
Dionisio Rodríguez Martín se llevó un furgón blindado cargado con 298 millones de pesetas sin disparar un solo tiro, sin amenazar a nadie y sin un plan elaborado. Era el 28 de julio de 1989, un viernes en Madrid. Tomó un avión y en 55 días se gastó una fortuna en Río de Janeiro. El resto de su vida intentó vivir de aquel momento.
Nació el 31 de octubre de 1949 en Madrid. De chico, a los ocho años, el latigazo de un cable de luz le dejó una bizquera visible que lo acompañó toda la vida. Estudió en el colegio marianista Santa Ana y San Rafael y empezó a trabajar muy joven. Quería ser policía de investigación, pero a los catorce años ya estaba en la empresa de seguridad Candi. Ahí escaló hasta convertirse en guardaespaldas de figuras como el banquero Alfonso Escámez o el director general de la Organización Nacional de Ciegos de España (ONCE) Miguel Durán, personas muy importante en los años 80 en España.
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Dionisio era un tipo simpático, caradura y con labia. Se mantenía en forma porque hacía taekwondo, hacía cursos de tiro y jugaba bien al ajedrez. Se casó a los 18 años, tuvo una hija y se divorció. Le gustaba la buena vida, las mujeres y ir siempre bien vestido. Según contó la revista Vanity Fair España, en su departamento de la calle Sainz de Baranda había instalado luces verdes y rojas en el dormitorio para, según él, darle ambiente a sus conquistas.
Cambió cuando tuvo una disputa con un supervisor de Candi. La empresa lo degradó: dejó de escoltar personas y pasó a custodiar furgones blindados. El sueldo bajó de 250.000 pesetas a 100.000 pesetas. Fue a ver al jefe de personal, al de seguridad y al director general. Ninguno resolvió nada.
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Lo contó él mismo al periodista Iñako Díaz-Guerra en el diario El Mundo: “Cuando eres una persona que se pasa años jugándose la vida y combatiendo a grupos terroristas como GRAPO, ETA o Terra Lliure y eres guardaespaldas del presidente del Banco Central, entre otros muchos empresarios y políticos, no te mereces que te traten como a mí”.
Tenía un departamento en la avenida de Oporto, un Audi de segunda mano y una casa a medio construir en Marugán, un pueblo de Segovia. Todo eso estaba a punto de ser embargado. Según le dijo a El Mundo: “Me dio un yuyu, un arrebato, yo qué sé. La lié”.
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Las noches previas al robo, Dionisio se juntaba con amigos y policías de la comisaría de la calle Lira. Les decía que algún día les iba a dar un escarmiento a sus jefes. La idea fue tomando forma. La noche anterior al robo se lo anticipó a dos o tres personas: “Si mañana tengo cojones, me llevo un furgón”.
A la mañana del viernes 28 de julio de hace 37 años, dejó su Audi estacionado cerca del hipermercado Jumbo, en el norte de Madrid. Fue a la peluquería, se tiñó el peluquín —porque le tocaba, no como parte de ningún plan— y se presentó a trabajar. Esa tarde, a las 19:20, el furgón llegó a la pastelería Mallorca de la calle Alberto Alcocer para la penúltima recaudación del día.
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Le correspondía bajar a buscar el dinero. Simuló un ataque de ciática —dolencia real que ya tenía— y convenció a sus compañeros de que bajaran ellos. Cuando los vio desaparecer de su vista, arrancó el motor, puso primera y se fue.

“Ya está, si se bajan los dos, me lo llevo. Si no, pues nada”, le explicó a El Mundo. “Y se bajaron. Y arranqué”.
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Manejó hasta donde había dejado el Audi, se sacó el peluquín, cargó las bolsas con el dinero en el baúl y se fue. En el furgón abandonado la policía encontró su chaqueta del uniforme, su pistola reglamentaria y una escopeta con los cartuchos vaciados. También encontraron unos 20 millones de pesetas en monedas: demasiado pesadas para llevárselas.
Dionisio siempre dijo que dejó ese dinero adrede para pagar las nóminas de los trabajadores. “No iba a robar a currantes como yo”, afirmó en El Mundo. La policía, en cambio, sostuvo que los dejó simplemente porque pesaban demasiado.
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Antes del robo ya tenía un pasaporte falso a nombre de Carlos Patricio Martins Valenzuela, de nacionalidad chilena. Se ocultó unos días con cómplices, repartió parte del dinero entre quienes lo ayudaron —según dijo, 50 millones de pesetas a cada uno— y dejó 195 millones a un vecino. Viajó de Madrid a Lisboa y el 19 de agosto de 1989 tomó un vuelo a Río de Janeiro, Brasil.
En la “Cidade Maravilhosa” alquiló un departamento en Barra de Tijuca y se operó: corrigió el estrabismo y se retocó la nariz. Salió del quirófano con otra cara y no paró la juerga.
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Allí alquilaba limusinas para salir con prostitutas de Río de Janeiro, desayunaba ostras, tomaba champán por las mañanas para la resaca, pedía whiskys carísimos y consumía cocaína. Contrataba orquestas extranjeras, alquilaba helicópteros para sobrevolar la ciudad y yates para navegar. Usó un avión privado para viajar a Paraguay y a la Argentina, donde conoció las Cataratas del Iguazú.

Años después resumió esa época con una frase: “Salvo que estés sentenciado a muerte, todo lo puedes comprar. Yo conseguí mujeres, viajar, comer lo mejor y beber el mejor champagne, el mejor whisky, la mejor ropa. He vivido más que muchos ricos. Porque muchos ricos se comen sólo lo que cagan”. La leyenda cuenta que hasta intentó comprar un cadáver para que las autoridades brasileñas lo hicieran pasar por él y la Interpol perdiera su rastro. No lo logró.
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Su tren de vida llamó la atención de la policía federal brasileña, que lo confundió con un narcotraficante y allanó su departamento el 19 de septiembre de 1989. No encontraron drogas en cantidad suficiente para imputarlo por tráfico, pero sí hallaron el pasaporte falso, dos pistolas y recortes de diarios españoles con la noticia del robo del furgón con los millones de pesetas que equivalen a algo más de 3 millones de euros de la actualidad.
Los agentes intentaron extorsionarlo para quedarse con el dinero. No lo consiguieron. Informaron a sus colegas españoles y Dionisio fue detenido y trasladado a una cárcel brasileña. Según declaró a los medios, sufrió torturas: le metieron la cabeza en el mar, le pusieron un revólver en la boca y le pasaron electricidad por los genitales. Estuvo preso en Brasil hasta julio de 1990, cuando fue extraditado a España. Su vida de millonario había durado exactamente 55 días.
La policía española recuperó parte del botín: 167 millones de pesetas aparecieron en la casa del constructor Ángel Dueñas Martín. De ese total, 150 millones estaban en un escondite especial, 15 millones disimulados en los muebles de la cocina y 2 millones más en la guantera de un Mercedes Benz. Faltaban otros millones. Cuando le preguntaron dónde estaban, Dionisio respondió: “En la tumba de mi madre”.
El 24 de mayo de 1991 comenzó el juicio en la Audiencia Provincial de Madrid. Dionisio se presentó con saco y camisa blancos, pantalón azul marino, corbata floreada y zapatos claros. No estaba solo en el banquillo: junto a él comparecieron dos matrimonios amigos que habían ayudado a esconder el dinero.
La fiscalía pedía seis años por robo y falsificación de pasaporte. Su abogado logró encuadrar el hecho como apropiación indebida y añadió una eximente por trastorno mental derivado del estrés laboral. El tribunal no lo absolvió, pero rebajó considerablemente la pena: tres años y cuatro meses de prisión menor. El 5 de junio de 1991, apenas días después de la sentencia, obtuvo la libertad provisional por haber cumplido ya dos terceras partes de la condena.
A la salida de la cárcel de Alcalá-Meco, ante los periodistas, declaró: “Me han ofrecido trabajo de relaciones públicas en una empresa de seguridad”. Nunca volvió al rubro.
Dionisio se reinventó varias veces, con desigual fortuna. Abrió bares en Madrid con nombres como La Cueva del Dioni, El Caco Dioni y El Rincón del Dioni. Para promocionar este último mandó a imprimir billetes de mil pesetas con su cara, lo que le valió una acusación por falsificación. Según contó él mismo, el problema fue que “hubo gente que utilizó los billetes para pagar o para ir de putas”.
Grabó discos. El primero se llamó Con un par sí, pero…, en referencia a la canción que Joaquín Sabina le había dedicado en 1990 en su álbum Mentiras piadosas. El segundo fue Todo sobre mi furgón, del que se extrajo el sencillo “Ladrón de corazones”. Participó en programas de televisión, desde Supervivientes hasta Sálvame Deluxe.

Apareció en Torrente 4, la película del exitoso actor y director Santiago Segura. En 2014 hizo cine porno, dirigido por el conocido productor español llamado Torbe.
Volvió a entrar a la cárcel, esta vez acusado de tráfico de drogas. En 2012 publicó el libro Palabra de ladrón y en 2019 Yo robé un furgón blindado, donde narró desde su cama redonda con mulatas y jacuzzis con champán hasta las ratas de la cárcel brasileña y las descargas eléctricas en sus genitales.
Cuando El Mundo lo entrevistó en noviembre de 2025, ya no llevaba peluquín y caminaba con dificultad. Pero conservaba el ojo pícaro y el hablar ronco y castizo. Antes de sentarse con el periodista se había sacado media docena de fotos con desconocidos que lo reconocieron en la calle.

En esa entrevista, Díaz-Guerra le preguntó por qué tanta gente seguía queriéndolo. “Porque soy un buen tío, un tipo simpático que hizo una estupidez”, respondió. Y agregó una comparación que le salió sola: “Parecido a Robin Hood pero para quedármelo yo”.
Sobre los políticos y empresarios que vinieron después, dijo: “Yo robé por necesidad, pero ahora todos estos hijos de puta roban por vicio". Y recordó una frase de su madre: “Hijo, no te preocupes que alguien vendrá que santo te hará”. Dijo haberse acordado mucho de esas palabras.
Cuenta, casi 40 años después de haber robado el furgón, que la gente lo para por la calle para saludarlo. Y concluye: “El puto Dioni es eterno”.
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