La vida sin batallas y la muerte heroica del Yamato, el acorazado emblema de la flota japonesa durante la Segunda Guerra Mundial

Fue hundido el 7 de abril de 1945 tras ser atacado por bombas, torpedos y artillería aérea de Estados Unidos. Cuando se fue al fondo del mar, hace ochenta y un años, se llevó con él a la mayor parte de su tripulación: dos mil cincuenta y cinco marineros de un total de dos mil trescientos treinta y dos. Su nombre, en Japón, es invocado a veces como sinónimo de esperanza

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Una fotografía en blanco y negro de un gran acorazado japonés, el Yamato, surcando el mar con su proa rompiendo las olas y una estela visible
El imponente acorazado Yamato, perteneciente a la Armada Imperial Japonesa, realizando pruebas a máxima potencia en 1941

Fue un guerrero símbolo, pero un guerrero sin batallas. Fue el orgullo de la flota japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, pero sin blasones para anclar ese orgullo a una actuación descollante y decisiva en aquellos mares, los del Pacífico Sur, donde se jugaba buena parte del destino de la guerra. Casi no batalló, alguna vez disparó sus enormes armas destinadas a acabar con la poderosa flota de Estados Unidos, que jugó con él, con el acorazado Yamato, como un gato con un papel atado a una cuerda.

Cuando lo hundieron, cuando lo taladraron las bombas, los torpedos y la artillería aérea de Estados Unidos, cuando se fue al fondo del mar hace ya ochenta y un años, el 7 de abril de 1945, y se llevó con él a la mayor parte de su tripulación, dos mil cincuenta y cinco marineros sobre un total de dos mil trescientos treinta y dos, incluido el vicealmirante Seiichi Ito, comandante de la flota japonesa, el imperio japonés sintió que la guerra estaba perdida. Lo estaba: la en otros tiempos poderosa flota de Japón había perdido ya a sus cuatro grandes portaviones y a centenares de aeronaves capaces de disputarle el mar a Estados Unidos y ahora perdía el acorazado emblema, el héroe sin batallas, el símbolo de la guerra en el mar. Una ilusión. Un disparate.

Esta es la historia, breve, de aquel fantasmal y enorme acorazado destinado a la gloria, a la que supo esquivar gracias al azar, a la cautela, al sigilo, a la precaución y a los yerros de sus comandantes. Un héroe que rehúye su destino, mancha al Olimpo griego con la mácula de la vacilación. La guerra no sabe de mitología.

Era un gran buque de guerra. Había sido diseñado en 1937, cuando ya el imperio japonés acariciaba sus sueños expansivos que le harían aliarse a Adolf Hitler dos años después. Se construyó en secreto porque Japón, como Alemania, tenía limitaciones en el desarrollo de su industria de guerra, dictadas por la Sociedad de Naciones después de la Primera Guerra Mundial y de la que Japón se había retirado en 1934. La construcción del Yamato fue secreta para evitar que la inteligencia estadounidense conociera su existencia. Ingenieros y diseñadores, jefes militares y espías mintieron incluso sobre el armamento que se instalaría a bordo del acorazado: cañones de 406 milímetros, dijeron; eran de 460 milímetros. Y no fue sino hasta el fin de la guerra, con el Yamato en el fondo del mar, cuando se supo el verdadero desplazamiento del acorazado y el calibre de sus armas.

La quilla del Yamato fue instalada en el Arsenal Naval de Kure, muy cerca de Hiroshima, la ciudad sobre la que caería la primera bomba atómica en agosto de 1945 y el acorazado fue botado el 8 de agosto de 1940, con la Segunda Guerra ya en marcha. Era una ciudad amurallada echada a flotar en los mares. Medía de proa a popa doscientos sesenta y tres metros por casi cuarenta de ancho; podía desplazar entre setenta mil y setenta y tres mil toneladas y cargaba nueve cañones de 460 milímetros montados en tres torretas triples: podía disparar pesados obuses a cuarenta y dos kilómetros de distancia. Las baterías complementarias comprendían doce cañones de 155 milímetros montados en cuatro torretas triples a proa, popa y al centro, y otros doce cañones de 127 milímetros en seis montajes iguales, tres en cada banda del acorazado. Una fortaleza flotante, con aires de invencible que, además, navegaba protegida por un blindaje especial.

Vista aérea de un gran acorazado de clase Yamato atracado en un puerto, mostrando sus enormes cañones, superestructura y cubierta con personal
El acorazado Yamato, una de las naves de guerra más grandes jamás construidas, en el dique seco hacia el final de su proceso de acondicionamiento, el 20 de septiembre de 1941

Llevaba el nombre de la antigua provincia japonesa de Yamato, considerada la cuna de la civilización y del Estado japonés. Después, ese mismo nombre se adjudicaría a una clase de acorazados construidos a imagen y semejanza del orgulloso Yamato. El barco pasó a manos de la Armada Imperial japonesa en diciembre de 1941, una semana después del ataque japonés a Pearl Harbor y de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

El 12 de febrero de 1942 el Yamato pasó a ser el buque insignia de la Flota Combinada bajo el mando del almirante Isoroku Yamamoto, que había comandado el ataque a Pearl Harbor y ahora planeaba una batalla decisiva en alta mar contra la Armada de Estados Unidos. El escenario sería el de las islas de Midway. Las dos fuerzas se enfrentaron entre el 4 y el 7 de junio de 1942 con una ventaja enorme en favor de Estados Unidos: la inteligencia naval conocía los códigos secretos de la Armada japonesa y estaba al tanto de los planes de Yamamoto. La batalla fue un desastre para la flota japonesa: perdió a sus cuatro portaviones más importantes y, con ellos, trescientos veintidós aviones.

Yamamoto dirigió la ruinosa batalla desde el puente de mando del Yamato pero ante el naufragio de sus planes, ordenó la retirada y el regreso a Japón de sus principales acorazados. El Yamato regresó a Kure y volvió a salir al mar el 17 de agosto de 1942 hacia la base naval fortificada de Truk: en pleno viaje fue detectado por el submarino americano Flying Fish que le disparó, sin éxito, cuatro torpedos. Ancló en Turk y allí se quedó durante toda la campaña de Guadalcanal, una de las islas reconquistadas por Estados Unidos: el gran acorazado Yamato no contaba con munición para sus enormes cañones de 460 milímetros.

Anclado y sin proyectiles, el Yamato fue reemplazado por su gemelo, Musashi, como buque insignia de la Flota Combinada. Entre agosto de 1942 y mayo de 1943, el gran orgullo de la flota japonesa había pasado fuera de Truk un solo día. Entonces, marinería y soldadesca japonesa de las tripulaciones de cruceros y destructores del Pacífico Sur hicieron mofa del gran orgullo de la flota japonesa y lo rebautizaron con un nombre ofensivo, chungo, injurioso y despectivo para un gran buque de guerra: lo llamaron “Hotel Yamato”.

El 8 de mayo de 1943 el acorazado regresó a Kure, llegó el 14, y estuvo nueve días en dique seco para inspección y reparaciones; navegó luego al oeste del mar interior de Seto y volvió a dique seco a finales de julio para que le modificaran el blindaje en las torretas secundarias y en los controles del timón. En agosto regresó a Truk para unirse a una fuerza especial formada para enfrentar las incursiones de la Marina americana en los atolones de Tarawa y Makin; se unió luego a los últimos tres portaviones japoneses decididos a enfrentar la Fuerza Especial 15 de la Armada estadounidense: los japoneses no dieron con la flota americana y regresaron a Truk el 26 de octubre.

Fotografía en blanco y negro de dos grandes acorazados de la clase Yamato flotando en el agua, con montañas bajas y un cielo claro de fondo
El Yamato y su gemelo, Musashi, anclados en aguas de las islas Truk en 1943

A finales de ese año y gracias a su gran capacidad de almacenamiento y a su grueso blindaje, el acorazado fue usado como transporte de tropas y de equipamiento que reforzaran las guarniciones de las islas que eran el objetivo a liberar por Estados Unidos. En uno de esos viajes, de retorno a Truk, el submarino americano Skate disparó cuatro torpedos contra el Yamato en mar abierto, a doscientos noventa kilómetros de Truk, y le abrió un agujero de veinticinco metros de ancho cerca de la popa y a estribor, a la derecha, por el que entraron al acorazado cerca de tres toneladas de agua; con todo, el Yamato llegó a Truk ese mismo día y después de varios días pudo regresar a Kure el 16 de enero de 1944.

Allí quedó en dique seco hasta el 3 de febrero, ya al mando de un nuevo comandante, el capitán Nobuei Morishita. Después de varias modificaciones y actualizaciones de sus sistemas de radares, el acorazado estuvo de nuevo en condiciones de navegar el 18 de marzo.

Entre el 19 y el 23 de junio, el acorazado escoltó a las fuerzas de la Flota Móvil en la batalla del Mar de Filipinas, otro desastre para japón al que los pilotos americanos llamaron “La gran cacería de pavos de las Marianas”. La flota japonesa perdió tres de los escasos portaviones que les quedaban y cuatrocientos veintiséis aviones. El Yamato formó parte luego, entre el 22 y el 25 de octubre de 1944, de uno de los mayores combates navales de la historia, la Batalla del Golfo de Leyte, otra derrota japonesa que dañó a la llamada Fuerza Central del almirante Takeo Kurita, que perdió su buque insignia, el Atago, y transfirió su bandera al Yamato.

Leyte se prolongó en la Batalla del Mar de Sibuyan, en la que los americanos terminaron por destrozar a la Fuerza Central del almirante Kurita. Aviones del USS Essex hirieron con dos bombas perforantes al Yamato y hundieron al poderoso Musashi después de acertarle con diecisiete torpedos y diecinueve bombas. Japoneses y americanos volvieron a enfrentarse en aquellos días decisivos en la batalla de Samar en la que el Yamato, al decir de los historiadores, atacó a las fuerzas enemigas “por primera y última vez en su carrera, para hacer blanco en varios barcos estadounidenses”. Kurita ordenó la retirada de su flota porque fue informado, por error, que estaba por enfrentar a una poderosa flota de portaviones americanos. El Yamato dejó la batalla sin daños y puso rumbo a Brunei para ser designado buque insignia de la Segunda Flota.

El 19 de marzo de 1945, ya con Estados Unidos en dominio casi pleno del Pacífico Sur, y con la reconquista de islas que le daban autonomía para bombardear la capital del imperio, Tokio, varias flotillas aéreas de los portaviones Enterprise, Yorktown e Intrepid bombardearon Kure, donde el Yamato estaba apostado en un destino casi eterno y un poco frustrante para un guerrero del mar: el dique seco. Recibió daños menores, el más afortunado de los dieciséis buques averiados por el bombardeo y en abril recibió la última orden de su corta vida naval: defender Okinawa.

Vista aérea en blanco y negro de un acorazado clase Yamato gravemente dañado y humeante navegando en el océano, rodeado de estelas y explosiones
El Yamato durante la batalla del Golfo de Leyte, el 24 de octubre de 1944. En la fotografía se capta el momento en que recibe el impacto de una bomba cerca de su proa

Los aliados habían invadido la isla de Okinawa el 1 de abril, como parte final por la recuperación de los territorios del Pacífico Sur. Los japoneses organizaron entonces una operación, llamada Ten Go, para lanzar en defensa de la isla la mayoría de las fuerzas navales que le restaban. La operación contemplaba el accionar de kamikazes y el Yamato debía encallar en una de las playas de Okinawa para convertirse allí en una especie de emplazamiento artillero, imposible de hundir, y luchar hasta su total destrucción: el 29 de marzo, el acorazado embarcó entonces toda la munición que le fue posible cargar.

El alto mando naval estadounidense lo sabía todo porque, de nuevo, la inteligencia naval descifraba una a una las comunicaciones secretas japonesas. La flota japonesa fue seguida y avistada por los submarinos estadounidenses Threadfin y Hackleback. En la madrugada del 7 de abril el Yamato fue localizado por las fuerzas aliadas y se inició una batalla que duró cerca de dos horas. Al mediodía, doscientos ochenta bombarderos y torpederos atacaron a la formación japonesa y hundieron al destructor Asashimo. Luego fueron los destructores y los bombarderos americanos los que rodearon y atacaron al Yamato. A las 12.41 dos bombas destrozaron sus baterías antiaéreas y abrieron un boquete en la cubierta; cinco minutos después, otras dos bombas destruyeron sus baterías antiaéreas, la sala de radar, los cañones de 127 milímetros a estribor de la popa y parte del pañol de munición: un solo marinero de esa zona del buque sobrevivió al ataque. A las 12.45 el primero de los torpedos dio en la parte delantera izquierda del Yamato y sacudió al enorme acorazado. Otros tres torpedos hicieron blanco poco después, uno probablemente en la sala de máquinas —los datos no son exactos porque el buque se hundió— y otro en la sala del timón. El ataque cesó y el acorazado quedó escorado a babor, hacia la izquierda. Eran las 12.47.

El segundo ataque llegó a la una de la tarde. Fue una oleada conjunta de bombarderos y torpederos. Los aviones se lanzaron en picada y los torpederos rodearon en acechanza al Yamato. La debilitada resistencia antiaérea del gran acorazado apenas enfrentaba a los veloces aviones americanos. Cuatro o cinco torpedos hirieron al Yamato: tres o cuatro a babor y otro a estribor para dañar la sala de calderas, semidestruida en el primero de los ataques, y para terminar de destruir la sala de máquinas y aumentar la inundación del buque. El Yamato estaba en peligro: todavía podía resistir a flote, pero ya muy inclinado hacia la izquierda.

El tercero de los ataques llegó a las 13.40. Fue devastador. Cuatro bombas sacudieron al Yamato y mataron a decenas de artilleros de los cañones de 25 milímetros. Cuatro nuevos impactos de torpedos, tres a la izquierda del buque, inundaron la sala de calderas y la sala del timón: el barco quedó atascado en un giro permanente hacia la derecha. El cuarto torpedo dio en la sala de máquinas e incrementó la cantidad de agua que inundaba al Yamato y atrapó a muchos de los tripulantes antes de que pudieran huir de aquella trampa.

A las 14.02 el comandante del Yamato dio la orden de abandonar el acorazado. Era demasiado tarde. EL Yamato se desplazaba con enorme lentitud y su inclinación aumentaba, los incendios cubrían la cubierta principal y en varias secciones empezaron a sonar las alarmas que advertían de un calor intenso en los almacenes de municiones. Tres minutos después, una última pasada de aviones torpederos lanzó sus proyectiles a la derecha del acorazado. A las 14.23, el Yamato volcó, las gigantescas torretas de los cañones de 460 milímetros se desprendieron y alrededor del buque se creó una fuerza de succión que atrajo a la muerte a los marineros que se habían lanzado al mar en busca de una imposible salvación.

Imagen en blanco y negro de una enorme columna de humo y agua elevándose desde el mar. Varios barcos más pequeños son visibles en la distancia
Explosión de uno de los almacenes de munición del Yamato. La nube de hongo, de seis kilómetros de altura, se pudo ver en Kyushu, a ciento sesenta kilómetros de distancia

Por último, uno de los dos almacenes de municiones de proa estalló; la enorme explosión levantó un hongo de seis kilómetros de altura que fue visto desde la ciudad de Kyushu, a ciento sesenta kilómetros de distancia. Como un monstruo prehistórico, con un enorme bufido, el Yamato se hundió y con él gran parte de sus tripulantes: dos mil cincuenta y cinco hombres sobre un total de dos mil trescientos treinta y dos. Los cálculos revelaron que entre las 12.37, cuando se inició el ataque, y las 14.23, el Yamato había recibido el impacto de once torpedos y ocho bombas. Tal vez hubo otros dos torpedos que dieron en el blanco, pero esos impactos no pudieron ser confirmados.

En 1984, una expedición de la que participó uno de los diseñadores del acorazado, identificó el sitio donde reposa el Yamato: a doscientos noventa kilómetros al sureste de Kyushu, la tercera isla más grande de Japón, al sur del archipiélago; los restos descansan a trescientos cuarenta metros de profundidad: son una parte de proa, los dos tercios delanteros del acorazado, y una sección de la popa, dada vuelta.

El guerrero símbolo que casi no batalló, al menos tuvo una muerte de héroe. A menudo un solo hecho justifica casi toda una vida.

En Japón, a veces se usa la palabra Yamato como sinónimo de esperanza.

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