
Un día después de cumplirse cincuenta y seis años de la primera publicación de Mafalda, murió el creador de la tira, Joaquín Salvador Lavado Tejón, conocido con el seudónimo de Quino. Tenía ochenta y ocho años y falleció el 30 de septiembre de 2020 en Mendoza, la ciudad donde había nacido. El Gobierno argentino decretó un día de duelo nacional en su honor al día siguiente de conocerse la noticia.
La editorial Ediciones de la Flor, la misma que publicó sus libros durante décadas, lanzó de inmediato una nueva edición integral titulada Todo Mafalda. Se agotó en cuarenta y ocho horas. Quino siempre se negó a ceder los derechos de su obra a una editorial internacional más grande y esa decisión se mantuvo hasta el final de sus días.
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Argentina declaró duelo nacional, la reedición completa de sus tiras se agotó en cuarenta y ocho horas y su viuda ya no estaba para acompañar el homenaje: Alicia Colombo, su esposa durante cincuenta y siete años, había muerto en 2017. Quino la sobrevivió apenas tres años, con problemas crecientes de glaucoma y una vida cada vez más retirada en Mendoza.
Ese regreso a su ciudad natal cerró un círculo. Había nacido allí el 17 de julio de 1932, aunque los registros consignan el 17 de agosto, según su página oficial. Sus padres, Cesáreo Lavado y Antonia Tejón, eran inmigrantes andaluces que murieron cuando él todavía era joven.
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Lo apodaron Quino desde chico para diferenciarlo de su tío, el pintor Joaquín, que se hizo cargo de él cuando quedó huérfano y lo alentó a dedicarse al dibujo. En su propia autobiografía, publicada en su sitio oficial, Quino recordó con humor esa infancia marcada por la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial.
Contó que de chico creció escuchando que “todos los españoles son personas estupendas” porque sus padres lo eran, hasta que a los cuatro años descubrió que había “españoles malísimos” matando a los buenos. El relato sigue ese tono: alemanes, italianos y curas malos por apoyar al bando equivocado, catalanes que dejaban de serlo, ingleses que pasaban de malos por las Malvinas y Gibraltar a buenos por enfrentar a los nazis.
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Su madre murió en 1945, cuando él tenía trece años. Ese mismo año se anotó en la Escuela de Bellas Artes de Mendoza, que abandonó en 1949 para dedicarse a la historieta y el humor gráfico.
En 1950 logró vender su primera historieta en una tienda de sedería. Un año después, con veinte cumplidos, viajó a Buenos Aires y empezó a recorrer redacciones de diarios y revistas sin conseguir trabajo estable. Recién en 1954 publicó su primera página en el semanario Esto Es.

De ahí en más encadenó colaboraciones en Leoplán, TV Guía, Vea y Lea, Damas y Damitas, Usted, Panorama, Adán, Atlántida, Che, Rico Tipo, Tía Vicenta, Dr. Merengue y el diario Democracia, entre otras publicaciones porteñas. También empezó a trabajar en dibujos publicitarios, el rubro que terminaría por darle su personaje más célebre.
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En 1963 publicó Mundo Quino, su primer libro recopilatorio de humor gráfico, con prólogo de Miguel Brascó. Fue el mismo Brascó quien, un año después, le propuso la idea que derivaría en Mafalda: una familia tipo con algo de Peanuts, algo de Blondie y algo de Little Lulú.
La empresa Mansfield le había encargado un personaje para publicitar el lanzamiento de una línea de electrodomésticos. La campaña nunca se realizó, pero Quino se quedó con la nena de pelo negro y preguntas incómodas. Eligió el nombre Mafalda porque le parecía, según relató el escritor Rodrigo Fresán, “un nombre alegre”. A Fresán le había dicho también que Mafalda era apenas “un mueblecito que me salió muy bien y que le gustó a todo el mundo”.
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La primera tira se publicó el 29 de septiembre de 1964 en el semanario Primera Plana, cuyo director era amigo de Quino. También circuló en Siete Días. Entre 1965 y 1967 pasó al diario El Mundo, desde donde alcanzó una popularidad que cruzó las fronteras de Argentina.

En 1966 apareció el primer libro recopilatorio de las tiras, editado por Jorge Álvarez. Los 5.000 ejemplares de esa primera tirada se agotaron en dos días. Tres años más tarde, en 1969, se publicó en Italia bajo el título Mafalda la contestataria, con prólogo del semiólogo Umberto Eco.
¿Quién era Mafalda? Una nena de seis años, bajita, de pelo negro despeinado, ojos grandes e inocentes y sonrisa amplia, que le hacía a los adultos preguntas incómodas. A su madre, mientras lavaba la ropa, le preguntaba “¿qué serías si tuvieras una vida?”; a su padre, “¿cómo es que en la familia del hombre todos quieren ser el padre?”.
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Un editor le había advertido a Quino, en los primeros años de la tira, que no hiciera chistes sobre religión, política ni militares. “Pero encontré otra manera de hablar de eso”, respondió Quino, de acuerdo con el diario. Con el correr de los años esos temas terminaron colándose de todos modos, camuflados detrás de las preguntas de una nena.
Mafalda odiaba la sopa y quería la paz mundial. Una selección de las tiras llegó también al inglés: el periodista Andrew Graham-Yooll las tradujo y las publicó en 2005.

Mafalda terminó traducida a más de 26 idiomas y tiene estatuas en Argentina, en España y en varios países de suramérica. En España, durante la dictadura del franquismo, la censura obligó a los editores a incluir en la tapa del primer libro una franja que la presentaba como una obra “para adultos”.
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El 25 de junio de 1973 se publicó la última tira de Mafalda. Quino explicó años después que no quería caer en la repetición: “Es lo mismo para muchos artistas, por ejemplo, ya tuve suficiente con la gente rellenita de Botero”, dijo en referencia al pintor colombiano.
También influyó el clima político de la región. “Después del golpe de Estado en Chile, la situación en América Latina se volvió muy sangrienta”, explicó el dibujante sobre el derrocamiento de Salvador Allende a manos de la sangrienta dictadura de Agusto Pinochet.
“Si hubiera seguido dibujándola, me habrían fusilado una o cuatro veces”, agregó Quino, en alusión a los ataques que sufrían artistas e intelectuales opositores a los regímenes militares que se establecieron en América latina a principios de los 70. Quino reconoció alguna vez que Mafalda “me arruinó un poco como dibujante”, porque lo forzó durante años a un estilo fijo, sin apenas evolución. También llegó a decir que, de haber seguido creciendo, Mafalda “habría sido una de las miles de desaparecidas” durante la dictadura, según escribió Fresán en su “vitalógica” (no necrológica) del dibujante.
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En marzo de 1976, días después del golpe de Estado que instauró la dictadura en Argentina, Quino se fue a vivir a Milán, Italia, junto a su esposa, Alicia Colombo, con quien se había casado en 1960. Permanecieron siete años en Italia y regresaron recién en 1983, con la restauración de la democracia.
La decisión no fue casual. Daniel Divinsky y Kuki Miler, la pareja que era dueña de Ediciones de la Flor que publicaba los libros apaisados de Mafalda, fue detenida por los militares en 1977. Tras la vuelta a la democracia, Quino repartió su vida entre Buenos Aires, Madrid y Milán.
Aunque se retiró del dibujo en 2006, Quino recibió distinciones hasta el final de su vida. En 1988 la ciudad de Mendoza lo nombró Ciudadano Ilustre y le entregó la llave de la ciudad. En 2009, en el marco de los preparativos de los festejos del Bicentenario argentino, recibió la primera Medalla del Bicentenario otorgada a una personalidad de la cultura.
El año 2014 fue el de mayor reconocimiento: el 22 de marzo, por los 50 años de la primera publicación de Mafalda, el embajador de Francia en Buenos Aires le entregó la Legión de Honor en el Salón del Libro de París. Dos meses después, el 21 de mayo, obtuvo en España el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Ese mismo año el Senado argentino le dio la mención “Senador Domingo Faustino Sarmiento” y la Universidad de Buenos Aires lo nombró Doctor Honoris Causa, distinción que también recibió de la Universidad Autónoma de Entre Ríos en 2017 y de la Universidad Nacional de Cuyo en 2019. En 1999 le habían dedicado además un asteroide, el 27.178.
Mafalda, mientras tanto, siguió apareciendo de manera esporádica para causas puntuales. Volvió para agradecerle al entonces presidente Raúl Alfonsín en 1988 y, en 2009, para criticar al primer ministro italiano Silvio Berlusconi desde las páginas del diario La Repubblica, según recordó Fresán. En 1984, junto al director de animación cubano Juan Padrón, Quino había creado además la serie de cortometrajes Quinoscopios.

Quino no tuvo hijos. La última vez que Fresán lo vio fue en 2017, en su departamento de Buenos Aires, junto al también dibujante Rep. Aunque ya casi no veía, Quino le confesó esa tarde que se le seguían ocurriendo chistes todo el tiempo, pero que intentaba “prohibírselo”.
Un dato curioso quedó registrado en el hermoso texto de Fresán: a medida que Quino perdía la vista, su dibujo se volvía más detallado y elaborado. El escritor argentino Alan Pauls definió alguna vez a Quino y a la escritora María Elena Walsh como “nuestros padres que nunca se divorciaron”, una frase que Fresán rescató en su despedida.
Fresán también contó una anécdota de su propia infancia: de niño, sus compañeros de colegio no le creían que Quino lo conocía desde que había nacido, hasta que el dibujante fue a buscarlo a la salida del colegio para confirmarlo delante de todos y repartió tiras de Mafalda dibujadas a mano.

Quino solía firmar sus libros rodeado de un cariño poco habitual para un dibujante. En la entrega del Premio Príncipe de Asturias en Oviedo, otro de los premiados, el escritor irlandés John Banville, quedó tan sorprendido por el afecto del público hacia Quino que preguntó qué había hecho para merecerlo.
Había hecho humor del bueno. Y a la buena de Mafalda y sus amigos. Algo inolvidable para generaciones alrededor del mundo.
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