
La primera vez que alguien lanzó una bola en su dirección, el chico apenas tenía 13 años. Estaba agachado en el foso, ese hueco estrecho y mal iluminado al fondo de la pista, con las rodillas pegadas al pecho y los ojos fijos en la madera. Oyó el trueno sordo de la bola avanzando y saltó. Los bolos volaron. Él volvió a bajar, recogió las piezas, las acomodó en su triángulo perfecto y esperó la siguiente. Así, una y otra vez, durante toda la noche.
Eso era ser un pinboy en Nueva York o Chicago a principios del siglo XX: un trabajo ejercido por adolescentes de los barrios más pobres que necesitaban unos centavos para terminar la semana. Mientras los jugadores bebían, apostaban y celebraban cada derribo, ellos permanecían en la penumbra, al otro lado del ruido, haciendo posible que el juego continuara.
PUBLICIDAD
A comienzos del siglo XX, las boleras de Nueva York y Chicago empleaban a adolescentes como pinboys, encargados de recolocar los bolos a mano desde un foso junto a la pista. El oficio era precario y peligroso, y desapareció con la automatización que comenzó a consolidarse desde 1946.

Las boleras de la época no tenían nada que ver con los centros de entretenimiento familiar que vinieron después. Eran lugares nocturnos, ruidosos, cargados de humo de tabaco, donde las apuestas corrían de mesa en mesa y los propietarios miraban para otro lado cuando algún cliente intentaba sobornar a los chicos para que colocaran los bolos de forma ventajosa frente a sus rivales.
PUBLICIDAD
El perfil del trabajador era casi siempre el mismo: jóvenes, a veces niños, que los dueños preferían contratar precisamente porque aceptaban salarios bajos y no hacían demasiadas preguntas.
La tarea, en apariencia simple, imponía una exigencia física constante. Tras cada lanzamiento, el pinboy debía calcular el instante exacto para saltar desde el foso hacia el borde de la pista, evitar los bolos que salían despedidos en todas direcciones y devolver la bola, una esfera de resina dura que superaba los seis kilos, a través del canal lateral.
Después, recolocaba las diez piezas en su posición exacta y volvía a agacharse. El oficio implicaba lesiones frecuentes: una bola mal calculada, un reflejo un segundo tarde, y el impacto llegaba antes de que el cuerpo reaccionara.
PUBLICIDAD
El invento que eliminó a los pinboys

La informalidad de los pinboys, las ausencias sin aviso, los ritmos irregulares que alargaban las partidas, fue la irritación que terminó cambiando la historia del deporte. Gottfried Schmidt, ingeniero de profesión, llegó a un punto de quiebre con su bolera local y decidió construir él mismo una solución.
Sus primeros intentos no tenían nada de sofisticado: probó el sistema de agarre y succión con macetas de hojalata vacías y pantallas de lámparas que adaptó a mano. La empresa Brunswick rechazó el invento. Pero la American Machine and Foundry Company (AMF) vio lo que Brunswick no supo ver y compró la patente.
PUBLICIDAD
La Segunda Guerra Mundial frenó el proyecto, pero en 1946 la AMF presentó públicamente el sistema mecánico para el bowling. En 1951, la primera bolera comercial totalmente automatizada abrió sus puertas en Michigan, sin un solo chico apostado en el foso. El oficio de los pinboys, que había durado más de medio siglo, desapareció en silencio, sin obituario.
Cómo cambió el ambiente de las boleras

Lo que vino después fue una mutación completa del ambiente. Sin la dependencia de trabajadores que fallaban o que, simplemente, preferían no presentarse, las boleras se convirtieron en locales limpios, predecibles y accesibles a un público que antes los evitaba. Las mujeres, que prácticamente no pisaban esos espacios, comenzaron a organizarse en ligas propias.
PUBLICIDAD
Las familias incorporaron la bolera a los planes del fin de semana. Los años 50 y 60 sellaron la transformación: asientos de colores, sistemas de retorno de bolas a juego, letreros de neón y el bowling convertido en uno de los entretenimientos más populares de la cultura estadounidense de posguerra.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
El misterioso robo de una joya de diamantes de la emperatriz Sissi
Gerald Blanchard sustrajo la pieza durante una exposición en el palacio de Schönbrunn, en 1998, y el engaño pasó inadvertido

La vida del niño que sobrevivió a 17 operaciones tras un choque en Pinamar: la pediatra que lo salvó y la lucha que aún no termina
A casi diez meses del horror donde temió lo peor, habla Macarena Collantes, la mamá de Bastian Jerez, el niño que en el verano sufrió un grave accidente en los médanos de Pinamar: “Cuando lo vi primera vez los médicos no daban esperanza de vida. Y hoy la estamos celebrando”

Dos décadas de planes, 120.000 donantes y un ingeniero llamado Eiffel: la historia de la construcción de la Estatua de la Libertad
El monumento más simbólico de Estados Unidos, inaugurado hace 140 años, estuvo a punto de quedarse sin pedestal por falta de fondos. Una campaña periodística y un poema cambiaron el rumbo del proyecto

Pobre Reynaud: cómo el creador del primer dibujo animado terminó arrojando sus películas al Sena e internado en un psiquiátrico
El 28 de octubre de 1892, el inventor francés presentó en París “Pobre Pierrot”, una animación con imágenes pintadas a mano que fascinó al público durante años. Pero la llegada del cinematógrafo de los hermanos Lumière cambió su suerte para siempre. De las cinco obras que creó, solo dos sobrevivieron a su ira. En homenaje a Charles-Émile Reynaud, hoy se celebra el Día Mundial de la Animación

Un tiburón le amputó el brazo a los 13 años, pero reaprendió a surfear y hoy integra el Salón de la Fama, la historia de Bethany Hamilton
El ataque ocurrió en 2003 en la playa de Tunnels, en Kauai, y la deportista retomó las competencias semanas después con una tabla adaptada, venció a campeonas mundiales en el circuito profesional y actualmente reparte su tiempo entre el océano, la familia y su fundación




