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El extraño caso del asesinato de Ken Mcelroy: un criminal odiado por todo un pueblo, dos balazos y 46 testigos ciegos

Hartos de sus delitos e intimidaciones, la mañana del 10 de julio de 1981 unos cincuenta vecinos de la pequeña localidad de Skidmore, en Misuri, increparon al matón del pueblo cuando salía del bar y se subía a su camioneta. Sonaron varios disparos y el hombre murió dentro del vehículo sin que nadie llamara a una ambulancia. Nunca se descubrió al asesino porque, al ser interrogados, todos contestaron lo mismo: “No vi nada”

Hombre de cabello oscuro y rizado con chaqueta oscura. Hay una pequeña mano de bebé con ropa blanca visible a la izquierda
Kenneth Rex McElroy
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Nadie en el polvoriento pueblo de Skidmore, Misuri, quería a Ken McElroy o, para decirlo más acertadamente, no había quien no le temiera y lo odiara. Todos tenían cuentas pendientes con él, aunque parecía que nadie se atrevía a cobrárselas. No es una exageración, porque para 1981 Skidmore era un pequeño conglomerado de casas y pequeños negocios —una ferretería, un almacén de comestibles, una taberna y poco más— con una población que superaba apenas las doscientas personas, la mayoría de las cuales vivía en las pobrísimas granjas de los alrededores. Hoy no es mucho más grande, pero su nombre está escrito en una de las páginas más extrañas de la historia criminal de Estados Unidos: el asesinato de un hombre a balazos, en plena calle, frente a unos cuarenta testigos que no vieron nada. El muerto es, claro, Ken McElroy y su asesinato nunca pudo ser resuelto, ni siquiera con la intervención del FBI.

Decir que McElroy era el matón del pueblo es poco. Cuando lo mataron, el 10 de julio de 1981, acumulaba procesos por decenas de delitos de todo tipo, entre ellos agresión, abuso sexual infantil, violación de menores, incendio provocado, crueldad animal, allanamiento de morada y robo de cerdos y ganado. De todos había salido impune, menos del último, un intento de asesinato con arma de fuego, del que un tribunal lo había encontrado culpable, pero seguía en libertad después de pagar una fianza a la espera de la apelación. Estaba en eso el día que le dispararon varias veces con por lo menos dos armas, le acertaron dos tiros en el cuerpo y ningún testigo vio nada. Como tampoco nadie lamentó su muerte. Por el contrario, fue celebrada hasta por su última mujer, aunque con pudorosa discreción.

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Un violador y diecisiete hijos

Kenneth Rex McElroy nació el 16 de junio de 1934 y jamás salió del pueblo y sus alrededores hasta el día de su muerte. Era el decimoquinto de los dieciséis hijos de Tony y Mabel McElroy, unos agricultores migrantes pobres que se habían mudado entre Kansas y los Ozarks antes de recalar en las afueras de Skidmore para no irse más. Se puede decir que ni siquiera sus padres lo querían, porque lo echaron de su casa cuando tenía poco más de 15 años y abandonó la escuela en octavo grado sin haber aprendido a leer y escribir. Desde entonces se labró una reputación como cuatrero, ladrón de poca monta y mujeriego.

El número de los hijos que tuvo con tres de sus esposas y otras jóvenes del pueblo es difícil de determinar. Los vecinos de Skidmore le calculaban diecisiete. Con su segunda esposa, Sharon, tuvo a Jerome, Tammy Sue, Debbie, Tina y Theresa. Cuando, cansada de sus maltratos y amenazas, Sharon lo dejó y escapó del pueblo para no volver, se casó con Alice, con quien engendró a Juarez, Tonia y Ken Jr. Con la cuarta, Trena McCloud, tuvo a Jerome, Oleta y Reno. También tuvo un hijo con una chica de 15 años llamada Donna; otro con una de 16, de nombre Marcia; y cuatro —que fueron dados en adopción— con una niña a la que solo se conoce como “Sally D”: la violó en todos los casos.

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Conoció a su última esposa, Trena, cuando ella tenía 12 años y cursaba octavo grado, y él tenía 35. La violó y cuando los padres de la chica quisieron denunciarlo, los amenazó con matarles el perro e incendiar la casa. Trena quedó embarazada por primera vez a los 14 años y entonces McElroy se la llevó a su casa para que conviviera con su tercera esposa, Alice. Poco después, el violador se divorció de Alice y se casó con Trena para evitar que lo acusaran de violación de menores. Para escapar de sus maltratos, las dos mujeres huyeron y se refugiaron en la casa de los padres de los McCloud. Entonces McElroy cumplió la amenaza que había hecho: incendió la vivienda y les mató el perro. Además, obligó a Trena y Alice a volver con él.

Fotografía en blanco y negro de una camioneta oscura con un vidrio lateral destrozado y el interior visible. Varias personas se ven alrededor
El asesinato de Kenneth McElroy en la prensa

Un criminal reincidente

Mientras tanto, McElroy engrosaba casi a diario su historial de delitos contra los vecinos del pueblo. Fue acusado de 21 crímenes, entre ellos robo, abigeato, allanamiento de morada, incendio provocado, agresión, violación y abuso de menores. En todos los casos evitó la condena intimidando a los denunciantes y a sus testigos. Los amenazaba en la calle o estacionaba su camioneta frente a sus casas para infundirles miedo.

Uno de los casos más escandalosos ocurrió en julio de 1976, cuando le apuntó con una escopeta al granjero Romaine Henry y lo baleó en el estómago. Henry sobrevivió y McElroy fue acusado de agresión con intención de matar. Sin embargo, durante el juicio, el abogado de McElroy presentó a dos testigos que declararon que habían estado cazando con él ese día y que no se encontraba cerca del lugar del tiroteo. Además, para evitar la condena, acosó e intimidó a los miembros del jurado e incendió un granero que era propiedad del juez. Fue declarado “no culpable” por unanimidad.

El último caso fue el que terminaría mal para él. En 1980, uno de los hijos de McElroy discutió con la empleada del almacén local, propiedad de Ernest “Bo” Bowenkamp, ​​de 70 años, y su esposa Lois. Supuestamente, el niño intentó robarle unos caramelos. Enterado, el matón empezó a acosar a los dueños de la tienda. Como sus amenazas no daban resultado, finalmente McElroy irrumpió en el local armado con una escopeta y le disparó a Ernest. Herido en el cuello, el hombre salvó milagrosamente su vida. El criminal fue detenido y acusado de agresión en primer grado, un delito por el que podía recibir una condena a cadena perpetua. En junio de 1981, el jurado lo declaró culpable de un delito mucho menor, agresión en segundo grado, le fijó una sentencia de dos años de prisión y permitió que quedara libre bajo fianza mientras esperaba la apelación. No se sabe mediante qué maniobras o presiones Ken McElroy la sacó tan barata, pero ni siquiera así escarmentó: apenas quedó en libertad, comenzó a estacionarse frente a la tienda de Bowenkamp armado con un fusil.

Lápida de Ken Rex McElroy en hierba seca. Muestra su nombre, fechas 1934 y 1981, epitafio, dos libros grabados y un círculo central
La tumba de Ken McElroy en el cementerio Memorial Park de St. Joseph, Misuri

Un asesinato con testigos ciegos

Hartos de las amenazas y la impunidad de McElroy, los vecinos de Skidmore comenzaron a reunirse para decidir qué medidas podían tomar contra él. La mañana del 10 de julio de 1981, al enterarse de que la audiencia de apelación se había postergado una vez más y el matón seguía libre, se reunieron en la delegación del ayuntamiento con el sheriff del condado de Nodaway, al que el pueblo pertenece. En lugar de tomar cartas en el asunto, el policía les sugirió que no se enfrentaran directamente con el matón y que organizaran un programa de vigilancia vecinal para protegerse. Fue todo lo que los vecinos consiguieron de la autoridad, porque dicho esto, el sheriff Danny Estes se subió a su camioneta y partió oportunamente a patrullar el campo.

Mientras eso ocurría, Mc Elroy estaba en la taberna con Trenda. Al enterarse, un numeroso grupo de vecinos se dirigió hasta allí para increparlo y exigirle de terminara con sus intimidaciones. El matón se les rió en la cara, pidió un pack de seis cervezas, salió del local con su mujer y subió a la camioneta. Los vecinos lo siguieron. Según la investigación posterior eran alrededor de cincuenta.

Ken McElroy no había alcanzado a poner en marcha el vehículo cuando sonaron los disparos. Fueron muchos, pero solo dos, de armas diferentes, dieron en el blanco. El hombre al que todo el pueblo temía agonizó inclinado sobre el volante, mientras Trenda, ilesa pero con la ropa ensangrentada, salía de la camioneta y se derrumbaba en una crisis de nervios. Nadie se movió ni tampoco hubo quien llamara a una ambulancia. Lo dejaron morir ahí.

Las autoridades locales, incluyendo un jurado forense y un gran jurado local, e incluso el FBI, investigaron el homicidio, pero sin éxito. Interrogaron a 46 personas que estaban allí cuando ocurrió el crimen, pero todos dijeron que no sabían quién había sido el agresor. O los agresores. Nadie podía identificarlos. Trenda McElroy, que estaba sentada al lado de su marido cuando le dispararon, tampoco pudo o quiso señalar a nadie. Eso sí, después presentó una demanda de cinco millones de dólares por homicidio culposo contra el pueblo, el ayuntamiento y el sheriff. Terminó aceptando un acuerdo extrajudicial por 17.600 dólares, una fortuna para ella. Para entonces, al no tener sospechosos, el fiscal había cerrado el caso sin presentar cargos.

Ken McElroy fue enterrado en el cementerio Memorial Park en St. Joseph, Misuri, porque los vecinos de Skidmore se opusieron a que recibiera sepultura en el camposanto del pueblo. Todos parecían aliviados. El periodista Steve Booher, que cubrió el caso, escribió en una de sus crónicas que, al preguntarles qué pensaban de McElroy y de su asesinato, la mayoría le dio la misma respuesta: “Se merecía morir”.

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