
La mañana del 5 de septiembre de 1975, Gerald Ford caminaba por Sacramento, California, rumbo al Capitolio estatal. El presidente de Estados Unidos avanzaba entre personas que se habían acercado para verlo, estrecharle la mano y saludarlo. Era una escena habitual del mandatario que buscaba mostrarse cercano después de los años turbulentos de Richard Nixon.
Entonces apareció una joven. Tenía 26 años. Llevaba el cabello rojizo, vestía una llamativa túnica colorada y ocultaba una pistola semiautomática Colt calibre .45. Se llamaba Lynette Alice Fromme, aunque casi todo el mundo la conocía por su apodo: “Squeaky”.
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Con sigilo consiguió acercarse a pocos pasos, sacó el arma, le apuntó y apretó el gatillo, pero el disparo no salió. Un agente del Servicio Secreto, Larry Buendorf, reaccionó inmediatamente, le sacó el revólver y redujo a Fromme. La explicación que apareció después fue tan increíble como el episodio: la pistola tenía munición, pero no había un cartucho en la recámara, por eso no se disparó.
Sin embargo, aquel detalle no convertía el episodio en una simple escena absurda. Porque ella había llegado a estar cara a cara con el presidente y pudo haberlo matado. Detrás de esa mujer había una historia que llevaba directamente al corazón de uno de los grupos criminales más célebres y perturbadores de la historia estadounidense: la familia Manson.
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Antes de Charles
Lynette Alice Fromme había nacido el 22 de octubre de 1948 en Santa Monica, California, en una familia de clase media. Durante su infancia tuvo una faceta muy diferente de quien años después aparecería en las primeras páginas de los diarios. De niña participó en un grupo de baile que llegó incluso a actuar en televisión y hasta en la Casa Blanca.
Pero durante su adolescencia comenzó a atravesar problemas familiares y personales. Su vida se fue desordenando y terminó abandonando el hogar. A mediados de la década de 1960 conoció a Charles Manson. Ese encuentro cambiaría su vida.
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Manson todavía no era el personaje que después ocuparía las portadas de todo el mundo, sino un hombre carismático, manipulador y capaz de atraer a jóvenes que buscaban escapar de sus familias, de las reglas sociales y de una realidad que consideraban opresiva. Fromme quedó fascinada con su personalidad y se convirtió en una de sus seguidoras más fieles.
Él creó alrededor suyo una comunidad que sería conocida como “La Familia”, un grupo que terminó instalado en el Spahn Ranch, en las afueras de Los Ángeles. Allí, Fromme ocupó un lugar cada vez más cercano al líder. El apodo “Squeaky” -por su voz aguda- quedó asociado para siempre a ella.
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Los temidos Manson
Esa familia representó a los criminales más siniestros de la California de fines de los años sesenta. En agosto de 1969, seguidores de Manson mataron a la actriz Sharon Tate y a otras personas en una casa de Los Ángeles. Al día siguiente fueron asesinados Leno y Rosemary LaBianca. Los crímenes conmocionaron a Estados Unidos. Manson y varios de sus seguidores terminaron detenidos y juzgados.
Fromme no participó en los crímenes de Tate y LaBianca, pero permaneció profundamente vinculada a Manson. Mientras se desarrollaba el juicio, se convirtió en una presencia habitual frente al tribunal y defendió públicamente a su líder. Su fidelidad llegó a tal punto que, después de que él fuera condenado, continuó siguiéndolo simbólicamente mientras era trasladado de una prisión a otra. No había roto la relación, al contrario.
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Su vida parecía organizada alrededor de la defensa de Manson y de las ideas que había aprendido dentro de la Familia. Fue justamente esa devoción la que empezó a mezclarse con otra causa: la preocupación por el medio ambiente. A comienzos de la década de 1970, Fromme comenzó a concentrarse en la situación de los bosques de California, particularmente en las gigantescas secuoyas. La cuestión ambiental pasó a ocupar un lugar central en sus discursos. Pero también continuaba pensando en Manson y en sus compañeros encarcelados.
Cuando Richard Nixon renunció a la presidencia en agosto de 1974 por el escándalo Watergate, Gerald Ford asumió el cargo. Había sido designado vicepresidente por el propio Nixon y, una vez en la Casa Blanca, tomó una decisión que Fromme interpretó como una traición: el indulto presidencial. En su propia lógica representaba al hombre que permitía que el ex mandatario escapara de las consecuencias judiciales.
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Al mismo tiempo, ella había llegado a convencerse de que el gobierno no estaba haciendo lo suficiente para proteger los bosques. Y esos elementos se mezclaron. La joven comenzó a pensar en una acción que tuviera un enorme impacto público. Y el objetivo sería el presidente.
La mañana del 5 de septiembre
Ford estaba en Sacramento para reunirse con el gobernador de California, Jerry Brown. Había salido de un hotel y caminaba hacia el Capitolio estatal. Como ocurría habitualmente, varias personas se reunieron a su alrededor mientras se detenía a saludar. En ese momento, Fromme apareció entre la multitud y logró acercarse a una distancia extremadamente corta. El presidente recordó años después que vio a una mujer vestida de manera llamativa entre la gente y no tuvo tiempo de comprender qué estaba sucediendo. Entonces, Fromme sacó la Colt, la dirigió hacia él y presionó el gatillo. El arma no disparó.
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Ford fue llevado inmediatamente a un lugar seguro. La mujer terminó neutralizada antes de que pudiera volver a tirar. La imagen del episodio recorrió el país. La escena parecía pertenecer a una película. La primera impresión fue que Fromme había cometido un error fundamental. La pistola tenía munición, pero no había un cartucho en la recámara. Con el tiempo, ella misma sostuvo que lo había extraído deliberadamente antes de salir de su casa. Investigadores encontraron posteriormente un cartucho calibre .45 en su vivienda.
Este detalle alimentó una pregunta que acompañó al caso durante años: ¿realmente había querido matar a Ford? Su respuesta fue cambiante y, en algunos aspectos, contradictoria. En declaraciones posteriores insistió en que su objetivo fue “llamar la atención” sobre determinadas causas y conseguir que se revisara la situación de Manson y sus seguidores.
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En una entrevista publicada poco después del episodio, llegó a decir que no pretendía tirar, sino provocar una reacción. Pero eso no eliminaba el hecho fundamental: se paró con un arma cargada ante el presidente, le apuntó y apretó el gatillo. Para la Justicia, eso era suficiente.
El juicio
Fromme fue acusada y el caso llegó a los tribunales. Desde el comienzo, su comportamiento fue poco convencional. Quiso participar activamente en su propia defensa y terminó enfrentándose con abogados y con el juez. El magistrado Thomas J. MacBride le permitió ejercer su derecho, aunque designó al abogado John Virga para asistirla. El proceso fue tan extraño como el personaje que estaba siendo juzgado, porque no se comportaba como una acusada interesada en obtener una absolución. Interrumpía todo el tiempo, se enfrentaba con el tribunal y se negaba a colaborar. En el tramo final llegó incluso a ausentarse de una parte de su propio juicio.
El tribunal terminó condenándola por el intento de asesinar al presidente. El veredicto llegó en noviembre de 1975. La sentencia fue cadena perpetua. Pero la historia todavía estaba lejos de terminar. El episodio más insólito ocurrió durante la audiencia condenatoria. Ella seguía enfrentada con los jueces y con el fiscal federal Duane Keyes, a quien en medio de la audiencia le arrojó una manzana. El proyectil improvisado le dio en el rostro y le hizo caer los anteojos.

La escena resumió de manera casi grotesca su comportamiento durante todo el proceso: incluso cuando ya sabía que enfrentaba una condena de por vida, continuaba desafiando a quienes tenían autoridad sobre ella. El magistrado finalmente confirmó la pena máxima y Fromme terminó presa, por entonces tenía 27 años.
El segundo intento contra Ford
El episodio adquirió una dimensión todavía más extraordinaria apenas 17 días después. El 22 de septiembre de 1975, Gerald Ford volvió a ser blanco de un intento de asesinato. Esta vez ocurrió en San Francisco. La atacante fue Sara Jane Moore, una mujer que llevaba un revólver calibre .38 y disparó contra el presidente cuando salía del St. Francis Hotel, pero el tiro no alcanzó al mandatario.
Un hombre que se encontraba entre la multitud, Oliver Sipple, reaccionó al advertir el arma y logró desviar el brazo de Moore. Así, Ford salió nuevamente ileso. En menos de tres semanas sobrevivió a dos intentos homicidas. La coincidencia hizo que la seguridad presidencial comenzara a ser revisada y que las apariciones públicas fueran controladas con mayor atención.

Fromme pasó los siguientes años tras las rejas. En 1979 la trasladaron después de atacar a otra presa con un martillo. Fue a parar a la prisión federal de mujeres de Alderson, en Virginia Occidental. Durante un tiempo rechazó la posibilidad de presentarse ante una junta de libertad condicional. Su fidelidad a Manson tampoco desapareció completamente.
En diciembre de 1987 ocurrió otro episodio extraordinario. Logró escapar cuando ya tenía 39 años. La fuga provocó una búsqueda que involucró a autoridades federales, estatales y locales. Permaneció aproximadamente 40 horas fuera de la prisión hasta que fue localizada el día de Navidad, a unos pocos kilómetros del lugar. La explicación que manejaron las autoridades estaba relacionada con un rumor: Fromme habría escuchado que Manson padecía cáncer y quería acercarse a él.
Fue capturada y posteriormente condenada por la fuga, lo que terminó ampliando la pena y agregando tiempo a su permanencia en prisión. Así las cosas, pareció que terminaría muriendo tras las rejas. Pero en 2008 obtuvo la libertad condicional, aunque se retrasó porque todavía debía cumplir la pena adicional derivada de su fuga. El 14 de agosto de 2009, a los 60 años, logró abandonar el Federal Medical Center Carswell, en Fort Worth, Texas, luego de casi 34 años desde aquella mañana en Sacramento.
Su salida no produjo el mismo impacto que su arresto. No hubo multitudes ni cámaras siguiendo sus movimientos durante días. El país había cambiado. La Familia Manson pertenecía a otra época. Charles, su siniestro líder, estaba preso y moriría en 2017. Con el paso del tiempo, Lynette “Squeaky” Fromme quedó asociada inevitablemente a aquella imagen de septiembre de 1975, cuando la historia pudo haber terminado de manera trágica, como tantas otras veces.
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