
Una copa de licor y un cigarrillo. Eso fue lo que pidió el inmigrante tunecino Hamida Djandoubi la madrugada del 10 de septiembre de 1977, minutos antes de ser ejecutado en la guillotina montada en el patio de la prisión de Baumettes, en Marsella. Había agotado todos los recursos legales para que se le conmutara la condena a muerte y hasta último momento esperó un indulto que el presidente Valéry Giscard d’Estaing se negó a firmar. Era culpable de un crimen brutal: el secuestro, la tortura y el asesinato de su antigua novia, Elisabeth Bousquet, por el cual la prensa francesa lo había calificado como “un alma demoníaca”, y por eso su cabeza debía rodar separada de su cuerpo por la cuchilla.
A mediados de la década de los ‘70 la sociedad francesa estaba dividida sobre la aplicación de la pena capital y el uso de la guillotina para consumarla. “Yo era parte de un grupo que hacía campaña a favor de su abolición, pero íbamos en contra de la mayoría. Si se hubiese realizado un referendo en torno al tema, el uso de la guillotina habría ganado”, contó años después de la abolición el abogado Henry LeClear, uno de los más activos militantes de la época contra la pena de muerte.
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La ejecución de Djandoubi, un joven extranjero que había perdido una pierna en un accidente laboral, cambió esa tendencia, en parte debido a algunos detalles estremecedores que al trascender impactaron fuertemente en la opinión pública. “La noche en la que estaba previsto que se efectuara la sentencia, yo no pude dormir… sólo pensaba en que se iba a asesinar a una persona. Lo que hizo fue una atrocidad y, para muchos, eso justificaba la ejecución, pero la discapacidad de Djandoubi hizo que todo fuera peor. Tenía una prótesis en la pierna como consecuencia de un accidente laboral. Pero para la decapitación se la quitaron, así que tuvo que ir de rodillas a la guillotina", le contó hace unos hace unos años a BBC Mundo Nicole Pollak, la hija del abogado que estuvo a cargo de la defensa del condenado.
La jueza Monique Mabelly, convencida activista contra la pena capital, se obligó a asistir a la ejecución para poder describir en primera persona la brutalidad del método. “Cuando los guardias abrieron la puerta, se vio la guillotina. Y al lado, una cesta. Por modestia, me volteé en el momento en el que la cuchilla iba a caer. Cuando volví a ver, todo estaba lleno de sangre”, escribió en un artículo que publicó pocos días después.
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Esos y otros testimonios terminaron de definir el debate que ya estaba abierto y cuatro años después, el 9 de octubre de 1981, durante el gobierno del socialista Francois Mitterrand, Francia abolió la pena de muerte. Al aprobarse la ley, el ministro de Justicia Robert Badinter dijo a los diputados reunidos en la Asamblea: “Mañana, gracias a ustedes, la justicia francesa ya no será una justicia asesina. Mañana, gracias a ustedes, no habrá más ejecuciones furtivas en las cárceles francesas al amanecer, bajo el dosel negro, para nuestra vergüenza común. Mañana, las páginas sangrientas de nuestra justicia se pasarán”.
Así, el nombre de Hamida Djandoubi pasó a la historia como el del último reo ejecutado con la guillotina, una maquina letal creada precisamente en Francia para matar de manera supuestamente humanitaria y en nombre de la igualdad.
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La revolución y la muerte
La guillotina como método de ejecución nació con la Revolución Francesa y su uso fue propuesto por el cirujano Joseph Ignace Guillotin, diputado en la Asamblea Nacional, que la recomendó para evitar sufrimientos inútiles a los condenados a muerte. El artefacto tradicional consistía en un armazón de dos montantes verticales unidos en su parte superior por un travesaño denominado sombrero (chapeau), que sostenía en alto una cuchilla de acero con forma triangular con un lastre (mouton) de plomo de más de 60 kilogramos en su parte superior. En su parte inferior tenía un cepo de dos medias lunas (fenêtre), de las cuales la superior era móvil. Justo detrás de la máquina había una plancha de madera que actuaba como báscula. Al caer la hoja, el condenado moría decapitado en apenas un instante.
La Asamblea Nacional adoptó su uso con la intención de que la pena de muerte “fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”, porque hasta la revolución sólo los miembros de la aristocracia tenían el privilegio de ser ajusticiados sin agonía: eran decapitados con una espada o un hacha, mientras que los plebeyos morían por ahorcamiento, estrangulación o, en el peor de los casos, al ser destrozados en la rueda.
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La primera ejecución con la guillotina se realizó el 25 de abril de 1792, cuando la hoja decapitó a Nicolas-Jacques Pelletier, un bandido de caminos condenado por robo a mano armada. A las tres y media de la tarde, Pelletier fue conducido al cadalso vistiendo una camisa roja, el atuendo típico de alguien condenado por asesinato. La gran multitud pronosticada por Roederer ya estaba allí, esperando ansiosa ver el novedoso invento en acción. La guillotina, que también era roja, había sido preparada con antelación y el verdugo actuó con rapidez. En cuestión de segundos, el ladrón tuvo el cuello apoyado en el cepo y la hoja cayó e hizo rodar su cabeza.
Como espectáculo, la ejecución de Pelletier fue un completo fracaso. La multitud se retiró descontenta por lo rápida que había sido, lo que la hacía muchos menos atractiva que los métodos anteriores. “¡Devuelvan nuestra horca de madera!”, se gritó desde el público. Así, en ese tan sencillo como vertiginoso acto, Nicolas Jacques Pelletier entró en la historia como el primer ejecutado con la guillotina. Las posteriores ejecuciones de Luis XVI y María Antonieta dejarían en claro que la máquina hacía que la muerte “fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”, como pretendía la Asamblea Nacional.
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La última ejecución pública
Durante los siguientes 147 años las ejecuciones con la guillotina fueron públicas, aunque con el correr del tiempo se comenzaron a hacer antes del amanecer para evitar que se reunieran multitudes para presenciarlas. Fue así hasta que el 17 de junio de 1939 un involuntario retraso provocó un escándalo que acabó con ellas. Ese día debía ser ejecutado, como siempre antes del amanecer, Eugen Weidmann, un asesino de origen alemán con varias muertes en su haber. Sin embargo, un hecho fortuito hizo que cuando finalmente el reo fue llevado con las manos atadas y el pecho descubierto fuera de las puertas de la prisión de Saint-Pierre, en el centro de Versalles, donde estaba montado el cadalso, el sol ya estaba alto y había unas seiscientas personas reunidas para presenciar el acto.
La demora se debió a que el verdugo designado, Anatole Deibler, un alemán con una impecable foja de servicios, había muerto el día anterior al fijado para guillotinar al delincuente. En su lugar, se nombró a otro verdugo, Jules-Henri Desforneaux, que llegó tarde porque se quedó dormido. Cuando la cuchilla decapitó a Weidmann, el sol iluminaba la escena con una clara luz matinal que permitió a los fotógrafos y al camarógrafo registrar todo el episodio y también el tumulto posterior, con la multitud burlando el cordón policial para llevarse los pañuelos y bufandas empapados en sangre como truculento recuerdo. Los diarios franceses del día siguiente mostraron en sus portadas fotos de la ejecución y del comportamiento de la multitud, con un impacto tal que luego fueron reproducidas por medios de otros países de Europa. En su crónica de los hechos, el Paris-Soir calificó al público de “repugnante” y de “rebelde”.
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El Gobierno —acusado de salvaje por los medios europeos— estaba avergonzado. La luz del día había permitido el registro fotográfico que mostró al mundo a un pueblo francés ávido de sangre derramada por el Estado. “Hasta entonces, había poco que decir sobre el espectáculo degradado de la ejecución pública. Tenían poco que decir sobre la violencia de la pena capital como tal. El problema que los persiguió era la multitud que se agolpaba en torno a la guillotina. La multitud ejecutante se convirtió en un misterio y una obsesión, objeto de vigilancia literaria, investigación parlamentaria, estudio científico y examen periodístico. Estos comentaristas vieron una multitud sin dignidad, una multitud llena de emociones malsanas, una multitud de morbosa curiosidad y juerga fuera de lugar. ¿Quién era esta multitud? ¿Qué emociones sintieron sus participantes ante el espectáculo del castigo?”, escribió el historiador Gregory Shaya.
Una fuente del Gobierno, consultada por Paris-Soir, debió admitir que la ejecución pública “lejos de servir como elemento disuasorio y tener efectos saludables en las multitudes, fomentó los instintos más bajos de la naturaleza humana y avivó el alboroto general y el mal comportamiento”. Una semana después, el decreto del presidente Lebron puso punto final a las ejecuciones públicas, pero no terminó con la pena capital ni con el uso de la guillotina, desde entonces confinada a los patios interiores de las prisiones, donde solo se admitía la presencia de magistrados, abogados, agentes de policía, el ministro religioso que pidiera el condenado y el médico que debía certificar la muerte.
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Durante los siguientes 38 años, desde la muerte de Eugen Weidmann el 17 de junio de 1939 hasta la de Hamida Djandoubi el 10 de septiembre de 1977, 119 personas fueron ejecutadas en privado con la guillotina en Francia. Cuando el gobierno socialista de Francois Miterrand abolió su uso, la máquina letal creada por el doctor Joseph Guillotin no se utilizaba en ningún país del mundo.
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