bien. No voy a soltarla”, le repetía, según su testimonio para 100 Huntley Street.
Uno de los rescatistas gritó: “La veo. La veo”. Le volvieron a preguntar si veía la luz. No la veía. “La encontré. Ella va a estar bien”, dijo el hombre.
Retiraron el concreto que le cubría la cabeza. La tomaron por los hombros.
Paul soltó su mano.
“Paul simplemente se fue”, recuerda desde entonces Genelle. Así, sin transición. Estaba ahí y dejó de estar. Los rescatistas la sujetaron, la colocaron en una camilla, le ajustaron las correas. La levantaron. La fueron pasando de mano en mano, hacia arriba, a través de los escombros, en una cadena humana que a ella le pareció interminable. “Sentí que me estaban levantando, ya sabes, pasándome de mano en mano. Como si fuera muy arriba”, describió.
Sintió la luz del sol en los párpados. Supo que estaba al aire libre porque la claridad le golpeó los ojos hinchados, aunque apenas podía abrirlos. Su cara estaba amoratada. Tenía la cabeza inflamada, varias veces por encima de su tamaño normal. Llevaba 27 horas bajo los restos de un edificio de 110 pisos.
Se dio vuelta hacia los hombres que la cargaban. Estaba sonriendo.
“¿Ya llegamos?”, les preguntó.
Lo cuenta con felicidad y tranquilidad en todas sus explicaciones. Fue la pregunta de alguien que acababa de ser extraída de entre los muertos y lo primero que quiso saber es si habían llegado.
Los rescatistas le dijeron que faltaba un trecho largo. La llevaron hasta la ambulancia. En el camino, Genelle escuchó aplausos. En su texto de 2011 para Guideposts, escribió: “Los escuché vitoreando”. Cientos de personas que habían participado en la búsqueda la vieron salir con vida.
Nadie lo sabía todavía, pero Genelle Guzmán-McMillan fue la última persona rescatada con vida de los escombros del World Trade Center.

El hospital, la sonrisa y el riesgo de perder una pierna
La acostaron en una cama de acero. Recordó el frío del metal contra la piel. Los médicos le cortaron lo que quedaba de su ropa. Le preguntaron su nombre, su dirección. Ella respondió todo. Estaba sonriendo.
““El médico dijo: ‘Vaya, ella está sonriendo. Sabes, quizá sea un trauma’”, relató en Camden County College. Los médicos pensaron que el estado de shock le impedía comprender la gravedad de sus heridas. “Pero no fue el trauma”, afirma Genelle. “Estaba sonriendo porque sabía que encontré a Dios bajo esos escombros ese día”.
El diagnóstico era otro asunto. Su pierna derecha estaba destrozada. Los nervios, muertos. Después de 27 horas de compresión, el tejido se había deteriorado. Le hicieron cuatro cirugías. Antes de la tercera, los médicos hablaron con su novio Roger y con la familia sobre la posibilidad de amputar.
Genelle rezó una vez más. “Dios, si me trajiste hasta aquí, por favor, no mi pierna, no mi pierna”, recordó haber dicho. Y agregó, ante las risas del auditorio de Camden: “Me encanta bailar. Necesito mi pierna. De verdad quiero usar mis zapatos”.
En la cuarta cirugía, los médicos lograron salvar la pierna. La secuela fue permanente: un pie caído, los nervios de la pierna derecha muertos, una renguera leve que, según ella, la mayoría de la gente no nota. La rehabilitación duró más de un año. Tuvo que aprender a caminar otra vez sin muletas, sin aparato ortopédico, sin ayuda. “Me llevó más de un año volver a caminar normalmente”, explicó en televisión canadiense.
Después de ese año, volvió a ponerse tacos de más de 10 centímetros. Lo contó en Camden County College como quien cuenta una victoria.

La búsqueda de Paul y una pregunta sin respuesta
Lo primero que Genelle le dijo a Roger cuando él llegó al hospital fue que anotara un nombre. Paul. El hombre que le había sostenido la mano. Roger lo escribió.
Cuando un equipo de CNN fue a entrevistarla a la cama del hospital, el periodista Gary Tuchman le preguntó sobre su rescate. Genelle le pidió que la ayudara a encontrar a Paul. “¿Puedo conocer a Paul, el hombre que hablaba conmigo, que sostenía mi mano?”, le dijo.
Tuchman le dijo que iban a investigar. CNN organizó un reencuentro con varios de los rescatistas que la habían sacado de los escombros. Paul no estaba entre ellos.
Uno de los hombres del equipo de rescate le dijo algo que Genelle repitió en su texto de 2002 para Guideposts: “Definitivamente no hay nadie en nuestro equipo llamado Paul”.
Pasó un año, dos, cinco, diez. Genelle siguió buscando. Nadie llamado Paul se presentó hasta hoy. Nadie del equipo de rescate recordaba haber visto a otra persona junto a ella cuando la encontraron.
En algún momento alrededor del décimo aniversario, Genelle habló con su pastor en la Brooklyn Tabernacle. Le contó la historia. Le preguntó quién era Paul. En su texto de 2011 para Guideposts, compartió la respuesta del pastor: “Genelle, Paul no existió en carne y hueso. Pedías un milagro y quizá Dios te envió a su ángel”.
Es la convicción de Genelle. Los rescatistas no confirmaron la presencia de otra persona junto a ella. Genelle no pudo verlo: tenía los ojos cubiertos de polvo y escombros, estaba inmovilizada de costado, no logró girar la cabeza. Lo que ella afirma haber sentido fue una mano que apretaba la suya y una voz que la llamaba por su nombre.

Rosa, los trece y la pregunta que no se cierra
De las quince personas que bajaron juntas desde el piso 64, Pasquale fue encontrado el mismo día del derrumbe. Las otras trece murieron. Rosa González murió.
“Sostenía la mano de Rosa. Estábamos juntas. Podríamos haber estado aquí para contar esta historia de supervivencia”, dijo Genelle en Camden County College. “Pero ¿por qué yo? Le pregunté a Dios. ¿Por qué me elegiste?”.
Genelle y Rosa tenían la misma edad. Tenían hijas de edades parecidas. Trabajaban juntas, habían empezado juntas, salían juntas. La última imagen que tiene de Rosa es la de su amiga soltándole la mano y corriendo escaleras arriba mientras el edificio se desplomaba a su alrededor.
La culpa del sobreviviente no se resolvió con la fe. Convive con ella. Genelle lo formuló como una pregunta que sigue abierta, no como una respuesta que haya encontrado.
La promesa cumplida: el bautismo, el matrimonio y la vida después
El 7 de noviembre de 2001, menos de dos meses después del atentado, Genelle cumplió las dos promesas que había hecho bajo los escombros. Por la mañana, ella y Roger se casaron en el City Hall de Manhattan. Genelle todavía usaba muletas. Por la tarde, fue bautizada en la Brooklyn Tabernacle.
“Él estuvo a mi lado en el hospital todos los días”, contó Genelle sobre Roger en Guideposts. “Cuando salí, me propuso matrimonio. Aunque todavía usaba muletas, fuimos al City Hall”.
Antes de la boda, Genelle le había planteado a Roger una condición. Se lo contó a Cheryl Weber en 100 Huntley Street: “Le dije: ‘Esta es la promesa. Esto es lo que le pedí a Dios. Quiero empezar a vivir una vida que le agrade, así que no podemos vivir como novio y novia y hacer vida de casados’. Dije: ‘Si no estás preparado para esto, lo entiendo, pero entregué mi vida a Jesucristo’”. Roger aceptó.

Tuvieron dos hijas más: Kaydi y Kellie. Su hija mayor, Kimberly ya tiene 37 años al momento. Una de las menores está en la Fuerza Aérea. La otra, en la universidad.
Genelle tiene 55 años y sigue trabajando para la Autoridad Portuaria, la misma institución donde había empezado nueve meses antes de los atentados. En la última actualización de Guideposts, comentó que su cargo es de supervisora de oficina en el aeropuerto LaGuardia.
“Todos decían: ‘¿Todavía trabajas para la Autoridad Portuaria? Deberías estar jubilada. Deberías estar viviendo de la pensión por discapacidad’”, reveló.
También se hizo voluntaria de la Cruz Roja. “Sí, tengo una discapacidad, pero no, esto es lo que necesito hacer”, explicó en Guideposts. “Me dieron mucho apoyo durante mi recuperación. Vi lo atentos que eran. Quiero ayudar a otros de la forma en que ellos me ayudaron”.
El 11 de septiembre como una fecha privada
Cada 11 de septiembre, Genelle se queda en casa. Roger se queda con ella. “A veces veo la ceremonia conmemorativa por televisión y espero escuchar el nombre de mi amiga Rosa; otras veces es demasiado doloroso”, aseguró en Guideposts.
La familia tiene un ritual. A la hora en que cayeron las torres, forman un círculo, se toman de las manos y rezan.

En septiembre de 2025, por primera vez en 24 años, Genelle salió de su casa un 11 de septiembre. Aceptó la invitación de Camden County College para hablar ante el auditorio de estudiantes. Lo dijo al empezar: “Nunca había salido de mi casa el día del 11 de septiembre”.
Escribió una oración la noche anterior y la leyó en voz alta antes de contar su historia. Después habló durante casi una hora, de pie, ante jóvenes que no habían presenciado la caída de las torres.
En esa conferencia contó todo: el cubículo, el café, Rosa, las botas, la escalera, el piso 13, la oscuridad, la mano, Paul, la sonrisa, los tacos de 10 centímetros que volvió a ponerse después de un año de rehabilitación.
Mientras que, en su reciente entrevista con 100 Huntley Street, Genelle anunció que una película basada en su historia se estrenará el 12 de septiembre de 2026 en Lifetime y History Channel. El título es el mismo que el de su libro: “Angel in the Rubble” (“Ángel entre los escombros”).
Cuando la gente le dice que tuvo suerte, Genelle corrige. La frase es siempre la misma, repetida a lo largo de veinticinco años con las mismas palabras: “No me digan que tuve suerte. No tuve suerte. Estoy bendecida”.
Esos 110 pisos cayeron sobre el lugar donde estaba parada. Estuvo 27 horas enterrada a 9 metros de profundidad, sin agua, sin luz, sin capacidad de moverse. Le hicieron cuatro cirugías. Le salvaron la pierna. Tiene un pie caído y una renguera casi imperceptible. Por eso, mantiene la misma misión desde hace 25 años: compartir su historia y homenajear a quienes ya no están.
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