
Las sillas Shaker se volvieron un emblema del diseño de Estados Unidos; pero detrás de ellas existió una comunidad religiosa que buscó la perfección en la vida cotidiana. Según National Geographic, esa forma sobria nació de convicciones espirituales estrictas, no de una aspiración artística.
Thomas Merton, monje y escritor católico, lo expresó así: “La gracia peculiar de una silla Shaker se debe al hecho de que la hizo alguien capaz de creer que un ángel podría venir a sentarse en ella”. Aquel objeto surgió de una secta fundada en Manchester, Inglaterra, en el siglo XVIII.
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Su nombre formal era Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo, aunque se la conoció como los Shakers por las danzas extáticas de su culto, sin relación con los cuáqueros. El grupo llegó por primera vez a Estados Unidos con Mother Ann Lee, que huyó de la persecución en Inglaterra y viajó a América con ocho seguidores.

Según el artículo, Cristo había dicho: “Sed, pues, perfectos”, y los Shakers adoptaron ese mandato como un programa de vida. Formaron sociedades utópicas donde sus miembros trabajaban y rezaban, y a lo largo de su historia levantaron cerca de 20 asentamientos en distintas partes del país.
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La igualdad entre hombres y mujeres era uno de sus principios. También aceptaban a personas negras, indígenas y judías, mientras exigían celibato, obediencia a ancianos y ancianas, y confesión pública de los pecados.
Cómo vivían los Shakers
Como practicaban la castidad, los niños llegaban a la comunidad por adopción, por tutela, o por conversión. La comunidad ofrecía refugio a huérfanos, viudas y familias necesitadas, y aunque sus miembros no votaban, se pronunciaban sobre la abolición, los derechos laborales y el sufragio femenino.
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Esa disciplina no resultaba soportable para todos. “Someter la propia voluntad a la de otros tenía un costo”, dijo una hermana Shaker, en una cita recogida por National Geographic.

La vida comunal exigía humildad. Quienes no conseguían ajustarse a esas reglas se marchaban o eran apartados de la comunidad.
El trabajo tenía un sentido sagrado. “Poned las manos al trabajo y los corazones en Dios”, instruyó Mother Ann Lee, y con esa idea la comunidad sostuvo su economía mediante la venta de cestas, mantas, escobas, semillas, hierbas y sillas.
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La silla Shaker, con la relación entre gracia y utilidad, condensó mejor que ningún otro objeto esa forma de entender el mundo. “Son vivaces, casi alegres; uno no se siente pesado ni envuelto al sentarse en ellas”, observó Jerry Grant, director de Biblioteca y Colecciones del Shaker Museum de Chatham, Nueva York.
Cómo la silla Shaker se volvió un símbolo

La silla nunca se concibió como un ícono, sino como un objeto funcional destinado a usarse. Robert Emlen, excurador universitario y profesor de Estudios Estadounidenses en Brown University, explicó a National Geographic que “el mundo material era una manera de sostener la vida espiritual” y que fueron los de fuera quienes empezaron a apropiarse de esos objetos como algo digno de admiración, sin asumir el rigor de la vida Shaker.
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Esa admiración alcanzó incluso el mercado. En 1987, una alta silla giratoria Shaker se vendió por USD 88.000, una cifra récord para ese tipo de piezas, según National Geographic.
Aquello no agradó a todos dentro de la propia comunidad. “No quiero que me recuerden como una silla”, afirmó la hermana Mildred Barker, de Sabbathday Lake, Maine, en palabras recogidas por National Geographic.
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Grant sostuvo que esa frase encerraba algo más que amargura. A su juicio, Barker quería recordar cuál era el centro de su vida.
La hermana Mildred murió en 1990. Su aldea de Sabbathday Lake es la única comunidad Shaker que sobrevive de una comunidad religiosa que alcanzó entre 4.000 y 6.000 miembros en su apogeo durante el siglo XIX.
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Hoy funciona como una comunidad activa, con una pequeña granja, un museo y una tienda de productos hechos a mano. Solo tres Shakers mantienen esa herencia espiritual, mientras las sillas siguen recordando que, para ellos, la forma siempre estuvo al servicio de algo más alto.
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