
Gavin Cato y su prima Angela Cato, dos niños afrodescendientes de 7 años, jugaban en la vereda de su casa, en la esquina de Utica Avenue y President Street, cuando ocurrió la tragedia. Gavin, de 7 años, intentaba arreglar la cadena de su bicicleta cuando un automóvil tipo rural se desvió hacia la vereda, los embistió y los dejó atrapados contra la pared de un edificio. El niño murió en el acto; la pequeña sobrevivió con heridas de extrema gravedad.
El vehículo era conducido por Yosef Lifsh y formaba parte de una caravana que acompañaba al rabino Menachem Mendel Schneerson, líder del movimiento Chabad-Lubavitch. Los primeros en llegar al lugar fueron del servicio de emergencias privado de la comunidad judía (Hatzolah), que seguía de cerca a la caravana. Ante el temor de que fueran atacados por los vecinos que comenzaban a reunirse, la policía de Nueva York les ordenó retirar inmediatamente al conductor y a los ocupantes del automóvil para protegerlos. Esa decisión fue interpretada por los vecinos como deliberada y priorizar la asistencia a los judíos mientras los niños heridos seguían esperando la llegada de la ambulancia municipal.
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Tras el accidente, la tensión se extendió por Crown Heights, un dividido barrio de Brooklyn donde convivían comunidades negras y judías. Esa misma noche fue atacado a puñaladas el estudiante judío ortodoxo Yankel Rosenbaum, que murió horas después, desatando tres días de caos, enfrentamientos y saqueos.

La tragedia que encendió la tensión
El accidente ocurrió alrededor de las 20:20 del 19 de agosto de 1991. Yosef Lifsh, de 22 años, manejaba una camioneta con tres pasajeros por la calle President, siguiendo de cerca la caravana del rabino Menachem Mendel Schneerson, el líder espiritual mundial del movimiento judío jasídico Chabad-Lubavitch. Cada semana, el Rebe realizaba este trayecto de regreso de su visita al cementerio de Queens donde descansaba su esposa. Para la comunidad jasídica local, el Rebe era una figura de máxima reverencia; por eso, sus traslados contaban con una escolta policial no oficial del Departamento de Policía de Nueva York que abría paso de forma rápida y preferencial por las avenidas de Brooklyn.
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Minutos antes de esa hora, la procesión principal había cruzado la avenida Utica con luz verde, pero el automóvil de Lifsh quedó rezagado. Para no perder de vista al resto de la comitiva, el conductor de 22 años cruzó la intersección cuando el semáforo ya estaba en rojo: chocó contra otro auto que circulaba de manera correcta por la avenida Utica, perdió el control, se desvió hacia la vereda y tiró un pesado pilar de piedra de unos 275 kilos. El auto siguió sin control hasta alcanzar a Gavin y Angela, quienes jugaban frente a su casa. Los dejó atrapados y aplastados contra la estructura del edificio.
Semanas después, al testificar bajo juramento ante el Gran Jurado de Brooklyn, Lifsh dijo que había intentado desviar su vehículo para evitar a los adultos que estaban en la vereda y que asumió que tenía prioridad de paso debido a la presencia de la escolta policial que guiaba la comitiva. También declaró que, inmediatamente después del impacto, su intención había sido socorrer a los niños, pero que a los pocos minutos del choque, la escena había quedado rodeada por decenas de vecinos afrocaribeños y que la situación comenzó a volverse hostil.
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A los tres minutos del impacto, llegaron los voluntarios de Hatzolah, el servicio médico privado que seguía habitualmente la caravana del Rebe. Según sus testimonios y los informes policiales, encontraron a Lifsh en el suelo siendo golpeado por una multitud enfurecida; sin embargo, los residentes del barrio sostuvieron una versión opuesta: afirmaron que el conductor intentaba dar marcha atrás para huir y que la comunidad lo retuvo para evitar que se diera a la fuga. Ante lo que la policía evaluó como un riesgo inminente de linchamiento, dos oficiales y un técnico municipal ordenaron explícitamente a los paramédicos de Hatzolah retirar al conductor y a sus acompañantes de la escena para protegerlos.
Pero para los vecinos esa evacuación significó un acto de absoluto desprecio contra la comunidad afrocaribeña, denunciando que los socorristas judíos ignoraron deliberadamente los gritos de auxilio y se negaron a tocar o asistir a los niños heridos. Mientras la ambulancia privada se retiraba con los ocupantes del auto intactos, fueron los propios vecinos quienes lograron liberar el cuerpo de Gavin de debajo del vehículo. El niño fue trasladado poco después en una ambulancia municipal al Kings County Hospital, donde fue declarado muerto debido a las heridas masivas en su tórax.
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Esa decisión de evacuar al conductor judío antes de asegurar el traslado de los niños negros tuvo un impacto devastador e inmediato en el barrio. Entre los residentes afrocaribeños se extendió el rumor de que los servicios de emergencia del Rebe habían ignorado deliberadamente a los niños moribundos para priorizar y salvar a uno de los suyos. Esta interpretación de los hechos subrayó los casos de discriminación y abandono institucional que la comunidad negra denunciaba a diario desde hacía años, encendiendo la indignación que esa misma noche desbordó por completo el control de las autoridades.

La violencia en las calles de Crown Heights
La muerte de Gavin y las versiones sobre el supuesto abandono de los socorristas se propagaron como pólvora por las calles de Crown Heights. Mientras avanzaba la noche, crecieron las concentraciones de vecinos afrocaribeños indignados y llegaron los primeros enfrentamientos con la policía. Hubo botellas y piedras arrojadas contra algunos patrulleros y vehículos particulares, mientras grupos de jóvenes caminaban hacia los sectores del barrio con mayor presencia de residentes ortodoxos. La tensión escaló cuando comenzaron las discusiones sobre el accidente de tránsito, cosa que sacó a la luz una herida social acumulada durante décadas.
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Según residentes afrodescendientes, la manera en que trataron a Gavin y Angela confirmaba la percepción que tenían sobre las prioridades de las instituciones y de las fuerzas de seguridad: se quejaban por el control de la vivienda, denunciando que las organizaciones jasídicas usaban su peso político para acaparar subsidios públicos y adquirir propiedades en bloque, desplazando así a las familias negras y restringiéndoles el acceso al alquiler. Esta disputa por el espacio, sumada a la competencia por los recursos públicos en medio de una severa crisis económica y al rechazo histórico hacia la Shmira, una patrulla de seguridad civil judía que actuaba en las calles y que la comunidad negra denunciaba como una fuerza de vigilancia opresiva y privilegiada por las autoridades, terminó por dinamitar la convivencia.
Cerca de la medianoche, unas tres horas después del choque, el enojo vecinal derivó en el asesinato de Yankel Rosenbaum, un estudiante australiano y judío ortodoxo de 29 años, que fue rodeado por unos jóvenes en la intersección de la avenida Brooklyn y calle Presidente. Rosenbaum estaba temporalmente en Nueva York realizando una investigación doctoral sobre el Holocausto y era ajeno a la muerte de Gavin, pero su vestimenta tradicional lo convirtió en el blanco. El estudiante recibió cuatro puñaladas en la espalda. Antes de ser trasladado al hospital, logró identificar al adolescente afroamericano Lemrick Nelson Jr., de 16 años, como uno de sus agresores ante los policías que dispersaron la zona.
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A partir de este brutal ataque, ambas comunidades chocaron de forma irreconciliable. Desde la perspectiva judía, el asesinato de Rosenbaum fue denunciado unánimemente como un ataque antisemita; mientras que, desde la perspectiva de algunos dirigentes y sectores de la comunidad afrocaribeña se sostuvo que, si bien la violencia contra un civil era trágica, el ataque no nació de un antisemitismo organizado, sino que fue la reacción caótica y desesperada de una juventud marginada que vio en cualquier miembro de la comunidad jasídica un símbolo viviente del poder institucional que los oprimía a diario. Además, los líderes negros cuestionaron la validez de la investigación sobre esa muerte, argumentando que la detención de Nelson estuvo plagada de irregularidades policiales y que el joven fue utilizado como un chivo expiatorio rápido para calmar la presión política y judicial.
Rosenbaum murió en las primeras horas del 20 de agosto, sumando una nueva capa de negligencia al conflicto cuando se supo que el médico del Kings County Hospital no detectó inicialmente una de las heridas de arma blanca en su espalda, provocando una hemorragia interna fatal que se pudo haber evitado.
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Esta muerte convirtió la violencia que había comenzado tras el accidente en una crisis incontrolable, profundizando el pánico entre los residentes judíos, que acusaron al alcalde afroamericano, David Dinkins, de ordenar a la policía no intervenir para proteger a su propia base de votantes. Durante los días siguientes, Crown Heights se transformó en un escenario de hostilidad constante. Decenas de viviendas y automóviles fueron dañados, se saquearon comercios y muchos edificios fueron atacados. La policía de Nueva York se vio superada por la magnitud de un conflicto que ya no podía contener.

Las huellas de las heridas y el largo camino del acercamiento
Los disturbios dejaron una fractura profunda en Crown Heights, pero también impulsaron los primeros esfuerzos organizados para recomponer la convivencia. Días después del caos desatado, Howard Golden, presidente del distrito de Brooklyn, reunió a dirigentes negros y judíos y promovió la creación de la Coalición de Crown Heights, un espacio destinado a discutir los conflictos del barrio y reducir la desconfianza entre ambas comunidades.
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La coalición fue encabezada por Edison O. Jackson, presidente de Medgar Evers College, y el rabino Shea Hecht. Durante aproximadamente una década hubo encuentros y proyectos destinados a favorecer el diálogo, entre ellos visitas conjuntas de dirigentes negros y judíos a escuelas públicas para responder las preguntas de los estudiantes sobre sus respectivas comunidades.
También hubo gestos concretos de cooperación. Una semana después de los disturbios, Hatzolah colaboró en la reparación de una ambulancia utilizada por un servicio voluntario de emergencias perteneciente a residentes negros. En los años siguientes se organizaron actividades deportivas y educativas que buscaban generar vínculos entre jóvenes y vecinos de ambos sectores.
En 1998, como parte de ese proceso, comenzó a funcionar el Centro de Mediación de Crown Heights para intervenir en conflictos locales. Las iniciativas no eliminaron las diferencias ni produjeron una interpretación compartida sobre lo sucedido, pero abrieron canales de comunicación que durante los disturbios prácticamente habían desaparecido.

Las diferencias sobre cómo recordar e interpretar aquellos días tampoco desaparecieron con el paso del tiempo. En 2001, familiares de Gavin Cato y Yankel Rosenbaum participaron de una conmemoración conjunta; en 2016, Carmel Cato y Norman Rosenbaum volvieron a reunirse para recordar a sus familiares. Dos décadas después de los disturbios, la participación en un panel de Al Sharpton, reverendo y dirigente afroamericano que había intervenido públicamente durante los acontecimientos de 1991, generó nuevas críticas, mientras él reconocía que algunas de sus palabras y su tono de entonces habían contribuido a exacerbar las tensiones.
Los sucesos violentos tampoco provocaron el éxodo de la comunidad judía del barrio Crown Heights después de 1991 sino que la población lubavitch aumentó en los años siguientes, ampliando además el área de residencia de la comunidad. Además, los esfuerzos de diálogo y mediación abrieron nuevas vías de convivencia entre las comunidades, aunque no borraron las heridas ni las distintas interpretaciones sobre lo ocurrido.
Para su familia y comunidad, la muerte de Gavin Cato quedó sin justicia: el conductor Yosef Lifsh no fue acusado penalmente por la muerte de Gavin. Un gran jurado de Brooklyn, integrado por diez jurados negros, ocho blancos y cinco hispanos, decidió no presentar cargos después de escuchar su testimonio. El fiscal de distrito sostuvo que, bajo la legislación vigente entonces en Nueva York, la mera pérdida de control de un vehículo no constituía por sí sola negligencia criminal, incluso cuando provocaba una muerte. Lifsh abandonó Estados Unidos y se estableció en Israel.
Años después, esa resolución sigue formando parte de la memoria de Crown Heights y de las distintas maneras en que sus comunidades recuerdan aquellos días.
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