No tenía oído musical, desafinaba y pegaba alaridos: cómo la peor cantante lírica de la historia llenó el Carnegie Hall

Sus interpretaciones provocaban las carcajadas de los espectadores, para quienes sus espectáculos era un placer culposo. Florence Foster Jenkins, una dama de la alta sociedad estadounidense, había sido una niña prodigio en el piano, pero el destino borró de un plumazo sus planes originales

Guardar
Google icon
Florence Foster Jenkins hizo una carrera como soprano basada en el ridículo, ya que no acertaba ninguna nota. Así y todo, llenaba las salas

Hay personas que nacen con un don. La cantante lírica Florence Foster Jenkins no tuvo ese privilegio. Tenía una voz flaca, desafinada y, según coincidían quienes la escuchaban, no acertaba una sola nota. Pero aun así —o precisamente por eso— logró a los 76 años lo que la mayoría de los cantantes de ópera apenas sueña: vender hasta la última butaca del Carnegie Hall, con unas dos mil personas agolpadas en la puerta con la esperanza de conseguir una entrada.

Décadas antes de que existieran la televisión o las redes sociales, Florence demostró que era posible subirse a un escenario y convertirse en una celebridad sin necesidad de tener una pizca de talento.

PUBLICIDAD

El espectáculo que daba era tan bochornoso, que despertaba fascinación en el público, que no ocultaba sus risotadas detrás de la mano, una carpeta, acompañadas de miradas cómplices. Los espectadores acudieron esa noche al teatro luciendo sus mejores galas de la época: tapados de piel, collares con brillantes. Florence hizo lo propio y se inclinó por un atuendo extravagante. Su vestido, cargado de brillos, llevaba alas en la espalda, uno de sus modelos favoritos que ella misma diseñaba.

Con una confianza inquebrantable, digna de tutoriales de autoayuda, Florence estaba convencida de que cantaba bien, y disfrutaba de su interpretación con bailes, mientras lanzaba flores a su público. Si advertía alguna burla, creía que era por pura envidia o falta de buen gusto musical. Además, al final de sus conciertos, el público se acercaba a felicitarla calurosamente. No podía estar equivocada.

PUBLICIDAD

Décadas más tarde, se encontró un registro fílmico del Ritz-Carlton en el ático de su casa, una de las pocas imágenes que se conservan de ella.

Una niña prodigio

Florence Foster Jenkins nació el 19 de julio de 1868 en Pensilvania. Era hija de un abogado y terrateniente de buena posición. Desde niña demostró aptitudes musicales al piano. Tenía tan solo siete años cuando tocó en la Casa Blanca ante el presidente Rutherford Hayes. Pero el futuro brillante se le escapó de las manos.

Florence Foster Jenkins
Florence había demostrado un gran talento en el piano pero su carrera quedó trunca a causa de una enfemerdad (Reuters)

Cuando terminó el colegio, Florence tenía intenciones de estudiar música en Europa. Pero su padre se opuso: las jóvenes de la alta sociedad no viajaban solas por el continente, se casaban. Ella obedeció, pero no exactamente en los términos que él esperaba. A los 17 años se casó con el doctor Frank Thorton Jenkins, un médico de 33 que la contagió con sífilis. El matrimonio duró un año. Florence lo abandonó y nunca más le dirigió la palabra.

La enfermedad le dañó el brazo y con ello su soñada carrera como pianista. Junto con su madre quien también había dejado a su marido, se mudaron a Nueva York sin respaldo económico. Durante años, Florence se ganó la vida dando lecciones de piano, aunque muy lejos de los escenarios que había imaginado.

El verdadero giro llegó en 1909, con la muerte de su padre. Con el dinero heredado tomó la decisión de dedicarse al canto. Encaró el proyecto con absoluta seriedad, ya que tomó lecciones con algunos de los mejores maestros. Todos, tarde o temprano, se enfrentaban al mismo dilema ético: cobrar el dinero o decirle la verdad. La mayoría optó por ambas cosas en ese orden.

La mujer ya cerca de los 50 años intentaba cantar con la solemnidad de una gran soprano. El resultado, sin embargo, era pobre: no tenía voz, carecía de oído musical y no se ahorraba alaridos en sus interpretaciones. Uno de sus biógrafos atribuyó esa imposibilidad de afinar a los tinitus y los problemas auditivos provocados por la sífilis.

Nada fue un obstáculo en su vida para integrarse a los clubes musicales de moda, espacios exclusivos dedicados a la promoción de grandes intérpretes y compositores. Incluso, fundó su propio club, el Verdi, bautizado en homenaje al compositor italiano, y logró convertirlo en uno de los centros de la vida cultural neoyorquina. Florence oficiaba de anfitriona, mecenas y, llegado el momento, como estrella.

Su compañero en esta aventura fue St. Clair Bayfield, un actor shakesperiano más joven que ella, de escaso éxito que había pasado por la ruina familiar, los fracasos teatrales y una temporada como granjero en Nueva Zelanda antes de cruzarse con Florence. Nunca quedó del todo claro qué tipo de relación los unía. Algunos hablan de un romance; otros, de una sociedad basada en la conveniencia mutua.

Una atracción de la alta sociedad

Sobre el escenario del Club Verdi hizo su debut como cantante y fue impactante: el público no sabía de qué se trataba el show, si lo hacía en serio o era una broma de mal gusto. Algunos debieron salir corriendo de la sala para largar la carcajada fuera y no ofender a la artista.

Una de sus anécdotas más increíbles se remontan a un accidente en taxi que tuvo en 1943. Fue cuando descubrió que podía cantar “un fa más alto que nunca”. En lugar de una demanda, le regaló una caja de puros caros al chofer.

Florence Foster Jenkins
Florence Foster Jenkins fundó su propio club donde cantaba

Lady Florence, como le gustaba que la llamaran, siguió adelante y ofreció recitales anuales memorables en el hotel Ritz Carlton. Las entradas no eran fáciles de conseguir, ya que ella misma solía distribuirlas a un selecto club de mujeres y elegidos. Su repertorio incluía a Mozart y Bach, además de composiciones propias, y completaba el número con vestidos, siempre ostentosos y extravagantes, diseñados por ella misma, que iban cambiando durante el espectáculo como una verdadera diva.

Ella parecía no registrar nada de esto, o si lo hacía, no le importaba. Año tras año repitió sus presentaciones en hoteles exclusivos. También actuó como mecenas de jóvenes cantantes líricos con talento real. Ese rol convivía con el enigma central de su figura: si desconocía de verdad la magnitud de sus limitaciones o si toda su carrera había sido una parodia sostenida con convicción total.

El público se reía de ella y acudía a sus funciones como quien busca un espectáculo cómico, un placer culposo. Durante años recibió presiones para actuar en el Carnegie Hall, la sala más prestigiosa de la ciudad, y siempre respondía que todavía no estaba preparada. En 1944, con 76 años, finalmente aceptó.

La función tuvo un vestuario desbordado: apareció envuelta en tul, con alas, corona y flores en los brazos que arrojaba al público. Los asistentes levantaban esas flores y se las devolvían para que pudiera lanzarlas otra vez, en una secuencia que se prolongó durante varios minutos.

El recital de 1944 fijó su leyenda

Por primera vez no cantaba ante un círculo de admiradores elegidos por ella, sino frente a miles de desconocidos. Las carcajadas, los silbidos, los gritos y los aplausos terminaron por cubrir casi por completo su voz. Sin embargo, Florence parecía disfrutar que todas las miradas estuvieran puestas en ella. Era su noche.

Florence Foster Jenkins
Cuando su padre murió, usó su herencia para impulsar su carrera artística

The New York Times se negó a reseñar el recital. Otro diario de la ciudad lo definió como “la mayor broma masiva de la historia de Nueva York. La señora Florence puede cantar cualquier cosa. Menos notas musicales, claro”.

Circularon dos versiones sobre su reacción. Una sostenía que atribuyó los silbidos y las risas a infiltrados enviados por sus enemigos y que se disgustó con las críticas; la otra asegura que bajó del escenario feliz y dijo: “Dicen que no puedo cantar, puede ser. Pero está claro que he cantado toda mi vida”.

Su vida inspiró al menos dos películas, estrenadas en 2016. Una llamada Florence Foster Jenkins, protagonizada por Meryl Streep, acompañada por Hugh Grant y dirigida por Stephen Frears. Y otra versión fue una coproducción franco belga checa, Madame Margarite.

Un mes después de esa noche, Florence Foster Jenkins murió en el hospital donde había ingresado dos días después de la función con un problema coronario severo. Había conseguido exactamente lo que quería: ofrecer un concierto como las grandes estrellas de su género, las divas de su época, a las que consideraba pares.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

Últimas Noticias

Secuestros, estímulo para los soldados y prohibición del aborto: el plan nazi para crear una “fábrica de niños arios”

El programa se llamaba Lebensborn y estaba dirigido por Heinrich Himmler. El objetivo era tener unos 400.000 menores que se sumaran a las filas del Tercer Reich. La famosa artista que nació como parte de este sistema

Secuestros, estímulo para los soldados y prohibición del aborto: el plan nazi para crear una “fábrica de niños arios”

Balazos a la salida del cine: la muerte del “enémigo público número uno”, el anuncio del FBI y el enigma sobre la identidad del cuerpo

La tarde del 22 de julio de 1934, la agencia que dirigía J. Edgar Hoover anunció que sus hombres habían matado Enemigo Público número uno cuando salía de un cine de Chicago. Sin embargo, de inmediato empezaron a correr versiones que afirmaban que el FBI había sido engañado por el asaltante de bancos más buscado del país

Balazos a la salida del cine: la muerte del “enémigo público número uno”, el anuncio del FBI y el enigma sobre la identidad del cuerpo

Eran señal de riqueza y contaban con tumbas propias: las mascotas más inesperadas de la antigua Roma

Un análisis de National Geographic explora el vínculo entre este pueblo y los animales de compañía, y muestra cómo esas relaciones reflejaban diferencias sociales, roles domésticos y un apego emocional que dejaba huella hasta en la arqueología

Eran señal de riqueza y contaban con tumbas propias: las mascotas más inesperadas de la antigua Roma

Vagones sobrecargados, gases tóxicos y más de 500 muertos: la tragedia de Balvano, el peor desastre ferroviario de Italia

La desesperación por el hambre, la escasez y el contexto bélico llevaron a cientos de personas a abordar clandestinamente el tren 8017 en marzo de 1944; ninguno imaginaba que el convoy se convertiría en una trampa mortal dentro de un túnel de los Apeninos

Vagones sobrecargados, gases tóxicos y más de 500 muertos: la tragedia de Balvano, el peor desastre ferroviario de Italia

El fin del “juicio del mono”: doce audiencias y 100 dólares de multa a un docente por enseñar la teoría de la evolución de Darwin

El 21 de julio de 1925, un jurado de Tennessee declaró culpable a John T. Scopes por enseñar la teoría de la evolución en una escuela pública. Aunque la condena fue anulada posteriormente, el caso marcó un hito en el debate entre ciencia y religión en Estados Unidos

El fin del “juicio del mono”: doce audiencias y 100 dólares de multa a un docente por enseñar la teoría de la evolución de Darwin