Corría el año 1968. Un joven francés de 18 años estaba sentado en la sala de espera de un dentista, en París, hojeando una revista mientras esperaba que lo atendieran. Ahí, entre anuncios y noticias que no le importaban demasiado, se topó con un artículo sobre un proyecto arquitectónico en Nueva York: dos torres gemelas, las más altas del mundo, que todavía ni siquiera estaban terminadas de construir. El artículo venía con un dibujo, una especie de boceto de cómo se verían esas dos torres una vez levantadas.
El joven se llamaba Philippe Petit. Y en ese instante, mirando ese dibujo en una revista vieja de una sala de espera, sintió algo que él mismo, muchos años después, describiría casi como un llamado. No una decisión, no un plan: un llamado. Tomó una lapicera y, sobre el dibujo de las dos torres, trazó una línea que las unía por arriba. Y ahí, sin saberlo todavía del todo, firmó una promesa consigo mismo que le iba a llevar seis años de su vida cumplir.
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Porque Philippe Petit no era arquitecto, ni ingeniero, ni tenía ningún interés particular en Nueva York. Philippe Petit era funambulista. Caminaba en cuerdas altas. Y lo que vio en ese dibujo no fue un edificio: fue un espacio vacío entre dos puntos, esperando que alguien lo cruzara.

Para entender lo que pasó después, hay que entender primero quién era este hombre. Petit se había criado en las afueras de París, un chico inquieto, expulsado de varios colegios, que aprendió malabares, magia y equilibrismo casi por su cuenta, mirando y practicando obsesivamente en parques y plazas. A los dieciocho años ya era una figura conocida en las calles de París: hacía sus números de funambulismo y de magia callejera frente a quien quisiera detenerse a mirar.
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Pero lo suyo no era el circo tradicional, con red de seguridad y contrato con un empresario. Lo suyo era otra cosa. Petit no quería actuar para el público que paga entrada y se sienta a mirar desde una butaca segura. Quería intervenir el espacio público mismo, de manera clandestina, sin permiso de nadie, y convertir un lugar cotidiano en un escenario imposible.
En 1971, tres años después de aquel dibujo en la revista, cruzó caminando por un cable tendido entre las dos torres de la Catedral de Notre Dame, en París. Sin autorización. De noche, entrando a escondidas, armando el cable con la ayuda de un puñado de amigos cómplices. A la mañana, los parisinos se despertaron con un hombre caminando en el aire, muy por encima de sus cabezas, entre las torres de una de las catedrales más importantes de Europa.
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Dos años después, en 1973, repitió la hazaña en otro lugar imposible: el puente de la Bahía de Sídney, en Australia. Otra vez sin permiso. Otra vez de noche, con un pequeño equipo de cómplices, burlando la seguridad, tendiendo un cable entre dos de los pilones del puente.
Notre Dame y Sídney fueron, en cierto sentido, sus ensayos generales. Porque lo que tenía en la cabeza desde ese dolor de muelas en 1968 era otra cosa. Algo más grande. Literalmente.
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Las Torres Gemelas del World Trade Center, quiero recordarlo, todavía se estaban construyendo cuando Petit las vio dibujadas por primera vez. Iban a tener más de 400 metros de altura. Iban a ser, durante un tiempo, los edificios más altos del planeta. Y estaban separadas entre sí por una distancia de más de 40 metros de vacío.
Petit empezó a viajar a Nueva York. A estudiar los edificios. A colarse en las obras en construcción disfrazado de operario, con casco y ropa de trabajo, para subir a los techos y tomar medidas, calcular distancias, entender cómo era el viento a esa altura, dónde se podría anclar un cable. Durante seis años se dedicó, casi en secreto, a planear lo que él mismo bautizó, en francés, como “le coup”: el golpe.
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No era solamente un desafío técnico, aunque técnicamente era altísimo el desafío: había que tender un cable de acero de casi 200 kilos de peso entre dos edificios que todavía no estaban ni siquiera unidos por ningún puente, ningún andamio, nada. Había que hacerlo de noche, sin ser descubiertos por la seguridad del edificio. Había que subir el equipo, pieza por pieza, por escaleras y ascensores de obra, evitando a los guardias. Y después había que lograr pasar el cable de una torre a la otra: lo hicieron con arco y flecha, disparando primero un hilo de pesca desde un techo al otro, que después se fue reemplazando por cuerdas cada vez más gruesas hasta llegar al cable de acero definitivo.
Petit armó un equipo de cómplices: algunos amigos franceses de toda la vida, otros que había conocido en Nueva York y que, por distintas razones —curiosidad, amistad, la pura locura de ser parte de algo así— aceptaron meterse en esto con él. La noche del 6 de agosto de 1974 se dividieron en dos grupos, uno para cada torre, y subieron disfrazados de obreros de la construcción hasta los techos, cargando todo el equipo pieza por pieza.
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Trabajaron durante horas, en la oscuridad, a más de 400 metros de altura, tendiendo el cable entre las dos torres. Hacia el amanecer del 7 de agosto de 1974, ya estaba listo.

Y entonces, alrededor de las 7 de la mañana, con Nueva York recién despertándose allá abajo, Philippe Petit se paró en el borde de una de las torres, con una larga pértiga de balance entre las manos, vestido de negro, y dio el primer paso sobre el cable.
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Pensemos en esto un segundo. No había red de seguridad. No había arnés. No había ningún tipo de sujeción a su cuerpo. Había un cable de acero de 2,5 centímetros de ancho, tendido entre dos edificios, a más de 400 metros sobre el nivel de la calle. Y un hombre, parado sobre ese cable, con el viento moviéndolo apenas, mirando hacia adelante.
Durante los siguientes 45 minutos, Petit no solamente cruzó de una torre a la otra. Cruzó ocho veces. Fue y vino, una y otra vez, como si estuviera jugando, como si aquello no fuera un cruce desesperado sino una actuación pensada para durar, para disfrutarse. En un momento se arrodilló sobre el cable. En otro se acostó, boca arriba, suspendido en el vacío, y se quedó ahí, mirando el cielo. Saludó, hizo reverencias hacia la multitud que se había empezado a juntar abajo, en la calle, sin poder creer lo que estaban viendo.
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Mucho después, ya siendo un hombre mayor, Petit contaría que en un momento de esa caminata se detuvo, se sentó sobre el cable, y simplemente se quedó mirando el paisaje. Dijo algo que a mí, personalmente, me parece una de las frases más hermosas que se pueden decir sobre el vértigo: que en ese instante pensó que nadie en el mundo, nunca antes, había caminado tan alto. Y que nadie, nunca, iba a volver a ver lo que él estaba viendo en ese momento, desde ese lugar exacto.
Y tenía razón. Porque esas torres ya no existen.

Cuando finalmente Petit decidió terminar su actuación y bajar del cable, lo estaba esperando la policía. Lo arrestaron ahí mismo, arriba, en el techo. Lo bajaron, lo llevaron a evaluación psicológica —porque, entendámoslo, para las autoridades esto no tenía ninguna explicación racional posible— y lo procesaron por invasión de propiedad y alteración del orden público.
Pero pasó algo curioso, algo que dice mucho sobre lo que había significado ese cruce para la gente de Nueva York. Los cargos en su contra terminaron siendo retirados a cambio de una sola condición: que Petit hiciera una actuación pública, gratuita, para los neoyorquinos, en Central Park. Y así fue. La ciudad que lo había arrestado esa misma mañana terminó pidiéndole que volviera a caminar sobre un cable, esta vez a la luz del día, para todos.
Con el tiempo, la Autoridad Portuaria que administraba las Torres Gemelas —la misma institución cuya seguridad Petit había burlado con tanta audacia— le otorgó un pase vitalicio para subir gratis al mirador de observación de las torres. Como diciendo, en el fondo: lo que hiciste fue una locura, pero también fue, de alguna manera, un regalo.

¿Por qué contarles esto hoy? Yo creo que la historia de Philippe Petit nos habla de algo que va mucho más allá de un cable y dos edificios.
Nos habla, primero, de la obsesión como forma de amor. Seis años de estudio, de viajes, de disfraces, de planificación meticulosa, todo puesto al servicio de un sueño que ni siquiera tenía una recompensa económica ni una utilidad práctica. Petit no cruzó las torres para ganar dinero, ni fama inmediata, ni ningún objetivo medible. Lo hizo porque necesitaba hacerlo. Porque un dibujo en una revista, un día cualquiera, le había hablado de una manera que él no podía ignorar.
Nos habla también de una relación distinta con el miedo. Petit decía que él no sentía miedo cuando caminaba en el cable, porque ponía toda su mente y todo su cuerpo en el acto de estar vivo, en el acto de mantener el equilibrio. El miedo, para él, no desaparecía por valentía bruta, sino por concentración absoluta en el presente. Ese instante, y nada más que ese instante.
Y nos habla, finalmente, de algo que tiene que ver con la belleza inesperada. Nueva York, en 1974, era una ciudad dura, con problemas económicos serios, con una imagen bastante golpeada. Y de repente, una madrugada, miles de personas levantaron la vista y vieron algo que no tenía ninguna lógica utilitaria: un hombre caminando en el aire, por el puro placer de hacerlo, por el puro desafío de demostrar que era posible.
Las Torres Gemelas ya no están. Cayeron el 11 de septiembre de 2001, en una de las tragedias más grandes de la historia reciente, y con ellas se llevaron miles de vidas. Pero durante 45 minutos, casi treinta años antes de esa tragedia, esas mismas torres fueron escenario de otra cosa completamente distinta: fueron el lugar donde un hombre demostró que, a veces, el espacio vacío entre dos puntos no es un obstáculo. Es una invitación.
Petit, hoy, con más de 70 años, sigue caminando en cables. Y cuando le preguntan por qué, contesta más o menos lo mismo que contestaría cualquier persona que alguna vez sintió que algo, en algún lugar, la estaba llamando: “Ellos me llamaron a mí. Yo no los elegí”.
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