
La escena era estremecedora incluso para los policías más experimentados. En una zona cubierta de malezas del suroeste de Atlanta, dos cuerpos aparecieron tendidos a pocos metros de distancia. Eran adolescentes. Habían desaparecido varios días antes y sus familias los buscaban desesperadamente. Lo que nadie podía imaginar era que aquel descubrimiento no representaba el final de una investigación, sino el comienzo de una de las mayores pesadillas criminales que viviría Estados Unidos durante el siglo XX.
El 28 de julio de 1979 fueron encontrados los cadáveres de Edward Hope Smith, de 14 años, y Alfred Evans, de 13. Los dos amigos habían sido vistos por última vez el día 21, cuando salieron juntos de sus casas para dirigirse a un barrio cercano. Nunca regresaron.
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La noticia sacudió a Atlanta. Las primeras pericias revelaron que ambos habían sido asesinados con pocos días de diferencia respecto de su desaparición. Los investigadores advirtieron además un dato inquietante: no existía un móvil evidente. No habían sido víctimas de un robo y nada permitía explicar por qué alguien querría matar a dos chicos que apenas iniciaban la adolescencia.
Durante los primeros días, la policía manejó distintas hipótesis. Se habló de conflictos entre pandillas, de venganzas personales e incluso de posibles ajustes de cuentas relacionados con el narcotráfico. Ninguna teoría resistía demasiado análisis. Los detectives todavía ignoraban que estaban frente al primer capítulo de una serie de homicidios que mantendría en vilo al país.
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Una ciudad que comenzó a vivir con miedo
En octubre de 1979 desapareció Milton Harvey, de catorce años. Días más tarde apareció muerto. Luego fue el turno de Yusef Bell, de apenas nueve, encontrado estrangulado en un edificio abandonado. En noviembre desapareció Angel Lanier, de doce. A las pocas semanas fue hallado sin vida. Cada nuevo crimen aumentaba la angustia.

Las víctimas tenían características similares. Eran, en su inmensa mayoría, niños y adolescentes afroamericanos provenientes de familias trabajadoras. Muchos vivían en barrios humildes del sur y del oeste de Atlanta. Algunos desaparecían cuando iban a comprar al almacén del barrio; otros mientras caminaban hacia la casa de un amigo o regresaban de jugar.
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En muchos casos bastaban apenas unos minutos para que se esfumaran sin dejar rastro. Las familias comenzaron a imponer reglas impensadas hasta entonces. Los chicos dejaron de caminar solos por las calles. Los parques se vaciaban al caer la tarde. Las actividades escolares y deportivas empezaron a suspenderse o a realizarse bajo estricta supervisión de adultos. El miedo se instaló en todos los hogares.
Investigación desbordada
El alcalde Maynard Jackson, primer afroamericano en gobernar Atlanta, recibía críticas diarias por la falta de resultados en las investigaciones. Las organizaciones civiles denunciaban que las desapariciones de niños negros no estaban recibiendo la misma atención que habrían tenido si las víctimas pertenecieran a familias blancas de sectores acomodados. Las autoridades respondieron creando una fuerza especial integrada por detectives locales, agentes estatales y especialistas del FBI. Nunca antes se había montado un operativo semejante en Georgia.
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En diciembre de 1979 fue encontrado el cuerpo de Jeffrey Mathis, de diez años. En marzo del año siguiente desapareció Eric Middlebrooks, de catorce. Poco después fueron asesinados Christopher Richardson, Earl Terrell, Clifford Jones, Anthony Carter y varios adolescentes más.
Los medios nacionales comenzaron a hablar del “Asesino de Niños de Atlanta”, un nombre que terminaría instalándose definitivamente en la opinión pública. Hasta que surgió un detalle que cambiaría el rumbo de la investigación. Varias de las víctimas más recientes habían sido encontradas en ríos o cerca de cursos de agua. Esa coincidencia llevó a pensar que el homicida utilizaba los puentes para deshacerse de los cuerpos durante la madrugada. La teoría parecía arriesgada, pero era una de las pocas pistas concretas de las que disponían.
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La vigilancia sobre los puentes
En mayo de 1981 decenas de policías, agentes del FBI y patrulleros fueron distribuidos en distintos puentes sobre el río Chattahoochee y otros cursos de agua cercanos a Atlanta. La orden era sencilla: vigilar cualquier movimiento extraño durante la noche y registrar cada vehículo que cruzara por esos lugares en horarios inusuales.
La madrugada del 22 de mayo de 1981, uno de esos equipos escuchó ruidos sobre el río Chattahoochee. Instantes después observaron un auto que abandonaba lentamente el lugar. Los agentes detuvieron el vehículo para una identificación de rutina. Al volante estaba un hombre de 23 años llamado Wayne Bertram Williams, quien explicó que era productor musical y buscador de talentos. Dijo que se dirigía a la casa de una cantante para entregarle unas cintas de audio, aunque ofreció respuestas poco convincentes sobre el motivo por el cual circulaba por ese puente a una hora tan inusual.
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Los policías tomaron sus datos y lo dejaron continuar. En ese momento no existía ninguna prueba que justificara una detención. Dos días después, el cuerpo de Nathaniel Cater, un joven de 27 años, apareció flotando río abajo. La coincidencia temporal hizo que el nombre de Williams pasara a ocupar un lugar prioritario dentro de la investigación.
Los detectives empezaron a reconstruir minuciosamente la vida de Williams. Había nacido en Atlanta en 1958 y vivía con sus padres en un barrio de clase media. Desde adolescente mostraba una gran fascinación por la radio, la música y los equipos electrónicos. Incluso había instalado un pequeño estudio de grabación en la casa familiar y acostumbraba presentarse como fotógrafo, productor musical o representante artístico. Esa actividad le permitía acercarse con facilidad a jóvenes que soñaban con iniciar una carrera en el mundo del espectáculo.
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Aunque nunca se comprobó que utilizara ese argumento para atraer víctimas, se consideró que el dato era relevante porque muchos de ellos eran adolescentes interesados en la música. A medida que se profundizaba la pesquisa aparecieron otros elementos llamativos. Testigos aseguraban haber visto el coche de Williams en zonas cercanas a algunas desapariciones. Su rutina nocturna resultaba difícil de explicar. Y, sobre todo, empezaban a surgir evidencias científicas que, para la época, eran consideradas extraordinariamente sólidas.
La pieza central de la acusación fue el trabajo de los especialistas en criminalística del FBI. Los laboratorios compararon microscópicamente cientos de fibras textiles y cabellos recuperados en los cuerpos de las víctimas con muestras obtenidas en la casa y el auto de Williams.
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Los resultados sorprendieron a los investigadores. Según los peritos, varias fibras halladas en distintas víctimas coincidían con la alfombra del dormitorio de Williams, otras con la manta de su cama y algunas más con los tapizados de su vehículo. También fueron encontrados pelos de perro compatibles con Sheba, el pastor alemán de la familia Williams.
La defensa cuestionó duramente esas conclusiones. Sus abogados sostuvieron que las fibras eran elementos comunes que podían encontrarse en infinidad de hogares y que las coincidencias no demostraban, por sí mismas, que Williams hubiera estado con las víctimas. La fiscalía respondió que no se trataba de una única coincidencia aislada, sino de un conjunto de evidencias provenientes de diferentes escenas del crimen, cuya probabilidad de aparecer de manera casual era extremadamente baja.
La detención seguida por todo el país
El 21 de junio de 1981, apenas un mes después del episodio en el puente, Wayne Williams fue detenido y acusado inicialmente por los asesinatos de Nathaniel Cater y Jimmy Ray Payne, dos hombres adultos cuyos cuerpos también habían sido encontrados durante la ola de homicidios. La decisión sorprendió a buena parte de la opinión pública. Se esperaba que el proceso judicial comenzara por alguno de los asesinatos de niños que habían provocado el terror en Atlanta.
Sin embargo, los fiscales entendían que las pruebas disponibles eran mucho más sólidas en esos dos casos y que una condena permitiría luego atribuirle oficialmente el resto de los homicidios. Y además pasó algo que llamó la atención: tras la detención de Williams, la seguidilla de asesinatos con características similares se interrumpió. Para la policía, aquello reforzaba la hipótesis de que habían capturado al responsable.
El juicio contra Wayne Bertram Williams comenzó el 6 de enero de 1982 en el Tribunal Superior del Condado de Fulton y rápidamente se convirtió en uno de los procesos penales más seguidos de la historia de Georgia. La estrategia de la fiscalía fue clara desde el primer momento. En lugar de intentar demostrar la responsabilidad de Williams en toda la serie de homicidios, decidió concentrarse exclusivamente en los asesinatos de Nathaniel Cater, de 27 años, y Jimmy Ray Payne, de 21.
Sin embargo, para explicar el contexto en el que se habían producido esos crímenes, los fiscales solicitaron autorización para presentar pruebas relacionadas con otros asesinatos atribuidos al llamado Asesino de Niños de Atlanta. La decisión fue controvertida, pero el juez la admitió.

El 27 de febrero de 1982, tras once horas de deliberación, el jurado declaró a Wayne Williams culpable de los asesinatos de Jimmy Ray Payne y Nathaniel Cater. Poco después, el juez le impuso dos condenas a cadena perpetua, que debía cumplir de manera consecutiva. Aunque legalmente solo fue sentenciado por esos dos homicidios, la investigación tomó inmediatamente otro rumbo.
Con el respaldo de la fiscalía y del FBI, las autoridades concluyeron que Williams era responsable de la inmensa mayoría de los llamados Asesinatos de Niños de Atlanta, un conjunto de casos que incluía al menos 22 menores y varios adultos jóvenes, cometidos entre 1979 y 1981. Sobre esa base, los investigadores decidieron cerrar oficialmente más de veinte expedientes sin promover nuevos juicios.
La decisión generó alivio para muchas familias, pero también abrió una controversia que nunca terminó de apagarse. Algunos familiares de las víctimas sostuvieron que nunca se había demostrado de manera concluyente que una sola persona hubiera cometido todos los asesinatos. Otros señalaron que ciertos crímenes presentaban características muy diferentes entre sí, lo que alimentó la hipótesis de que podrían haber actuado dos o más homicidas.
La defensa de Williams presentó numerosos recursos de apelación. Todos fueron rechazados. Durante décadas, el condenado insistió en su inocencia y aseguró haber sido víctima de una investigación influenciada por la enorme presión política y mediática que soportaban las autoridades de Atlanta. El debate resurgió con fuerza en 2019, cuando la alcaldesa de Atlanta, Keisha Lance Bottoms, anunció la reapertura parcial del caso para someter diversas evidencias a modernas técnicas de análisis de ADN que no existían durante el juicio de 1982. Las autoridades mantienen abierta la posibilidad de seguir utilizando nuevas tecnologías si aparecen métodos más precisos en el futuro.
Más de cuatro décadas tras las rejas
Hoy, Wayne Bertram Williams tiene más de sesenta años y continúa alojado en el sistema penitenciario del estado de Georgia. Jamás recuperó la libertad. A lo largo de los años concedió numerosas entrevistas desde prisión y, en todas ellas, reiteró que es inocente de los asesinatos por los que fue condenado y negó haber sido el responsable de la serie de homicidios que sembró el terror en Atlanta. Sus pedidos de revisión judicial nunca prosperaron. Para las autoridades, el caso permanece esencialmente resuelto. Para parte de la opinión pública, en cambio, algunas preguntas siguen abiertas.
La condena de Williams permitió cerrar judicialmente buena parte de la investigación y marcó el fin de la seguidilla de homicidios que había paralizado a Atlanta. Sin embargo, el paso del tiempo no logró borrar todas las dudas. Tal vez por eso el caso continúa ocupando un lugar singular en la historia criminal estadounidense.
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